Chapter Text
El completo silencio del bosque fue la primera señal; las ramas, las hojas y los pájaros callaron en su totalidad.
La brisa fría golpeaba su pelaje; la herida caliente permanecía abierta y producía temblores en la carne. La punta de flecha en su costado seguía enterrada, escociendo en cada movimiento brusco o mínimo. Jadeaba con dificultad sacando la lengua seca; tenía que tomar agua tarde o temprano, pero ya había gastado todas sus energías corriendo para estos lares.
Ahora, escondido dentro de la abertura de un árbol viejo, los ojos ámbar se perdían contando las hojas en el piso. Aburrido. Cansado. No podía dormir, tenía que permanecer despierto hasta recuperar las fuerzas necesarias para cazar y huir nuevamente.
En algún momento, un pájaro o una ardilla bajará y él se lo devorará. En algún momento, cuando dejen de jugar a escondidas con él.
Maldita, ya vas a bajar. Resopla el lince, observando con agudeza a una avecilla escondiéndose detrás de una rama.
Podría escalar, claro, pero con el cuerpo así lo más probable es que termine comiendo tierra. Lo sabe, porque ya trató y su pata delantera, antes sana, ahora está doblada e hinchada.
Repasando mentalmente:
Podría usar su cuerpo humano y pedir ayuda. Pero esto trae consigo más consecuencias que beneficios; los cazadores conocen a Luke, ya vieron su rostro, lo más probable es que hayan alertado a su comunidad con miles de fotos de él junto a la frase ‘Peligro, Clase 3, Muerto’. Si el lince ingresaba a un hospital, su tiempo de recuperación sería lento y los cazadores lo encontraron en menos de un mes. Muerto.
Podría devorar a un humano de este pueblo, bueno, a un par. Se recupera en un santiamén y tendría suficiente energía para huir. Claro, si sacamos de la ecuación la cantidad de personas que habitan un pueblo. Si desaparece uno, se darán cuenta y buscarán al responsable; él tendrá que huir una vez más hasta que los cazadores reciban la noticia del ataque y lleguen en menos de una semana. Muerto.
La tercera y última opción, la que menos le gusta, esperar. Sebastian habra captado su dolor, el peligro, y estaba seguro de que enviaría al búho para investigar. Solo tenía que quedarse en un solo lugar, contar ovejas y esperar a que el pajarraco lo ayude con sus heridas. Diablos, si era optimista, creía que incluso Jacob se encargó de los cazadores. Claro que eso conlleva relacionarse con esos tres, lo que más odiaba en el mundo. K estaba bien, pero el demonio, depredador sexual, era molesto y altanero. Y no hablemos del vampiro; había algo en él que lo inquietaba, como si hubiera arrebatado algo, o alguien, y quería destrozarlo cada vez que lo veía. En conclusión, viviría. Molesto. Pero vivo.
Con sus últimas fuerzas, huyó por días y se arrastró al bosque de este pueblucho para esperar a su única opción. K.
El aroma a jabón neutro, algodón, bosque, infante, sal marina, alga, orquídeas, segunda advertencia.
Pasos, humano, humano, la última advertencia.
Alguien se acercaba a su escondite.
Sus orejas se tiraron para atrás y trató de moverse más al fondo del árbol, ocultarse con la penumbra.
Afuera, escucho un pequeño respiro. Un latido, rápido, asustado, esperando.
Al demonio el plan C. Con un pequeño gruñido ahogado se incorpora, preparándose para atacar y devorar.
Una tostada cayó frente al árbol.
El lince olfateó desde la oscuridad; no estaba alterado. Comida.
Espero. Una trampa de seguro.
El humano de afuera también esperaba; su corazón latía asustado y mantenía la respiración.
Olfateó una vez más en pleno silencio.
Su estómago decidió que era el mejor momento para recordar su hambruna y el sonido de las tripas se escuchó como eco en el espacio.
El humano de afuera soltó una pequeña risita y se tapó la boca.
El lince mufó, demandando que lo dejen en paz en un intento de mostrar dominio y fiereza.
Afuera, el humano titubeó y giró sobre sus pies para huir.
Una vez más, el humano regresó rápido y tiró otra tostada al suelo antes de echarse a correr.
El lince esperó.
Espero.
El olor a bosque y algodón desapareció.
Cuando el alba se ocultó detrás de las nubes, la comida seguía allí y una pequeña avecilla decidió que daría un bocado. Claro, no esperaba que apenas su pico tocará el pan, unas garras se inundaran en sus plumas.
Te lo dije. Le susurra el lince al pequeño antes de devorarlo de un bocado junto a las tostadas.
Esa noche descansa lo suficiente para sacarse el picor en sus ojos; su estómago sigue vacío y aún tiene sed.
Al día siguiente, el mismo humano vuelve.
El lince olfatea la carne cocinada en él.
Un pedazo de pollo hervido cae al frente de él y sus tripas, una vez más, poco discretas, anuncian comida.
Su boca se llena de baba y tiene que aguantar antes de abalanzarse a la carne como muerto de hambre. El humano sigue allí, esperando.
Tal vez solo es curioso.
La curiosidad mató al gato. El lince decide esperar, decidido a no moverse del lugar hasta que el humano siga su camino, preferentemente lejos de él.
El humano espera por tiempo suficiente, tira otro pedazo de pollo y se marcha. Esta vez, el lince espera hasta que la fragancia a jabón neutro se desvanezca del bosque para devorar la carne.
Al día siguiente, el humano vuelve y esta vez trae, si su nariz no le falla, que nunca lo hace, atún.
Sus bigotes se mueven y sus pupilas se expanden, emocionado.
Pero el humano no tira nada esta vez; con temor, lo huele, se para al frente del árbol y deja un plato de mascotas; nota el lince, con atún en la tierra.
Quiere verme. El lince se sorprende de la valentía del humano, aunque aún puede escuchar su corazón latir con fuerza y olfatear sudor, miedo.
El hombre parece inseguro de su decisión, enfrentarse al animal, y termina tropezando hasta alejarse en una distancia considerable del escondite.
Aún quiere verme.
El lince evalúa sus opciones: puede seguir oculto y dejar que el humano lo deje en paz, o peor, agotar su paciencia y que se acerque de manera brusca. O podría satisfacer su capricho e incentivarlo a que traiga más comida.
Está bien, mírame.
Primero salen sus patas, despacio, tanteando el terreno. Escucha que el humano aguanta la respiración y abre y cierra sus manos. Nervioso.
Su cabeza se asoma por la entrada, orejas pegadas al cráneo y mirada ámbar pegada, atenta, al humano.
Saliendo de la sombra, el lince lo puede observar mejor: hombre, adulto, con suficiente carne para mordisquear y un bigote.
El hombre abre los ojos asustados, pero su vista abandona al lince para ver hacia sus abdomen y patas. Escucha que suelta un mascullido por lo bajo, pero permanece en el lugar.
El lince mantiene su mirada pegada a él, hundiendo su boca en el plato, lamiendo con desesperación y tragando el atún en pocos segundos.
El pequeño cuenco queda vacío; el lince mira al plato y al humano. Esperando más comida, como antes.
El hombre con bigote permanece quieto, observando.
El animal mueve con su hocico el plato, exigiendo ser alimentado, y el hombre, captando la idea, suelta un pequeño grito.
Una de sus manos se adentra en el bolsillo de su chaqueta y saca una lata de atún. El hombre abre con temblor la lata y mira al lince.
‘’No me muerdas, por favor.’’ Murmura el de bigote, acercándose con manos levantadas, cabizbajo, hacia el plato. Cerca del lince.
No prometo nada. El animal lo observa con la cabeza gacha, anticipando un ataque.
Con el hombre tan cerca de él, a un par de pasos, el lince puede olfatearlo con claridad y levanta las orejas con curiosidad.
Algodón, jabón neutro, bosque. Infante. Sudor y temor.
Algo más. Hay algo más. Su hocico nunca le falla.
El hombre pone el atún en el plato y el lince se abalanza a devorar el plato, asustando sin querer al humano, que corre poniendo distancia entre ellos.
Lamiendo el plato hasta vaciarlo, el lince puede sentir la mirada curiosa del hombre en su cuerpo.
El animal se sienta sobre sus patas, vigilando al humano.
‘’Necesitas un veterinario.’’ Escuchó al hombre decir con preocupación. Habrá notado la flecha atascada en su pellejo y la pata lastimada.
El lince olfatea una vez más y mufa, captando una esencia particular. Escucha el corazón del hombre dar un brinco, asustado, y calla su hocico. Él no era una amenaza.
‘’Quédate aquí.’’ El hombre le ordena, con una autoridad chistosa a su parecer, y huye, una vez más, lejos del lince.
El lince ahoga el impulso cazador de querer perseguirlo. En el fondo sabe que le encantaría correr detrás de ese humano e hincar las garras en su piel.
Por el resto de la noche, el lince no puede descansar apropiadamente. El aroma que desprende el humano llevaba algo consigo. Familiar.
Con pasos pequeños, sigue el rastro del humano; su olfato nunca falla y termina en una casa alejada.
Olfatea, en un pequeño garaje, el aroma del hombre con bigote.
En la casa principal, dos humanos.
Y una de las razones de su visita, un bebé.
Una familia.
Luke recuerda tener un hijo. Luke recuerda sostener a su bebé en los brazos y prometerle que todo estará bien.
Luke recuerda dejar su hogar, prometiendo volver con suficiente dinero para sustentar a su niño.
Luke recuerda el disparo en el pecho.
El lince recuerda despertar solo.
Hundiendo las patas en la tierra, decide esperar escondido detrás del garaje.
Sus orejas captan el sonido del hombre, de su respirar, dormido, tranquilo. Completamente ignorante del peligro que lo acecha. Luke no puede evitar sentir envidia.
Su hocico resopla el aire fresco de la madrugada.
La mirada ámbar observa con cautela la noche, cada rama, cada rincón, cada piedra, cada animal. Espera por la segunda razón de su visita.
Detrás del olor a infante y algodón, captó notas de orquídea, alga y sal marina. Una vez, cruzando los bordes de California, halló por las costas esa misma fragancia.
El olfato del lince nunca falla.
En las ropas del humano se percibe el rastro de una bestia, una sirena.
A Ken le gusta recibir atención. Dios, si pudiera, se bañaría en cumplidos todos los días.
Él sabe que tiene un buen aspecto, resultado de rutinas diarias de cuidado personal y un buen outfit. Le gustaba pasar horas y horas eligiendo ropas, combinarlas, vestirlas; su parte favorita.
Por supuesto, que el encanto también era producto de su especie y los humanos, sin saberlo, se sentían atraídos por un cantar silencioso, el glamour escondido bajo una persona.
Cuando llegó al pueblo por primera vez, conocía que algunos humanos no están acostumbrados a su tipo de ‘persona’; en múltiples ocasiones se cruzó con un par de intolerantes, pero la gente de aquí solo levantaba las cejas y lo admiraba de lejos. Incluso llegaban a coquetear con él.
Le gustaba este pueblo; la gente era agradable y encontró un pequeño lago donde podía reposar por las tardes o noches.
Estaba seguro de que a K también le gustaría. Es un lugar tranquilo, justo como él.
El único problema con estar acostumbrado a recibir tanta atención positiva es que Ken empezó a notar la negativa, mejor dicho, la falta de atención. Específicamente de un compañero de trabajo.
Entendía que Lars era un compañero un poco peculiar con sus actitudes o pequeños rituales. Lo super comprendía; él también se sentía como un pez fuera del agua. Ja.
Quizás era su ropa. Trató de ponerse outfits poco notorios, pero el hombre seguía evadiéndolo como si apestara a huevo podrido.
Tal vez era su actitud y, si era así, Ken también lo comprendía. Era muy llamativo y alegre. Lars era muy callado y un poco apagado.
Ken podía preguntarle, mejor dicho, ordenarle, que le diga la razón de su falta de interés. Pero no creía que era correcto, menos para algo tonto como esto.
Llegó un punto en que Ken empezó a pasar sus noches nadando, pensando cómo cautivar a un hombre que ni veía para su lado. Si alguien se enteraba de eso, creería que Ken tenía un crush con Lars, por supuesto no.
A la sirena le carcomía la cabeza porque su glamour no funcionaba con este humano; era infalible con todos excepto Lars.
Una tarde decidió dar un chapuzón para sacar a mover sus aletas. Moviéndose libre por las aguas oscuras, creyó escuchar a alguien por la superficie. Ken se escondió al fondo del lago, esperando que el humano se largara.
Desde las aguas, escucho un pequeño cantar, masculino, voz conocida. Su curiosidad le ganó y terminó asomando su cabeza, escondido detrás de una roca, para fisgonear mejor.
Lars estaba cantando tan feliz, ignorando a la criatura chismosa.
Criatura que pasó el resto de la noche tarareando la misma canción que el humano, pero ojo, que no tenía un crush.
Necesitas un plan, escuchaba la voz razonable de ‘K’ en su cabeza y, claro, que su subconsciente estaba en lo correcto.
A partir de ahí, empezó otro tipo de táctica para acercarse a Lars: regalos e información.
Ken le preguntó por el bosque, la laguna y Lars siempre estaba dispuesto a responder. Es más, parecía feliz de compartir esa información con alguien más. Quizás ahí fue el momento en que Lars decidió ser más social con él; empezó a saludarlo por las mañanas en la entrada del trabajo y hasta almorzaban juntos. Ken, por supuesto, que amaba y disfrutaba cada interacción porque por fin tenía su atención solo para él.
Prosiguiendo con su plan, dejaba en el escritorio de Lars piedras de formas lindas que encontró en otras lagunas, huesos de animales e incluso rosas que halló en el camino. Ken siempre le decía que era un presente por ser el mejor compañero de trabajo y Lars aceptó todo con una expresión rara y el rostro sonrojado.
El punto culminante fue cuando Lars le preguntó si quería acompañarlo a una noche de bolos después del trabajo y, por supuesto, Ken dijo que sí. Por fin, alcanzó su meta, su sueño, el glamour funcionó.
La salida fue perfecta; se divirtió con sus compañeros y con Lars. Estaba feliz.
Al finalizar, Lars insistió en llevarlo a su pequeño apartamento y la sirena aceptó con una sonrisa de oreja a oreja en todo el camino.
Cuando Lars lo llevó al pórtico, Ken, creyendo que por fin la atención positiva era fruto del glamour luciendo en su máximo esplendor, hizo algo estúpido. Abrazó a Lars impulsivamente, restregó su mejilla en su hombro, contento, estúpido e incluso soltó un pequeño gorjeo emocionado.
Su corazón se detuvo cuando Lars lo apartó con una expresión incómoda, disculpándose y corriendo a su auto.
Quizás fue demasiado para él. Era su culpa, sabía que él tenía cierta aversión al toque y aun así decidió cruzar el límite.
O tal vez no era lo suficiente para él. Fue amable, fue lindo, fue comprensible y aun así huyó. Como Sebastian.
Ken lloró toda la noche, terminó durmiendo en la bañera del apartamento; el agua apenas llegaba a sus hombros.
El resto del fin de semana se la pasó cubierto en mantas y hundido en el agua de la bañera. Apenas comió y no tenía ganas de cantar.
Ninguno de sus trucos con burbujas apaciguó su malestar; quería ser consolado, quería ser amado.
Su tristeza era tal que empezó a tener ideas cuestionables: lastimar una de sus aletas, clavar un cuchillo de plata en su cola, sacar escamas una por una. Hasta pensó en asesinar a un vecino y que un cazador lo rastreara.
Tal vez si Sebastian sentía que estaba en peligro, vendría a visitarlo y por fin tendría su atención.
Nah.
Sebastian nunca lo visitaba, siempre estaba pendiente de los otros menos de él, porque según Jacob, Ken era el más estable. Pfff, si lo viera ahora mismo.
Siempre hay otro, nunca yo.
Si tiene suerte, quizás enviará a K para chequear. La sirena sonrió inconscientemente recordando al hombre; él sí sabía cómo alegrar y sacarle una sonrisa a Ken. Era una lástima que el búho siempre esté tan ocupado siendo los ojos del vampiro, vigilando a los otros y cuidando que ninguno se mate por accidente.
Algunas veces la sirena se preguntaba qué habrá pedido K a cambio de servir con tanta lealtad a Sebastian. Pero claro, ese tipo de conversaciones están prohibidas.
La única vez que Ken preguntó por su propio pasado, el vampiro le ordenó que no inquiera más con voz firme. Tal fue la respuesta negativa que la sirena se ocultó en una laguna por días, un poco asustada y triste por hacer enojar a Sebastian. El búho, a solas, le confirmó que la verdad siempre tiene un precio y alguien sale lastimado. K, como siempre, fue el único que logró sacarlo de su escondite.
Quizás tendría que aceptar de una vez por todas que nadie quiere permanecer a su lado.
El lunes se presentó de igual manera al trabajo. Un corazón roto no impedirá y no debería cambiar su economía; alguien tiene que pagar la renta y su estilo de vida.
Grande fue su sorpresa al ver que Lars se acercó primero a él para disculparse, pero algo llamó su atención. Las palabras titubeantes fueron poco o nada importantes en comparación con lo que captó su nariz.
El aroma de frutos rojos y tierra se mezclaba con la sangre de Sebastian. Otra bestia. Lars interactúa con alguien similar a Ken.
Ken sintió su garganta seca, sus oídos pitan; estaba emocionado y asustado.
Si Lars estuvo en contacto con otro igual a él, quizás la bestia planeaba cazarlo si es que no era civilizado como Ken lo es.
La única criatura, según lo que contaba K, que no tenía suficiente humanidad todavía, es solo una; debe ser el coyote. Si es así, era la mejor opción, un animal sin nombre e inculto. Muchísimo mejor que cierto lince que ha escuchado historias, desde que muerde y rasguña. Rabioso. Todo era mejor que ese lince.
Esto era bueno, malo también, claro, podía lastimar a Lars. Pero pensándolo bien, si Ken podía convencer a la criatura de querer explorar su lado humano, ser su guía, la misma incluso querría establecer un vínculo de amistad con él. Es un pensamiento optimista y poco creíble, claro. Lo sabe. Pero cree que sería lindo tener un amigo igual que él; no aprecia mucho la soledad.
Y si todo sale mal, puede confiar en que Sebastian enviará a K para controlar la situación.
Si todo sale bien, gana un amigo y, si todo sale mal, puede ver a K. Perfecto, es ganar o ganar.
Dispuesto a encontrar a la criatura, por la noche sigue el rastro de frutos rojos que sale del bosque y termina en la casa de Lars. No huele a sangre humana. Todavía.
En una esquina, dos ojos ámbar acechan desde la oscuridad.
Ken levanta las manos en señal de paz y sonríe mostrando sus dientes. Siente su aroma a orquídeas desprenderse de sus glándulas, tratando de calmar las aguas.
El animal hace un ruido extraño, lastimado. La sirena siente en su lengua el sabor metálico a sangre; está herido. Ken siente pena, pobre coyote.
‘’Ven conmigo, te puedo ayudar.’’ Ofrece con una mano estirada hacia la penumbra; su aroma a orquídea se mezcla con la fragancia de la criatura y el mix le produce un suave picor en el vientre.
Pero desde la esquina no se asoma un coyote herido, no.
Unas orejas puntiagudas, manchas negras en pelaje pálido y bigotes.
No, no, no. Este no es amistoso.
No es el coyote.
‘’Oh no.’’ Es lo único que logra decir en un masculleo y su sonrisa se tuerce.
Sus pies retroceden tres pasos y baja el brazo con la mano estirada. Bueno, trata.
Una mano tatuada toma la suya y Ken suelta un pequeño grito ahogado.
Ken puede ver al frente suyo un hombre rubio tatuado, ropas cool, lo admite entre dientes, la tez pálida, sudoroso y, lo más importante, herido.
‘’Nemo, te estaba esperando.’’ El lince dice con una sonrisa tranquila, como si no tuviera una flecha en el vientre y un brazo quebrado.
Ken ignora la mano caliente sobre la suya y hace una mueca.
¿Nemo? ¿Como el pez de la película? No, no me agrada.
