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🌸LOVE LIVE "Pequeñeces" TSUBAHONO🌸

Summary:

Cuando el brillo de μ's comienza a apagarse, Honoka siente que también pierde una parte de sí misma.
Entre dudas, silencios y la inesperada compañía de una chica con un paraguas y una sonrisa tranquila, descubrirá que a veces el primer paso para volver a brillar no está en el escenario... sino en aprender a escucharse a una misma.

Chapter 1: 🌸Prologo🌸

Chapter Text

El viento de primavera soplaba cálido esa tarde. Recuerdo que me quedé parada un rato en la azotea, mirando cómo los pétalos de los cerezos se arremolinaban en el aire antes de caer sobre el patio. Era como si todo el mundo estuviera celebrando algo, como si incluso el clima supiera que ese día sería especial.

Lo supe porque Umi llevaba varias semanas con la frente arrugada, mordiéndose los labios y sonrojándose cada vez que Kotori- se le acercaba. Yo la conozco demasiado bien: cuando Umi se queda callada por más de tres segundos y se ruboriza hasta las orejas, es porque algo grande le está pesando en el pecho. Y esta vez, ese "algo" tenía nombre, un largo cabello gris y unos ojos color miel.

Kotori.

Yo ya lo había notado. Era imposible no hacerlo. La manera en que Umi la miraba en los ensayos, cómo le corregía suavemente los pasos, cómo parecía olvidarse de respirar si Kotori sonreía demasiado cerca. Al principio me hacía gracia, porque pensaba: "Umi nunca se animaría a decirlo". Pero después me di cuenta de que no era solo una broma. Era real. Ella estaba enamorada. Y realmente no se animaría a decirlo si no le daba un empujón.

Me llevó varios días convencerla. Umi me decía que no era correcto, que no podía distraerse de los ensayos, que su deber era enfocarse en la disciplina y en el grupo. Pero yo la miraba a los ojos y le repetía que, a veces, los sueños no se tratan solo de subir a un escenario. También se tratan de ser feliz. De tener a alguien que te sostenga la mano mientras das ese paso.
Kotori ya la había elegido hacía mucho, aunque Umi-chan no lo supiera.

El plan fue sencillo. O bueno, sencillo para mí, que nunca pienso demasiado en las consecuencias. Organicé un "ensayo especial" en la azotea, pero solo cité a ellas dos. Les dije que tenía que revisar algo con Eli, una excusa cualquiera. 

Me escondí detrás de la puerta, con el corazón latiéndome más fuerte que si fuera yo la que iba a confesarme.

Escuché los pasos, primero de Kotori, luego de Umi. Una pausa incómoda, ese silencio que corta el aire. Después, la voz temblorosa de mi amiga.—Ko... Kotori, hay algo que... que necesito decirte... algo que me aterra, pero que no puedo seguir ocultando.

Me tapé la boca para no soltar un grito. La conocía tanto que podía imaginar sus mejillas rojas incluso sin verla. Y entonces escuché a Kotori responder, suave, como siempre, con ese tono que sabía solía tranquilizar a Umi:
—Yo también, Umi-chan.

No sé qué dijeron después. Solo sé que hubo un murmullo bajo, un sollozo nervioso, y un silencio distinto, cargado de algo que no necesitaba palabras. Asomé apenas un poco y las vi abrazadas, temblando como si el mundo entero pudiera caerse pero a ellas no les importara.

Yo apreté los puños, sonriendo sola en la sombra. Me prometí no decir nada, porque no era mi historia para contar. Pero dentro de mí sentí un orgullo inmenso. Como si hubiera ayudado a abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Ese fue el inicio.

Con el tiempo, me fui dando cuenta de que no eran solo Umi y Kotori. Poco a poco, otras señales empezaron a aparecer, y mi corazón se llenaba de una alegría que no sabía ni cómo explicar.

Un día, durante un descanso, noté cómo Hanayo y Rin se reían de algo que solo ellas entendían. Rin le había manchado la nariz con jugo de naranja, y Hanayo se quedó roja como un tomate mientras Rin le limpiaba con una servilleta. 

Me acerqué para hacer un comentario, pero antes de que pudiera decir nada, Rin abrazó a Hanayo por detrás, gritando:

—¡Kayo-chin es la más linda del mundo!
Hanayo no la apartó. Solo rió, bajó la mirada, y yo sentí que algo cálido me explotaba en el pecho.

En otra ocasión, durante un ensayo, vi a Nico regañar a Maki porque se había equivocado en una nota. Nada nuevo... salvo por la forma en que lo hizo. Su voz sonaba más dulce que de costumbre, casi cantarina. Maki rodó los ojos, fingiendo molestia, pero después, cuando pensó que nadie miraba, sonrió de una manera que no era para cualquiera. Era una sonrisa pequeña, vulnerable, casi escondida. Pero estaba ahí.

Y Nozomi y Eli... bueno, ellas siempre habían tenido una conexión especial. Pero fue una tarde, en la sala del consejo estudiantil, cuando las encontré compartiendo un termo de té. Eli hablaba en ruso, bajito, como si confesara un secreto, y Nozomi la miraba con una ternura que me hizo apartar la vista, porque sentí que estaba invadiendo algo demasiado íntimo.

Yo era la única que no tenía a alguien. Y aun así, en ese momento no lo veía como algo malo. Al contrario.
Sentía que era un privilegio estar ahí, ser testigo de cómo todas encontraban un pedacito de felicidad. Como si μ's, además de ser un grupo de idols, también se hubiera convertido en un lugar donde cada una podía enamorarse, crecer y encontrar a alguien que la hiciera sentir especial.

A veces me imaginaba que éramos como una historia de esas que se leen en novelas juveniles: nueve chicas que, entre risas, ensayos y sueños, también encontraban el amor. Yo no tenía pareja, sí. Pero me bastaba con estar cerca, con ver cómo mis amigas brillaban un poquito más.
Yo... me sentía feliz.

Me acuerdo bien de una noche en la que no pude dormir, y me quedé mirando el techo. Pensaba en todas ellas, en cómo habían cambiado nuestras dinámicas. Antes, éramos un torbellino desordenado, y yo tenía que correr para que todo funcionara. Ahora, parecía que cada una tenía un rincón donde apoyarse.

"Quizás esto nos haga más fuertes", pensé.
Porque si eran felices, entonces todo lo demás también saldría bien. Porque yo confiaba en que el amor, lejos de separarnos, nos daría más razones para cantar juntas, para bailar con más energía, para soñar más alto.

Esa ilusión me mantuvo despierta hasta tarde, imaginando escenarios donde todas estábamos tomadas de la mano, donde las risas eran compartidas, donde la música lo unía todo.
Y aunque no sabía si algún día me tocaría a mí, me prometí que no importaba. Que mi papel era empujar, alentar, celebrar. Ser el hilo que conectara todos esos lazos.
Porque yo era Honoka Kōsaka. Y si algo sabía hacer, era sonreír por los demás.

Ese fue el inicio luminoso, el capítulo brillante que pensé que nunca terminaría.
En aquel entonces, no me daba cuenta de que incluso la felicidad más genuina puede dejar sombras sutiles detrás. Sombras pequeñas, tan pequeñas que ni siquiera las notás hasta que empiezan a crecer.

Siempre crecen... y, cuando lo hacen, intentamos salir todas juntas, como si nada hubiera cambiado.

Era mi manera de cuidar a Umi, igual que siempre lo había hecho. Porque, desde que la conocía, ella siempre había sido la más estricta, la más contenida, la que necesitaba un empujón para mirar un poco más allá de lo que debía.

Nuestra amistad había sido distinta desde el principio. Umi siempre se encargaba de bajarme a tierra, de recordarme que debía estudiar o entrenar con disciplina. Yo, en cambio, la sacaba de su zona de confort, la arrastraba a aventuras que ella juraba que nunca haría sola. Éramos un equilibrio raro, pero funcionaba.

Recuerdo una tarde, antes de que confesara a Kotori, en la que nos quedamos después del ensayo en la sala de música. Yo tocaba el piano con un dedo, de manera torpe, y ella me corregía. Terminamos riéndonos a carcajadas porque yo confundía las teclas y decía que la música sonaba "emocionalmente correcta". Esa era nuestra relación: ella fruncía el ceño, yo me burlaba, y después nos reíamos juntas hasta que dolía la panza.

Por eso, cuando empecé a darme cuenta de que ese tiempo ya no existía del mismo modo, algo en mí se encogió.

Al principio eran cosas pequeñas. Umi ya no se quedaba tanto después de los ensayos porque acompañaba a Kotori a casa. O, si nos íbamos las tres juntas como antes, ella se ponía nerviosa, como queriendo decir algo que solo Kotori debía escuchar. Entonces yo me detenía a propósito, fingía que olvidaba un cuaderno o que debía pasar por la tienda.

—¡Vayan ustedes! —decía, agitando la mano—. ¡Yo los alcanzo!

Me repetía que estaba haciendo lo correcto. Que así ellas podían disfrutar, y que después, cuando se acostumbraran, todo volvería a ser como antes, solo que con más sonrisas.

Pero la verdad era que no volvía a ser igual.

Lo notaba en los silencios. Antes, Umi y yo hablábamos de todo: de exámenes, de miedos, de los sueños que teníamos. Ahora, muchas veces, cuando intentaba iniciar una conversación, ella sonreía apenas y enseguida buscaba a Kotori con la mirada. No era que me ignorara; era... distinto.

Una tarde, mientras guardábamos los instrumentos, me animé a decírselo en broma:
—Oye, Umi, ya no me regañas tanto como antes. ¿Será que Kotori te está quitando el trabajo?

Ella se sonrojó y negó con la cabeza.
—No es eso, Honoka... es solo que... bueno, ahora las cosas son diferentes.

"Diferentes." Esa palabra se me quedó dando vueltas en la cabeza.

Yo sonreí igual, porque no quería mostrar que me dolía.
—¡Está bien! Diferente no significa malo, ¿verdad?

Ella me devolvió una sonrisa suave, como de disculpa. Y seguimos guardando en silencio.

Los días siguientes estuvieron llenos de un bullicio extraño. No era que todo hubiera cambiado de golpe, pero sí se notaba un aire diferente. Como si las prácticas hubieran adquirido un ritmo propio, uno que se ajustaba cada vez más a las dinámicas de pareja que empezaban a formarse.

Yo lo notaba... aunque trataba de no pensarlo demasiado. Muchas veces me decía que, quizá, solo estaba cansada o distraída. Y después de todo, ¿cómo no alegrarme al ver a mis amigas felices?

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Los días siguientes estuvieron llenos de un bullicio extraño. No era que todo hubiera cambiado de golpe, pero sí se notaba un aire diferente. Como si las prácticas hubieran adquirido un ritmo propio, uno que se ajustaba cada vez más a las dinámicas de pareja que empezaban a formarse.
Yo lo notaba... aunque trataba de no pensarlo demasiado. Muchas veces me decía que, quizá, solo estaba cansada o distraída. Y después de todo, ¿cómo no alegrarme al ver a mis amigas felices?

Una tarde, en la azotea, lo sentí con claridad.
– ¡Bien! –dije con mi energía de siempre, aplaudiendo–. ¡Vamos desde el principio!
Umi asintió, más tranquila que de costumbre, y se giró hacia Kotori con una mirada que decía más que cualquier palabra. Kotori le devolvió la sonrisa, y por un momento, me pareció que el ensayo se detenía entre ellas dos. Rin y Hanayo cuchicheaban en un rincón, mientras Nico intentaba atraer la atención de Maki con algún comentario burlón. Eli y Nozomi practicaban pasos entre murmullos y risas discretas.

Respiré hondo. Nadie me estaba ignorando de forma consciente, lo sabía. Pero tampoco estaban del todo conmigo.
"Debe ser normal", pensé. "Las cosas cambian. Eso no está mal".

No era que me dejaran de lado siempre. Cuando me miraban, todavía veía sonrisas y cariño. Pero había espacios que ya no parecían míos del mismo modo.

Como en los descansos. Antes, siempre nos juntábamos todas, riéndonos por cualquier tontería y compartiendo los bocadillos que yo solía llevar escondidos en mi mochila. Ahora, esos descansos se fragmentaban: Kotori y Umi se apartaban discretamente, Rin y Hanayo se buscaban casi sin darse cuenta, Maki y Nico se enzarzaban en sus discusiones que terminaban en risas, y Eli y Nozomi hablaban en voz baja, cómplices.

Lo curioso es que, al menos al principio, fui yo quien animó a Kotori y Umi a pasar más tiempo juntas. Después de todo, pensaba que las novias necesitaban sus momentos a solas, sin que yo estuviera en medio. No quería ser una molestia, ni cortarles la magia que recién empezaba. Nunca imaginé que eso significaría que, poco a poco, me quedarían menos momentos compartidos con ellas.

Y eso dolía de una forma que no supe reconocer al instante, porque Umi había sido siempre de las personas más cercanas a mí, casi tanto como Kotori.

Yo terminaba comiendo mis dulces mientras las observaba.
– ¡Ah, esto está buenísimo! –decía en voz alta, tratando de contagiar entusiasmo.
– ¿Eh? ¿Qué cosa, Honoka-chan? –Rin levantaba la cabeza un instante.
– ¡Nada, nada! –respondía yo, agitando las manos.
Y volvía a morder el pan, sonriendo como si nada pasara.

Había momentos en los que sí sentía que estábamos todas en sintonía. Cuando los ensayos se volvían exigentes, en las presentaciones pequeñas del gimnasio, o cuando planificábamos actividades para el consejo estudiantil relacionadas con μ's. Ahí la energía grupal reaparecía.
Pero luego, en las caminatas de regreso a casa, solía quedarme un poco rezagada. Kotori y Umi iban adelante, compartiendo un paraguas; Rin y Hanayo se perdían en su mundo de chistes y confidencias; Maki y Nico discutían sobre qué canción escuchar; Eli y Nozomi caminaban juntas, hablando sobre responsabilidades o sobre lo que vendría después de graduarse.

Yo observaba sus espaldas. A veces aceleraba el paso para alcanzar a alguna, pero enseguida notaba cómo la conversación fluía entre ellas con naturalidad, y al final optaba por quedarme en medio. No estaba sola exactamente... pero tampoco del todo acompañada.
"Es normal", me repetía. "Están creciendo. Yo también. Esto no es malo".

Una tarde particularmente fría, decidí invitar a todas a comprar crepas después del ensayo.
– ¡Vamos! –dije, alzando el brazo–. ¡Es mi invitación!
Rin abrió los ojos como platos.
– ¿¡De verdad, Honoka-chan!? nya
– ¡Genial! –añadió Nico, aunque enseguida bromeó–. Bueno, depende... si no son las baratas.
Todas rieron, y esa escena me llenó de alivio: todavía podía reunirlas, todavía podía ser el centro que las impulsara.

Sin embargo, ya en la crepería, noté cómo los grupos se rearmaban solos. Kotori y Umi compartieron un crepa y cuchicheaban entre risas tímidas; Hanayo ofreció probar a Rin un bocado del suyo, y Rin terminó robándole casi la mitad; Maki le limpió la comisura de los labios a Nico, que se sonrojó aunque disimuló con un bufido; Eli observaba a Nozomi, que le guiñaba un ojo mientras comía tranquila.

Yo, por mi parte, me dediqué a mirar mi crepe de fresa y nata, adornado con chocolate. Lo probé y sonreí.
– ¡Está delicioso! –dije, esperando que alguien me respondiera.

No era que no me escucharan. Simplemente, las voces de los demás se superponían con más fuerza.
Seguí comiendo. Al final, lo importante era que todas estuvieran felices.

Los cambios eran pequeños. Pequeñeces.
Una tarde, al salir del club, me ofrecí a acompañar a Kotori y Umi. Pero apenas dimos unos pasos, noté la tensión de querer decirse algo. Me detuve.

– ¡Ah, me olvidé mi botella de agua! –mentí, llevándome una mano a la cabeza–. ¡Ustedes sigan, yo las alcanzo!
Corrí hacia el salón y, cuando volví, ya no estaban. Caminé sola a casa, tarareando una melodía para convencerme de que no importaba.

Sin darme cuenta, era yo misma quien empezaba a regalarles esos espacios a solas... aun si eso significaba quedarme atrás.

A veces, de camino a clases, encontraba a Eli y Nozomi charlando en la puerta. Me acercaba corriendo para saludarlas, pero parecían tan inmersas en su propio mundo que mi entusiasmo se diluía en el aire.
– ¡Buenos días! –decía con una sonrisa amplia.
– Ah, buenos días, Honoka –contestaba Eli, amable pero rápida.
Y la conversación volvía a centrarse en ellas dos.
Tragué saliva, ajusté la correa de mi mochila y seguí caminando.

En mi casa, las cosas no eran muy distintas. Mis padres no solían notar que volvía más callada, pero yo le restaba importancia. Mi hermana menor, Yukiho, me preguntaba si pasaba algo. Siempre respondía lo mismo:
– ¡Nada, nada! Estoy cansada, nada más.
No quería preocupar a nadie. Y en el fondo, tampoco estaba convencida de que hubiera algo de qué preocuparme.

Lo cierto era que μ's seguía brillando. Cada presentación reunía más público, cada canción despertaba más emoción. Yo veía los rostros felices, los aplausos, las luces. Ahí sentía que todo seguía igual. Que nosotras éramos una sola voz.
Pero cuando bajábamos del escenario, el reflejo se fragmentaba de nuevo. Cada pareja encontraba su espacio, su refugio. Y yo... yo me decía a mí misma que ya encontraría el mío.
Porque no podía ser malo que todas estuvieran enamoradas, ¿verdad?
Porque, al final, lo importante era que siguiéramos juntas.