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Capítulo 1: El Protocolo
La explosión fue un rugido estremecedor que sacudió cada fibra de mi cuerpo y dejó un zumbido punzante en mis oídos. En mi mente, la pesadilla siempre se reproducía con la misma nitidez espantosa. En el reflejo de mi memoria distorsionada por el sueño, veía a mi madre cerrar los ojos, concentrada en una sola cosa: proteger al niño que se aferraba a ella. Protegerme a mí.
Ella me inspeccionó rápidamente mientras luchaba por abrirse paso entre los escombros de metal y cables calcinados.
—¿Estás bien? —preguntó.
En el recuerdo, yo estaba lleno de pánico, pero mi boca articuló un casi imperceptible "sí". Mi madre se limitó a sonreír para infundirme un valor que no teníamos, me tomó de la mano y me arrastró en una carrera frenética.
Escapar no sería fácil. La nave de investigación estaba comprometida. De inmediato comenzó a aullar la sirena de emergencia y una voz robótica, carente de cualquier rastro de empatía, proclamó desde los altavoces:
—Alerta, alerta. Esto no es un simulacro. La sección nueve se encuentra gravemente dañada. Por favor, diríjase a la zona segura. La sección nueve se sellará en diez segundos... diez, nueve, ocho…
Sin dudarlo, ella me tomó en sus brazos y corrió lo más rápido que pudo. Era el protocolo de contingencia, y ella misma lo había diseñado. Aun cuando las piernas le ardían por el esfuerzo y mi cuerpo le pesaba como plomo en la gravedad artificial intermitente, siguió avanzando.
Justo cuando la compuerta blindada parecía cerrarse por completo a pesar de sus esfuerzos, una mano ensangrentada luchó por mantener el mecanismo abierto. Mi madre alcanzó a cruzar el umbral conmigo en brazos, y entonces lo vio: el rostro tenso pero aliviado del hombre que amaba.
—Martha, tenemos que salir de la nave ahora —dijo mi padre, Thomas.
Corrieron hacia la sección once, pero nos detuvimos en seco. El horror nos cortó el aliento. Los cuerpos de la tripulación científica yacían esparcidos por el pasillo, y en las paredes de policarbonato escurría sangre fresca.
—Bruce, cierra los ojos —me ordenó mi padre con voz firme, intentando proteger mi infancia del matadero en el que nos encontrábamos., pero era demasiado tarde, las imágenes me acompañaron en mis pesadillas por el resto de mis noches desde ese día.
Superando el impacto inicial, mi madre se dio cuenta de la verdad absoluta: las cápsulas principales habían sido abordadas por los amotinados.
—Tenemos que llegar a la sección trece. ¡Son las cápsulas de reserva de la tripulación! ¡Vamos! —gritó mi padre, con la voz temblando por una desesperación que jamás le había escuchado.
Llegaron a la sección trece. Mi padre se dirigió de inmediato al panel de las cápsulas, solo para encontrarse de frente con Peter, un ingeniero de la estación, malherido y con la mirada extraviada, que nos cerró el paso.
—Peter —dijo Thomas, tratando de mantener la calma.
—No hay más cápsulas de escape, Martha —siseó el hombre, ignorando a mi padre—. Solo queda una, y es mía. No pienso arriesgarme. Haré lo que sea necesario.
Peter desenfundó una pistola de pulsos. Los ojos de mi padre se agrandaron por la sorpresa y se arrojó sobre él antes de que pudiera apuntarnos.
—¡Martha, toma a Bruce y corre a la cápsula! —rugió.
—¡No! —gritó Peter.
Al mismo tiempo, se escuchó un disparo que resonó en el pasillo de metal. Mi madre obedeció. Siguió corriendo con todas sus fuerzas, sin detenerse a mirar atrás. El zumbido ensordecedor de la alerta de la nave no le impidió escuchar el eco de un segundo disparo.
Me arrojó con brusquedad al interior de la angosta cápsula de escape. Fue justo en ese instante cuando sintió un aguijón térmico que le penetró la espalda.
Detrás de ella, Peter apareció tambaleándose, con el arma humeante.
—Lo siento, Martha, pero esta cápsula es solo para uno —dijo él, intentando apartarla.
Las facciones de mi madre se transformaron, perdiendo toda la dulzura, mientras bloqueaba el cuerpo de Peter y presionaba el botón exterior para cerrar la escotilla sellada tras de sí.
—Así es —respondió ella.
Le cortó el paso, arrojándose sobre él y arañándole el rostro con todas sus fuerzas para mantenerlo alejado del mecanismo. Mientras ella luchaba desesperadamente en un último acto de sacrificio, los pernos hidráulicos se retrajeron y mi cápsula de escape se lanzó al vacío.
Esa fue la última vez que vería a mi madre con vida. Lo que siguió en mi ventana de observación fue el destello silencioso e incandescente de la nave estallando en la negrura del espacio.
Veinte años después
Me desperté abruptamente, con el aliento entrecortado y el pecho cubierto de sudor frío. La pesadilla había invadido mis sueños una vez más, como cada noche desde que tenía uso de razón.
Me incorporé en la penumbra de mi taller subterráneo, obligando a mi ritmo cardíaco a estabilizarse. Encendí las pantallas holográficas del computador de mano; las líneas de código verde iluminaron mis facciones cansadas. En menos de una hora me infiltraré en el laboratorio de investigación de la super computadora que gobierna mi mundo. Ya no era aquel niño indefenso que escapaba en una cápsula. Ahora era el líder de la resistencia.
Yo era Batman.
