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Language:
Español
Stats:
Published:
2026-05-22
Words:
3,466
Chapters:
1/1
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13
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1
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171

Without You

Summary:

Esto creo que más que un capítulo son como viñetas, escenas que se me fueron ocurriendo en la semana y no pude evitar escribir y hoy decidí juntarlas en un one-shot. Se ubica post temporada 2.

Trigger warnings: sexo explícito y descripción explícita de vómito.

Work Text:

El cáncer es una enfermedad de mierda y Néstor lo sabía. Lo había estudiado por años y había dedicado su vida entera a curarla.
La palabra cáncer proviene del latín que significa cangrejo, un término que se remonta a la Antigua Grecia, cuando el médico Hipócrates describió los tumores malignos utilizando la palabra «karkinos». Tal vez por su forma que asemeja las patas y el caparazón de un cangrejo. Tal vez por su manía de adherirse al tejido sano que los rodea de manera similar a estos, aferrándose con sus pinzas, volviendo difícil desprenderlos.
Y Néstor era el mejor oncólogo de España. Conocía todos los tipos de cáncer, todos sus síntomas, todos los tratamientos disponibles.
Pero el cáncer solo es un término médico. Hasta que lo ves reflejado en los ojos de la persona que amas.

***

La noche de mi accidente me parecía hoy tan lejana. Le había insistido a José que me dejara el coche y había terminado tomando algunas copas de más. Hoy no podía evitar preguntarme qué hubiera pasado si me hubiera estrellado más fuerte, solo un poco más fuerte. Nos habría ahorrado tanto sufrimiento a los dos.
Ya ha pasado un año de ese día, del día que lo vi por primera vez, con su bata blanca y su semblante demasiado serio. Juzgándome incluso antes de conocerme. El recuerdo de nuestro primer encuentro me asalta de repente sentada tras mi escritorio de vuelta en mi oficina en la Generalitat y no puedo evitar sonreír. Y nuestra primera vez, varios meses más tarde, aquella noche después de las elecciones. Cuando me desperté a la mañana siguiente, él estaba tendido boca abajo sobre mi cama, a mi lado, completamente desnudo; yo envuelta entre las sábanas. La noche anterior no era más que un conjunto de imágenes borrosas que mi mente no terminaba de conectar. Nuestra última conversación, nuestro primer beso, aquel primer encuentro diluido en tequila y el sudor de nuestros cuerpos en movimiento.

Dónde estás?

La pantalla de mi celular se encendió y un mensaje suyo saltó en mi pantalla.
—Patricia —la voz de Emilio interrumpió el curso de mis pensamientos.
Volví a bloquear mi celular, tomé mi bolso y me puse de pie para seguirlo.

***

Llevaba tres horas, dos cervezas, dieciocho mensajes de texto sin responder y siete llamadas perdidas sentado en ese enorme sofá, en esa enorme sala, en esa enorme casa. Solo. Esperándola.
Me puse de pie tan pronto sentí la puerta abrirse.
—Te saltaste la quimio —escupí apenas la vi aparecer.
Traía un vestido negro ceñido al cuerpo. Su peinado y maquillaje aún intactos. Lucía agotada. Se apoyó en el barandal de la escalera cuando terminó de bajar para quitarse los tacos, una mueca de dolor le cruzó el rostro.
—No me la salté. Reagendé —le restó importancia.
—No puedes andar reagendando a tu antojo. Tienes un calendario que cumplir.
—Soy la presidenta, tengo responsabilidades que cumplir. Y tú no eres mi oncólogo.
—No sé cómo pretendes dirigir una comunidad entera si no eres más que una niñata.
—¿Cómo me llamaste? —respondió con aquel tono afilado. Sus ojos se clavaron en mí, amenazante.
—Caprichosa, berrinchuda, malcriada —continué.
—Piensa lo que quieras —bufó.
—Lo hago.
—No pienso seguir teniendo esta discusión contigo. Me voy a mi habitación.
Se dio media vuelta dispuesta a marcharse.
—Ahí está, incapaz de tener una conversación adulta.
Se giró hacia mí enfurecida. Sabía que la estaba provocando. Quería hacerla enojar tanto como ella me hacía enojar a mí.
—Lo que te jode es no poder seguir controlándome. No eres mi médico. No eres mi novio. No eres nada mío.
—Lo que me jode es que no te tomes nada en serio.
—Yo no soy la del dilema ético.
—No, a ti solo te importa tu imagen frente a los medios y la aprobación del público.
Se rio con esa risa incrédula, fingida, cargada de desprecio y rechazo.
—¡¿Se puede saber que te pasa?! —exclamó—. Si tanto me odias, ¿qué haces aquí todavía? ¡Vete!
Me quede inmóvil, ajustando la mandíbula para no decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
—¡Que te vayas!
—¿O qué? ¿Vas a llamar a seguridad para que me saque?
—No te soporto, tío. Ni a ti, ni a tu superioridad moral, ni a tu maldito complejo de Dios.
—Te recuerdo que eres tú la que besa a un rojo todas las noches —dije, dando un paso hacia ella.
Se rio. Esta vez más ligera.
—¿Estamos teniendo una discusión ideológica o estás tratando impresionarme?
Pero antes de que pudiera terminar de hablar, yo ya la estaba besando. Ella respondió inmediatamente a mis caricias. Nuestros besos subieron rápidamente de intensidad. Y es que no podía parar de besarla, de tocarla, ni siquiera para respirar. Necesitaba sentirla, poseerla. Era como si un instinto animal se hubiera apoderado de mí. Y así, entre besos hambrientos, desesperados, urgentes, comenzamos a retroceder hasta que sentí su cuerpo impactar contra la isla de la cocina.
Me quité el polo en solo movimiento brusco, al tiempo que sus manos viajan a la hebilla de mi correa y sus ágiles dedos no tardan en deshacerse de ella, antes de desabrochar mis pantalones para capturar mi miembro erecto y comenzar a masajearlo. Gruño de placer. Mis pantalones caen a mis pies y los pateo lejos.
—Voltéate.
—Eso sonó increíblemente autoritario para alguien que dice defender la libertad —se burló de mí con una sonrisa en sus labios rojos.
La sujeté por las caderas y la giré yo mismo, impaciente, para obligarla a darme la espalda. La empujé nuevamente contra el mostrador de la cocina y un jadeo escapó de su garganta cuando sintió su cuerpo impactar contra el mármol frío. Aparté su pelo de mi camino y bajé torpemente la cremallera de su vestido para comenzar a besar su cuello, sus hombros, su espalda.
Levanta la falda de su vestido por encima de sus caderas, dejándolo arrugado en el centro de su cuerpo, e hice a un lado sus bragas para comenzar a acariciar su entrada. Ella gimió en mi oído y tiró de mi pelo para volver a besarme. Entonces, la penetré con mis dedos.
—Néstor… —jadeó en mi boca.
Su voz explotó en mis pantalones. Retiré mi mano y me deshice de mis bóxers tan rápido como pude. Quise deslizar sus bragas, pero mis manos no cooperaron y terminé por desgarrar la tela para poder enterrarme en ella. Un fuerte gemido escapó de su boca y la sentí apoyarse con ambas manos sobre el mármol para mantener el equilibrio. Sus piernas flaquearon, pero la sujeté firme por la cadera para mantenerla en su lugar, mientras la continuaba embistiendo por la espalda. Casi con necesidad, casi con salvajismo. Cada vez más rápido, más fuerte. Tanto que me costaba no gemir de placer. Aceleré mis movimientos hasta que casi sentí que mi pecho iba a explotar.
Sus gemidos escapaban fracturados entre sus labios, casi como un lloriqueo. Entonces, la sentí tensarse a mi alrededor, muy cerca del orgasmo. Por fin, me vine dentro de ella y caí rendido sobre su cuerpo, respirando de forma irregular contra su cuello, respirándola. Me enderecé inmediatamente y aparte su melena desordenada del camino para depositar una hilera de besos sobre su piel humedecida.
Ella seguía apoyada contra el mármol, intentando recobrar la respiración, con mi semen blanco y espeso derramando por el interior de sus muslos. Era una visión espectacular. La tomé por la cintura y la cargué para sentarla sobre el mostrador. Ella no intentó acomodarse el vestido, solo se quedó ahí, mirándome como siempre lo hace. Se veía tan sexy así, con el maquillaje ligeramente corrido en los bordes, los labios hinchados por mis besos, el sudor brillando sobre su piel, el vestido desacomodado, despeinada y recién follada.
Abrí un cajón para tomar un secador limpio y lo mojé en el lavabo para comenzar a limpiarla, deslizando la tela por la piel de sus muslos en movimientos lentos, cuidadosos.
—¿Entonces qué? ¿Lo haremos público? ¿Podrás con eso? —me retó.
Yo me limité a sonreír mientras continuaba con mi minuciosa tarea.
—¿Qué le dirás a tus colegas? ¿O a los miembros de tu sindicato? Me odian.
—No más de lo que yo te odiaba el primer día que te conocía.
Ella se río.
—¿Qué le dirás tú a la prensa? ¿O a los miembros de tu partido?
Se encogió de hombros.
—Quiero que conozcas a mi familia.
Ella me miró con una mezcla de sorpresa y miedo.
—¿Estás seguro? Dudo que su opinión sobre mí sea diferente a la del resto de tu círculo.
—Es mi familia, Patricia.
—Está bien —suspiró—. Con tal de que no me hagas presentarte a la mía.
—Tus padres son unos idiotas —bufé.
Aún odiaba la idea de que la hubieran dejado sola.
—Ya, pero no puedo dejar de quererlos porque lo sean. Son mis padres. A ti no te dejé de querer y eres un cabrón.

***

Había comenzado el nuevo ciclo de quimio esta semana y con él habían regresado las malditas nauseas.
No sé cómo había conseguido bajarme del auto, bajar las escaleras y correr al baño más cercano a tiempo, antes de dejarme caer de rodillas al suelo y abrazarme a la tasa del inodoro para comenzar a vomitar. Las arcadas llegaron con violencia y tosí sin poder evitarlo. Estoy segura de que ruido reboto en toda mi casa, si tan solo hubiera alguien que pudiera escucharme. Por fin, mi desayuno salió expulsado entre mis labios como una explosión que me tomó casi por sorpresa. Trozos enteros de comida, que no habían sido digeridos aún, salieron despedidos no solo por mi boca, sino también por mi nariz y sentí como el ácido de mi estómago quemaba mis fosas nasales. Había olvidado aquella sensación tan desagradable desde la última vez. Me duele la mandíbula, me late la cabeza, me drena la nariz, la garganta me arde. Cuando por fin siento que no me queda nada más por expulsar de mi cuerpo, caigo sentada sobre el suelo frío del baño, completamente agotada por el esfuerzo.
No sé cuánto tiempo permanezco así, pudieron ser minuto o incluso horas, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada contra la pared. Cuando logré reunir la fuerza suficiente para pararme, tiré de la palanca y limpié el desastre a mí alrededor, antes de enjuagarme la boca y lavarme la cara. Me veía pálida y tenía todo el maquillaje corrido.
Camino hasta la sala, aún mareada, y me dejo caer sobre el sofá.

Cuando escucho la puerta abrirse y sus pasos cansados descender lentos por las escaleras, ya es de noche.
—¿Qué haces? —se detiene al verme.
Todo estaba en silencio. La sala sumida en completa penumbra. Todas las luces apagadas, tan solo el resplandor azulado de la luna que ingresaba por los enormes ventanales que daban a la terraza y se deslizaba sobre las superficies demasiado blancas de mi casa.
El mundo de noche estaba hecho de sombras suaves y bordes difusos.
—Me duele la cabeza— me quejo si volverme para mirarlo.
Tenía los ojos cerrados y la cabeza recostada hacia atrás sobre el respaldo del sofá.
—¿Puedo hacer que te deje de doler?
Sentí los cojines hundirse con su peso.
—No sé cómo.
Pude sentirlo acercarse entonces sin necesidad de abrir los ojos. Néstor comenzó a dejar besos sobre mi frente, sobre mis sienes, sobre el lateral de mi rostro, mis mejillas, la línea de mi mandíbula.
—No soy una niña —me reí.
—¿No está funcionando? —suspiró, genuinamente decepcionado, y volvió a tirarse hacia atrás sobre el sofá.
Tiré de su camisa para volver a acercarlo a mí.
—No te dije que pararas.
Pude sentirlo sonreír sobre mi piel. Su sonrisa era cálida mientras me besaba.
Cuando volvió a detenerse después de un rato, abrí los ojos. Sobre su piel, la luz de la luna parecía húmeda, casi líquida. Estiré una mano para tocarla y deslicé las yemas de mis dedos por su cara. Esta vez, él cerro los ojos.
Ahí, en el silencio, en la oscuridad, bañados por la luz pálida y lechosa de la luna, me sentía suspendida con él, en algún lugar sin tiempo, donde podría quedarme a vivir para siempre.

***

Traía su camiseta puesta y un cigarrillo entre los labios mientras observaba el paisaje desde la ventana de mi habitación a través. La luz de la luna que se rompía en reflejos plateados sobre el agua de mi piscina. Es en aquel momento, sentí unas manos grandes y calientes apoderarse de mis caderas y su cara encontrar su lugar en mi cuello. Solo entonces cerré los ojos.
—No te escuché llegar.
Néstor no respondió. Sus labios comenzaron a succionar la piel de mi cuello y su mano se escurrió bajo su camiseta, para comenzar a acariciar mi vientre.
—No te atrevas a dejarme marca —le advertí, sin convicción.
Entonces, su mano se deslizó hacia abajo, hasta mis bragas empapadas. Gemí al sentirlo justo donde lo quería. Él gimió al sentirme mojada. Me abandoné a su tacto y dejé caer mi espalda sobre su pecho ancho. El siguió besándome y jugando con mi clítoris, acariciando mi centro, entrando y saliendo de mí con sus dedos. Yo no podía dejar de mover mis caderas contra su mano, buscando más fricción. Necesitaba más.
No pude evitar quejarme cuando lo sentí detenerse para desabrocharse los pantalones. Se los bajó solo lo necesario para liberar su miembro y poder penetrarme por la espalda. Sentí mis piernas ceder ante el placer y tuve que sujetarme de las cortinas para no caer. Mi mano izquierda bajó hacia mi vagina para continuar a masajeando mi clítoris mientras me sostenía con la mano derecha. Sentía el calor acumularse en mi vientre hasta que por fin estalló en un orgasmo.
Me giré en sus brazos para volver a besarlo.
—Cama —fue todo lo que pude decir.
Él me cargó y me dejó caer sobre el colchón antes de montarse sobre mí, terminando de deshacerse de sus pantalones en el camino. No tardó en volver a penetrarme y comenzar a moverse otra vez dentro de mí. Primero lento, permitiendo que me acostumbrara otra vez a él. Su boca volvió a capturar mis labios y poco a poco comenzó a bajar sus besos por mi cuerpo, dibujando un recorrido desde mi cuello, por mi pecho y hasta mis senos. Primero hacia el reconstruido, besándolo más despacio, lamiendo cada una de mis cicatrices. Luego hacia el otro. Mi pezón duro se derritió contra su aliento caliente mientras él jugueteaba con la punta de su lengua, succionaba y mordisqueaba. Sentí como mi boca se secaba y mis uñas enterrarse en su espalda mientras lo abrazaba con fuerza.
Todo mi cuerpo se tensó bajo su cuerpo en anticipación hasta que lo sentí vaciarse dentro de mí. Mi pelvis se contrajo y las convulsiones me sacudieron de inmediato. Su rostro se hundió en mi cuello y todo su peso cayó laxo sobre mi cuerpo.
Nuestras bocas no tardaron en volver a encontrarse y seguimos así, solo besándonos, por un buen rato, hasta que Néstor volvió a acomodarse en mi cuello, sin dejar de abrazarme. Entonces, ya no escuchaba más que su respiración ralentizándose al ritmo de la mía, los latidos de su corazón palpitando sobre los míos y el murmullo del mar que nos envolvía a lo lejos.
No sé cuánto rato permanecimos así, aún unidos, con la piel resbaladiza por el sudor, con las extremidades enredadas entre las sábanas, con su cara enterrada en mi cuello y las manos entrelazadas. Hasta que, por fin, nos quedamos dormidos. Así. Con él aún dentro de mí.

***

Cuando me desperté, me estiré instintivamente en la cama buscando su cuerpo. No fue hasta que me di cuenta de que no estaba que abrí los ojos.
—¿Patricia? —la llamé, mi voz aún ronca por el sueño—. ¿Patricia? —alcé un poco más la voz.
No obtuve respuesta.
Pensé que tal vez se había levantado temprano. Tal vez había tenido alguna reunión de emergencia de esas que a Emilio le encantaba agendarle a último minuto. Revisé mi celular. No tenía ningún mensaje de ella.
La casa era demasiado grande para que me escuchara si estaba en la cocina o en la terraza. Me levanté, busqué un pantalón de buzo en el cajón de su cómoda donde, sin ninguna conversación de por medio, había comenzado a dejar mi ropa porque era lo más cómodo, lo más práctico, y me dirigí al baño antes de ir a buscarla, pero no fue necesario. La vi tan pronto abrir la puerta. Sentada sobre las mayólicas frías del baño, frente al inodoro. Ella no se giró para mirarme.
—¿Estás bien? —me agaché a su altura.
Asintió secándose bruscamente el rostro. Había estado llorando.
—¿Vomitaste?
No respondió.
Me extrañaba no haberla escuchado, aunque anoche había terminado tan cansado después de la guardia y la noche que pasé con ella, que probablemente tenía sentido.
—Déjame ayudarte —quise tomar su mano, pero la retiró de inmediato.
—Estoy bien.
—¿Qué pasa? —me senté en el suelo, a su lado.
Ella seguía sin mirarme.
—Patricia —insistí.
—No es justo —sollozó.
—¿De qué hablas?
—Sé lo que todos piensan. Lo veo en sus caras cuando nos ven juntos. Tu familia, tus amigos. Joder, que lo leo todos los días en las redes sociales. Y lo entiendo. En serio. Lo entiendo. Porque se preocupan por ti. Porque te quieren. Y tú no te mereces pasar por todo esto otra vez por mi culpa. Y si yo fuera una mejor persona, ya me habría apartado de ti. Pero es que no puedo. Porque soy una puta egoísta —habla con la respiración rota por el llanto.
Quiero interrumpirla. Decir algo. Lo que sea para hacerla sentir mejor. Para que dejara de sentir lo que sea que estaba sintiendo. Pero me quedo callado. Y solo la dejo seguir hablando.
—¡Y es que encima de tener cáncer, tengo esta puta culpa que me come por dentro todos los días! ¿Pero quién piensa en mí, joder? ¡Es que no tengo a nadie! Mi familia y yo nos divorciamos de mutuo acuerdo hace muchos años. Es que ni siquiera tengo amigos. A las únicas personas que les importa si sigo viva mañana, les pago para estar pendientes de mí. Y yo sé que es mi culpa. Porque yo elegí esta vida. Y no quiero dejar mi trabajo, no quiero. Porque a veces pienso que es lo único que me queda. Y en política las relaciones son así. Se basan en lo que uno tiene para ofrecer. Y hay días en que me siento bien, de verdad, y pienso que voy a lograrlo. Que voy a vivir. Pero hay otros días, como hoy, que pienso que ya no me queda nada para ofrecer. Y no es justo. No es justo para ti.
Y entonces levantó la cabeza y me miró por primera vez. Tenía los ojos rojos y la mirada casada. Un cansancio profundo, viejo, casi irreversible. Pero había algo más en ellos. Era la mirada de alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose en pie sola, por puro orgullo y cabezonería. Sin más fuerzas para seguir peleando, cansada de sobrevivir. Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas, como si algo dentro de ella se hubiera roto y yo solo quería desesperadamente volver a pegarlo.
—Pero es que ya no me siento capaz de renunciar a esto. Joder. Es que todo es una puta mierda.
Y entonces volvió a bajar la mirada, como quien ya no espera ser salvado.
—Te amo —fue lo único que se me ocurrió decir. Lo solté así, sin pensarlo.
Ella levantó la vista de golpe. Sus ojos muy abiertos, aún llorosos. Su ceño ligeramente fruncido.
—Te amo —repetí.
—Deja de decirlo.
—¿Por qué? Te amo.
Se río. Y toda la presión dentro de mi pecho se aflojo con su risa. Yo también sonreí. Porque sí, porque la amaba.
—Estás fatal —negó con la cabeza divertida y volvió a secarse el rostro con el dorso de la mano—. Después de todo lo que te acabo de decir, ¿solo se te ocurrió decirme eso?
—Me dijiste una vez que parecía que no quería vivir, ¿lo recuerdas?
Asintió aún con la mirada fija en la mía. Con esos ojos grandes que me volvían loco cuando me miraban.
—No quería —admití—. No hasta que apareció una facha queriendo privatizar mi hospital y puso mi mundo de cabeza.
—No me llames facha —dijo y yo me reí—. Somos un puto desastre —suspiró y se dejó caer contra mi pecho. Envolví un brazo alrededor de sus hombros y pude sentirla relajarse contra mi cuerpo mientras yo dibujaba patrones imaginarios en su brazo con mi mano.
Y es que era cierto, aunque ella no lo supiera. Ella me había devuelto a la vida y ahora… ahora yo solo quería ayudarla a vivir.