Work Text:
Penelope Bridgerton llevaba una vida feliz y maravillosa.
Tenía el trabajo de sus sueños en la editorial de Agatha Danbury y podía hacer home office cuando quisiera. Justo como lo hacía en ese momento, mientras acariciaba distraídamente su vientre de seis meses de embarazo y corregía el manuscrito de un autor que, según ella, abusaba de los adjetivos como si fueran dulces.
Su vida era buena.
Su flamante marido —y mejor amigo de toda la vida— la amaba y se preocupaba por ella a niveles tan exagerados que resultaban igual de dramáticos que enternecedores. Esa era precisamente la razón por la que había preferido trabajar desde casa esa mañana. Después de una noche en la que el bebé no había dejado de patear y las náuseas se habían instalado como huéspedes no invitados, Colin, con su mirada de cachorro afligido, le propuso que descansara en casa.
Y claro, descansó... lo que Colin consideraba descanso: prepararle el desayuno tres veces, revisarle el nivel de agua en la botella, preguntarle cada veinte minutos si necesitaba un té o una almohada extra, y pasar cerca de su escritorio como si patrullara la zona.
Solo cuando su publicista lo llamó con urgencia —probablemente por el lanzamiento de su nuevo libro—, Penelope pudo respirar en paz un par de horas.
Amaba a su marido. Lo hacía desde que tenía memoria.
Siempre encantador, amable, atento con los demás, cariñoso hasta lo ridículo. Un golden retriever en su máxima expresión. Y con esa gran pasión por explorar el mundo que, al principio, le pareció imposible de alcanzar... pero que, de alguna forma, también la sedujo.
Fue un amor unilateral durante años.
Hasta que, cinco años atrás, cuando Penelope salía con su entonces novio Alfie Debling, Colin empezó a comportarse como un niño berrinchudo cada vez que lo veía.
Penelope, que ya planeaba terminar la relación, eligió un restaurante tranquilo para despedirse de Alfie de manera civilizada. Lo que no esperaba era que Colin apareciera de la nada —sin invitación ni vergüenza— para interrumpir la cena con una confesión caótica y apasionada: llevaba años amándola, y le rogaba que no se casara con Alfie.
Más tarde, Penelope descubriría que Hyacinth Bridgerton había sido la autora de esa confusión gloriosa. Le había mentido a Colin diciéndole que esa cena era en realidad un compromiso secreto, y que Alfie planeaba llevarse a Penelope al Ártico durante tres años.
—Una manipulación magistral —pensó Penelope después, ya entre lágrimas y carcajadas.
Alfie salió furioso del restaurante después de que Penelope confesara que ella también amaba a Colin.
Y así, cinco años después, podía decir que su vida era perfecta.
Casi perfecta.
Porque justo en ese momento, mientras seguía escribiendo, Colin llegó.
—Adivina quién es un autor publicado —anunció Colin al entrar a casa con esa sonrisa encantadora y los ojos más brillantes del universo. Se acercó a ella y besó su mejilla con ternura.
—El mismo que me tiene recluida en esta casa, supongo —respondió Penelope con sarcasmo, sin poder ocultar la enorme sonrisa que se le dibujó en los labios—. Felicidades, amor.
Se puso de pie, tanto como su baja estatura y su vientre abultado se lo permitían. Extendió los brazos para abrazarlo y darle un beso en los labios. Colin acarició su vientre con ambas manos, dejándose besar con una devoción absoluta.
—Esto merece una buena celebración —dijo, mirándola con picardía. Esa mirada seductora que ella conocía demasiado bien.
Pero justo entonces, la puerta sonó. Fuerte. Urgente.
Ambos se sobresaltaron. Colin fue el primero en ir a revisar quién golpeaba con tanta desesperación, y Penelope lo siguió, unos pasos detrás.
Desastre.
Cuando Colin abrió la puerta, lo primero que vio fue a su hermana menor, con los ojos inyectados en rojo y profundas ojeras marcadas bajo ellos.
—Eloise —murmuró, sorprendido.
No había rastro de la mirada sarcástica y burlona tan típica de ella.
Eloise lo observó unos segundos, en silencio, antes de lanzarse hacia Penelope. La tomó por sorpresa, y esta tardó un momento en reaccionar, pero enseguida extendió los brazos para rodearla, acogiendo sus sollozos ligeros con ternura.
—¿Qué pasó, El?
—Theo —susurró.
Se trasladaron rápidamente al sofá de la sala.
Penelope arrullaba a Eloise, quien se encontraba recargada sobre su hombro, sollozando en un volumen apenas perceptible. Colin, mientras tanto, había ido a prepararle una bebida caliente, dejándolas en ese abrazo silencioso que parecía envolverlas como una manta tibia.
Cuando regresó con el té, se acercó con cautela, con la preocupación dibujada en cada línea de su rostro.
—¿Qué te hizo, El? —preguntó en un tono suave, cariñoso.
Eloise sorbió por la nariz, intentando recomponerse, y se reacomodó en el sofá mientras tomaba la taza con ambas manos, como si el calor pudiera sostenerla desde dentro.
—Me engañó —murmuró—. Dejó los mensajes abiertos en mi computadora y los vi.
Cuando llegué al departamento… lo vi con otra chica.
Después de eso, vine directo hacia acá.
El silencio se instaló unos segundos en la sala, pesado como el invierno.
Penelope la miró con el corazón hecho nudos. Su amiga, su cuñada, su hermana del alma, estaba rota.
Y verla así, temblando y con los ojos vacíos de esa chispa que siempre la había definido, le desgarró algo muy profundo.
—Oh, Eloise… —murmuró, acariciándole el cabello con ternura—. No merecías eso.
La abrazó más fuerte, con ese instinto casi maternal que le había nacido desde que supo que había una vida creciendo en su vientre. Quiso contenerla toda, protegerla como si pudiera encerrar el mundo en sus brazos.
Colin, en cambio, permaneció de pie.
Su mandíbula se tensó. No era su lugar ser el primero en hablar, pero le costaba mantenerse en calma.
Theo. Ese bastardo. Lo había soportado por Eloise, por verla feliz. Pero ahora… ahora le hervía la sangre.
—¿Te hizo daño? —preguntó, con una firmeza distinta en su voz. No era dulzura, era protección.
Eloise negó con la cabeza, encogiéndose un poco.
—Solo… dolió. —Sus palabras eran como cristales rotos—. Pensé que lo conocía. Pensé que me amaba.
Colin se pasó una mano por el rostro y suspiró profundamente, intentando domar el impulso de salir corriendo a buscar a Theo.
—Te ama quien te respeta, El. Quien cuida tu corazón aunque nadie esté mirando —dijo, finalmente, con un tono más bajo, pero cargado de sinceridad—. Ese tipo no te merece ni la sombra.
Penelope lo miró de reojo. Sabía que Colin estaba molesto, pero también sabía que su forma de amar siempre era intensa, leal, como un fuego que no podía fingir tibieza.
Eloise asintió con la cabeza, con lágrimas nuevas en los ojos, pero esta vez sin romperse del todo.
Solo se quedó allí, abrazada a Penelope, respirando despacio, como si el calor del hogar comenzara, lentamente, a suturar las grietas.
Cuando las lágrimas comenzaron a escasear y la noche empezaba a asentarse, Penelope supo que no podía dejar a su amiga sola. No era momento de regresar a casa y enfrentar a Theo. Además, si había llegado directamente con ellos, significaba que nadie más sabía lo que estaba ocurriendo. Simplemente despedirla y enviarla a casa de su madre no era una opción viable.
—Deberías quedarte, ya es de noche —dijo Penelope, con un tono que le pareció más maternal de lo usual.
—Yo… no quiero ser una molestia —respondió Eloise con timidez.
—Oye, El, ese tipo fue un idiota. No tienes por qué pasar por esto sola —intervino Colin, con un tono más relajado, pero firme.
—Colin tiene razón —sonrió Penelope, débilmente—. La habitación de invitados tiene algunas cajas para el cuarto del bebé, pero puedes quedarte ahí mientras Colin y yo preparamos todo.
—Gracias… a ambos —murmuró Eloise, sonriendo con lágrimas aún colgando de sus pestañas.
Más tarde, mientras Colin reorganizaba algunas cajas para que la habitación fuera habitable, Penelope preparaba la cena para tres.
—Nunca había visto a Eloise así —dijo Colin al escabullirse a la cocina, rodeando la cintura de Penelope con sus brazos.
—Theo le afectó mucho… parecían entenderse muy bien —respondió ella, mientras removía la olla con gesto concentrado.
—Se repondrá. Es Eloise —suspiró Colin, antes de dejar un beso tierno en la mejilla de su esposa.
Después de una cena tranquila, Penelope y Eloise se habían refugiado en la habitación. Colin les dio su espacio; al fin y al cabo, eran mejores amigas desde siempre. Sabía que su hermana necesitaba a su confidente más que a nadie.
Mientras ellas criticaban duramente a Theo Sharpe y devoraban grandes cucharadas de helado directo del recipiente, Colin se sentó en la sala a ver televisión, dándoles el tiempo que necesitaban.
Unas horas después, ya con el sueño pesándole en los párpados, caminó hacia la habitación con paso silencioso. Abrió la puerta con cuidado y se quedó quieto al ver la escena.
Penelope y Eloise dormían profundamente, acurrucadas en su cama. Su esposa, siempre cálida, siempre amorosa, protegía con ternura incluso en el sueño.
Y en ese momento, al observarla así, Colin supo —con una certeza serena y absoluta— que ella sería la mejor madre para su bebé.
…
Habian pasado un par de días, Colin habia aceptado que Eloise se quedara con ellos; pero pronto recordó lo que era vivir con su hermana menor.
El aroma del pan tostado llenaba la cocina, mezclado con el suave burbujeo del café recién hecho. Penelope, con una coleta floja y su pijama más cómodo, revolvía con parsimonia unos huevos mientras escuchaba a Eloise.
—Y luego encontré un poema suyo… ¡un poema cursi! —Eloise dijo entre risas amargas—. ¿Quién escribe poemas a escondidas hoy en día?
—Un tonto enamorado —respondió Penelope con una sonrisa comprensiva, dejando el sartén a un lado y girándose con la taza de café en la mano—. O un tonto que no sabe lo que quiere.
Ambas rieron, cómplices, aunque la tristeza se asomaba todavía en los ojos de Eloise.
Fue entonces cuando Colin apareció en la cocina, con el cabello alborotado y la mirada aún soñolienta. Se detuvo un momento, esperando quizá el beso habitual o un "buenos días" especial de su esposa. Pero Penelope no se volvió. Seguía escuchando a su cuñada con una devoción casi maternal.
—Buenos días —dijo, más fuerte de lo habitual.
—¡Buenos días! —respondió Penelope, volteando al fin, con una sonrisa dulce—. ¿Dormiste bien?
—Lo suficiente —respondió él, acercándose a la cafetera—. Aunque pensaba que tendría una conversación contigo y no con el club de las chicas tristes.
Eloise lo fulminó con la mirada. Penelope, con tacto, dejó una taza en frente de él.
—Colin, por favor…
—¿Qué? —dijo, tomando la taza—. Solo extraño hablar contigo sin tener que competir con una telenovela en vivo.
—¡Vaya, gracias! —replicó Eloise, cruzándose de brazos—. Disculpa por arruinar tu desayuno con mi corazón roto.
Penelope suspiró, notando el nudo que comenzaba a apretarse en su estómago.
—No empecemos, los dos —dijo con cansancio—. Solo estamos desayunando y conversando, eso es todo.
Colin se apartó de la mesa y caminó hacia la ventana.
—Sí, claro. Conversando —repitió con ironía—. Mientras tanto, yo empiezo a sentirme como un huésped en mi propia casa.
Un silencio denso se instaló en la cocina. Eloise apretó los labios, y Penelope se quedó quieta, con la espátula aún en la mano.
Colin bebió un sorbo de café, se calzó los zapatos junto a la puerta y murmuró:
—Voy a salir a dar una vuelta.
Y sin más, salió, dejando atrás el eco de una taza a medio vaciar y dos mujeres con el alma dividida.
…
Cuando regresó a casa, su esposa escribía en la computadora, con el ceño fruncido y los dedos firmes sobre el teclado. Colin supo al instante que estaba molesta.
Sentía que quizá había exagerado un poco… aunque esa pequeña espina de celos seguía clavada. Sabía que Eloise y Penelope eran muy unidas, y comprendía que su hermana necesitaba a alguien cercano. Pero no imaginó que eso significaría perder, aunque fuera por unos días, la compañía de su esposa.
Ahora Eloise dormía en la habitación de invitados, él era una sombra en las conversaciones, y sus bromas ya no hacían reír tanto como antes. Las risas eran ahora un código entre mujeres, una melodía que él no lograba descifrar. Penelope trataba a Eloise con una ternura que él había considerado solo suya: le preparaba desayunos especiales, le ofrecía postres y bebidas calientes… la mimaba como si fuera un pajarito herido.
Ese debería haber sido yo, pensaba Colin.
—Hola, amor —saludó, con vergüenza en la voz.
Penelope dejó de teclear y giró la vista hacia él.
—Hola —respondió con sencillez.
—Yo… yo… —balbuceó, torpe—. Supongo que debo disculparme por lo de esta mañana. Contigo… y con El, principalmente.
—Benedict llevó a Eloise a recoger algunas cosas de su departamento —informó, sin emoción.
—Me siento mal. No debí molestarme de esa forma.
—Fuiste muy grosero —agregó ella, sin ira, solo con una seriedad teñida de decepción—. Es tu hermana. Necesita comprensión.
—Lo sé, Pen —murmuró Colin, aún avergonzado. Se acercó y se arrodilló frente a ella, que seguía sentada—. Es solo que… está aquí todo el tiempo. Y yo… te extraño.
La miró con ojos suaves, como un cervatillo arrepentido. Esa mirada encantadora, tan suya, que siempre conseguía desarmarla.
Penelope suspiró.
—No está aquí ahora —murmuró, con la voz apenas cargada de insinuación.
El rostro de Colin se iluminó como si el sol hubiese atravesado las nubes. Se puso de pie con rapidez, tomó el rostro de su esposa entre sus manos y le dio un beso profundo, de esos que la dejaban sin aliento, con el alma enredada.
Y luego, con una sonrisa traviesa, le ofreció la mano.
—Entonces no tenemos tiempo que perder —dijo con sorna, esa que solo él podía hacer sonar como música.
…
La puerta de entrada se abrió con un crujido repentino.
Colin se separó bruscamente de su esposa, como un ladrón atrapado in fraganti. Penelope apenas alcanzó a recomponerse el cabello cuando la voz de Eloise resonó en la sala:
—¡Espero que estén vestidos! Aunque, considerando que no respondieron a mi primer “hola”, empiezo a temer por la inocencia de mis retinas.
Colin suspiró teatralmente.
—¿Y si sí estábamos desnudos? ¿Acaso no tienes puertas que tocar antes de entrar?
—¿Y acaso no tienes modales de recién casado que deberían haberse calmado después del segundo trimestre? —replicó con una ceja levantada.
Penelope se adelantó con dulzura, aunque algo precavida.
—¿Todo bien, El?
—No. Bueno, sí. Bueno… lo vi. A Theo.
Chasqueó la lengua, como si el solo nombre le supiera a vinagre.
—Iba saliendo de la librería, y ¿sabes qué llevaba? Un maldito poema impreso. ¡Un poema! Nunca me escribió uno a mí. ¡Jamás!
—¿Estás segura de que era para alguien más? —preguntó Colin, genuinamente confundido.
Eloise lo fulminó con la mirada.
—¿Tú me has visto recibir poemas? ¿Has leído alguna carta apasionada dirigida a “la incomparable señorita Bridgerton”?
—No, pero tú tampoco pareces del tipo que suspira con sonetos —replicó Colin.
—¡Y tú tampoco pareces del tipo que piensa antes de hablar, y mírate! Todo un ejemplo para la juventud inglesa —espetó con ironía.
—¡Penelope! ¿Vas a permitir este linchamiento verbal?
—Estoy considerando a quién de los dos darle una galleta por dramatismo —replicó ella, conteniendo la risa—. Aunque creo que Eloise gana por tener una caja en brazos y aún así insultarte.
Colin se dejó caer en el sofá con un suspiro resignado.
—Me he casado con mi mejor amiga y mi peor crítica. Qué fortuna la mía.
—Agradece que no te arroje la caja —dijo Eloise, aunque ya una sonrisa comenzaba a asomarse.
Penelope se acercó, tomando una de las tazas de la mesa.
—¿Quieres un té, El? ¿O una pastilla para el drama?
Eloise soltó una carcajada seca.
—Ambas. Con doble dosis.
…
—¡Eloise! —gritó Colin desde el baño—. ¡Dejaste esto hecho un desastre! —bramó, mirando con indignación el lavabo salpicado de agua y dentífrico, el vapor de la regadera que se había condensado en gruesas gotas que resbalaban por el cristal, y un aroma intenso a incienso que impregnaba el aire.
—¡¿Puedes dejar de gritar?! —respondió Eloise desde el pasillo, pisando fuerte mientras se acercaba, aún con el cabello húmedo y goteando—. Suenas igual que Anthony.
—¡No tendría que gritar si supieras lo que son los modales básicos! —replicó él, con los brazos cruzados como un niño ofendido.
—¿Modales básicos? —bufó ella, incrédula—. Lo dice el hombre que deja los calcetines tirados en la sala todos los días. ¡Todos!
—¿Qué está pasando aquí? —interrumpió Penelope, apareciendo en el umbral, una ceja alzada y el tono de voz cansado.
—¡Eloise dejó el baño como un campo de batalla! —se defendió Colin, señalando detrás de él.
—¿Ah, sí? —exclamó Eloise, indignada—. ¡Pues Colin dejó los calcetines tirados otra vez! ¡Y encima eran los feos!
—¡Te tengo una noticia, Eloise! —dijo él, teatral, alzando los brazos— ¡Esta es mi casa!
—¡¿Pueden parar los dos?! —explotó Penelope, llevándose las manos al vientre como si necesitara sostener la paciencia física—. Colin, ya hablamos de los calcetines. No necesito estar detrás de ti como si fueras mi hijo.
Ese comentario provocó una carcajada inmediata de Eloise. Pero no duró mucho: la mirada que le lanzó Penelope fue tan afilada que le cerró la boca al instante.
—Y tú, Eloise —continuó Penelope, con la autoridad de una reina cansada de su corte—, podrías limpiar un poco después de usar el baño. Es peligroso. Uno de nosotros podría resbalar… y ese “uno” ahora lleva otra persona dentro.
Ambos la miraron con una mezcla de culpa y vergüenza, como niños regañados por la institutriz más paciente y temible del mundo.
Colin suspiró.
—Lo siento, amor.
Eloise también bajó la mirada.
—Perdón, Pen. Prometo no convertir el baño en un santuario místico otra vez.
—Gracias —dijo Penelope, masajeando suavemente su vientre—. Ahora, si no van a matarse, podrían ayudarme a preparar la cena. Y esta vez, sin debates sobre quién pela las zanahorias mejor.
Ambos se miraron.
—Yo las pelo mejor —dijeron al unísono.
Penélope soltó un suspiro largo, cargado de resignación.
—Debería llamar a Violet
— ¿Para qué? —preguntaron ambos
—Felicitarla por haberlos aguantado tanto tiempo.
…
La casa, por fin, estaba en silencio. La noche se había deslizado como un velo tibio sobre las ventanas, y el reloj del pasillo ya había marcado la medianoche con un eco suave. Desde la habitación de invitados no se oía ni un murmullo; Eloise, al parecer, había cedido al sueño, agotada por sus propias emociones.
Penelope estaba recostada en la cama, con una almohada bajo las rodillas y una mano amorosa sobre su vientre. La luz tenue de la lámpara acariciaba su cabello rojizo, convirtiéndolo en fuego dormido.
Colin entró con pasos casi culpables, se despojó de la camisa y dejó los calcetines donde no debía, como siempre. Luego, sin una palabra, se metió en la cama junto a ella, dejando un pequeño suspiro escapar de sus labios.
—¿No vas a decir nada? —preguntó Penelope, sin mirarlo, acariciando distraídamente su vientre.
—Estoy esperando a que me eches también tú —dijo él con una sonrisa ladeada, aunque había una sombra en su voz—. Ya me gritó Eloise, el bebé me da patadas cuando duermo del lado equivocado, y tú... tú me ignoraste toda la tarde.
Penelope giró el rostro hacia él, sus ojos suaves, pero firmes.
—No te ignoré. Estaba mediando entre tú y tu hermana antes de que se declarara la tercera guerra mundial en nuestra casa.
—Lo sé. Lo sé… —Colin pasó una mano por su rostro y luego la dejó caer sobre el vientre de su esposa, como si necesitara anclarse a algo real—. Es solo que... la extraño.
Penelope arqueó una ceja.
—¿A Eloise?
Colin soltó una carcajada silenciosa.
—A ti, Pen. Te extraño a ti. Siento que desde que Eloise llegó, todo gira en torno a ella. La consuelas, cocinas para ella, la defiendes... Y yo entiendo, de verdad. Es tu amiga, es mi hermana, está pasando por algo horrible. Pero a veces… siento que soy un florero con buenos modales.
Ella suspiró, no con fastidio, sino con ternura. Se giró hacia él, y su vientre redondeado se convirtió en la suave barrera entre ambos.
—Colin, también te extraño. Pero no puedo abandonarla. No ahora. La conozco, y aunque se haga la fuerte, sé que está deshecha por dentro.
Colin asintió. Sus dedos ahora hacían círculos lentos sobre la tela del pijama que cubría su vientre.
—¿Sabes qué creo? —dijo Penelope—. Esto es un ensayo general.
—¿Para qué? ¿Para cuando Benedict venga a vivir con nosotros y deje sus pinceles tirados por la casa?
Penelope sonrió, cansada y enamorada.
—Para el bebé. Para todo lo que va a cambiar cuando llegue. Para cuando no podamos simplemente ser tú y yo. Cuando dormir ocho horas seguidas sea un mito. Cuando el amor se vuelva una serie de pequeñas renuncias diarias. Como ahora.
Colin se quedó en silencio unos segundos. Luego acercó su rostro al de ella, su frente contra la suya.
—Entonces supongo que debo acostumbrarme a compartirte con pequeños humanos ruidosos y adorables.
—Y a dormir menos —agregó Penelope, con media sonrisa.
—Y a dejar de quejarme por el baño, supongo.
—Tú lo dijiste, no yo.
Ambos rieron suavemente. Luego, Colin deslizó su mano hasta apoyar la palma sobre el vientre redondo.
—Bueno, mini Bridgerton —susurró con una sonrisa en los labios—, espero que estés tomando notas. Porque mamá tiene razón. Como siempre.
Penelope rodó los ojos, pero no pudo evitar reírse. Le acarició el cabello y dejó un beso sobre su frente.
—Buenas noches, Colin.
—Buenas noches, mi amor.
Y por unos momentos, en medio del caos familiar, el aroma a incienso y los calcetines rebeldes, todo fue paz.
…
Penelope creyó que sería buena idea.
Que unos días con la compañía de su amiga y su hermano le ayudarían a Eloise a recomponerse de su ruptura. La había consentido, la escuchaba y criticaba a su ex cuando era necesario; así que pensó que pronto se recuperaría y volvería a ser la Eloise de siempre.
Sin embargo, no consideró que Colin y Eloise pelearan por su atención todo el tiempo, y que cuando no lo hacían, discutieran entre ellos como si aún vivieran con su madre.
Una tarde, incluso llamó a Violet solo para quejarse de cómo su esposo y su amiga se peleaban por todo. Violet solo se rió y le dijo que siempre habían sido así. Pero que si era demasiada molestia, podía convencer a Eloise de mudarse con ella unos días mientras conseguía un nuevo departamento.
La idea le pareció tentadora, pero ciertamente no encontraba la manera de decírselo sin parecer grosera.
Así que pensó en la propuesta de su suegra, en si debía aceptarla o no.
Pero luego su decisión se hizo más clara ese día.
Colin y Penelope estaban en la cocina, en uno de esos raros momentos en los que reinaba la paz. La luz dorada de la tarde se filtraba por las cortinas, y el aroma del té de canela llenaba el ambiente. Colin estaba detrás de ella, sus brazos rodeándola mientras esperaban que el agua hirviera.
—¿Sabes? —susurró él, rozando su mejilla con los labios—. Estaba pensando que podríamos escaparnos este fin de semana. Un hotel, tú, yo, y nadie que deje el baño como una zona de guerra.
—¿Y el bebé?
—El bebé puede venir. Es Eloise la que no está invitada.
Penelope rió, se giró ligeramente para mirarlo y, por fin, se fundieron en un beso lento, como si el mundo por fin les diera un respiro.
—¡Penelope! —gritó Eloise desde el pasillo, irrumpiendo con el dramatismo de una actriz de teatro— ¿Tú sabes si el vinagre blanco sirve para desinfectar una mordedura de gato?
Colin se separó con un suspiro tan largo que podría haberle dado vueltas al mundo.
—¿Mordedura de gato? —repitió Penelope, aún tratando de procesar.
Eloise apareció en el umbral, con una galleta a medio comer en una mano y un vendaje improvisado en la otra.
—Sí. Fui a la tienda, había un gato, lo acaricié, me mordió. Fue adorable. Y ahora creo que tengo rabia. ¿Vinagre, sí o no?
Colin la miró con una mezcla de resignación y temor por el futuro genético de su familia.
—¿Qué clase de persona acaricia un gato callejero y luego le pregunta a su cuñada embarazada si tiene vinagre como si fuera una boticaria del siglo XIX?
Eloise lo fulminó con la mirada.
—¿Y qué clase de adulto deja calcetines en el microondas?
—¡Tenía los pies fríos!
Penelope alzó ambas manos.
—¡Ya! Eloise, siéntate, te traeré un desinfectante de verdad. Colin, tú… tú vete. Solo… vete.
Colin levantó las manos y se fue, murmurando algo sobre comprar vinagre por si acaso.
Y mientras Penelope limpiaba la mordedura de gato con alcohol y paciencia, supo que Eloise debería mudarse. El problema, que no sabia como decirselo.
…
Penelope acababa de salir del baño, con el cabello aún húmedo y una bata esponjosa que dejaba entrever un poco más de lo que las visitas debían ver. Colin, que estaba en la habitación, alzó la vista desde el libro que leía y sonrió como si acabara de ver la octava maravilla del mundo.
—No es justo que estés tan bonita con una bata —murmuró, dejando el libro a un lado.
—¿No es justo para quién? —preguntó ella, acercándose lentamente a la cama.
—Para mí —dijo, y la jaló suavemente del brazo, haciéndola caer sobre él en un ataque de ternura que muy rápidamente se volvió otra cosa.
Las risas se entremezclaban con besos cuando, de pronto…
TOC TOC TOC.
—¿Penelope? —llamó Eloise desde el otro lado de la puerta—. No encuentro mis sandalias. ¿No habrás visto unas negras, con tiras doradas? ¡Las necesito para ir al súper!
Silencio absoluto.
Colin cerró los ojos como si estuviera contando mentalmente hasta mil. Penelope enterró la cara en su pecho, entre la risa y la frustración.
—¡Estoy ocupada, El! —gritó Penelope, tratando de sonar amable, pero su voz salió un poco más aguda de lo usual.
—¿Ocupada cómo? ¿Ocupada con algo importante o ocupada ocupada? Porque si solo estás leyendo o algo así, puedo entrar a buscar.
—¡NO ENTRES! —gritaron los dos al unísono.
Silencio otra vez.
—Ah, ya entendí —dijo Eloise, y se escuchó el crujido de sus pasos alejándose.
Colin dejó caer la cabeza contra la almohada.
—Te lo juro, Pen. Si vuelve a interrumpirnos, voy a mudarme al coche. Ahí al menos nadie me pregunta por sandalias con tiras doradas.
Penelope rió, besándolo en la frente.
—Cuidado, puede que Eloise se quiera ir contigo también si cree que hay más espacio allá.
—¡No! —gritó Colin, abrazándola con fuerza fingida—. ¡Esta vez eres solo mía!
…
Estaban recostados en la cama, abrazándose y acariciándose distraídamente mientras disfrutaban del silencio de la casa. Fue entonces cuando una idea emergió de la cabeza de Colin.
—Sé cómo hacer que Eloise se mude —dijo de pronto, levantando la cabeza con aire conspirador.
Penelope lo miró, primero desconcertada por el comentario abrupto, pero luego curiosa.
—¿Cómo?
—Debemos presentarle a alguien —dijo con seguridad, inflando un poco el pecho como si acabara de resolver un problema de estado.
Penelope soltó una risa suave.
—¿En serio? No creo que presentarle a alguien funcione.
—Solo piénsalo —insistió, con la voz de quien cree haber tenido una epifanía—. Si conoce a alguien, estará distraída, ocupada, y seguro va a querer más privacidad. Con suerte, incluso se muda.
Ella frunció los labios, pensativa.
—No lo sé… ¿no es muy pronto para conocer a alguien?
—Bueno, nosotros estuvimos juntos una hora después de que terminaras con Alfie —respondió, con toda la naturalidad del mundo—. Un par de semanas es casi una era geológica en comparación con nosotros.
Penelope rió, musical y dulce.
—Pero nosotros estábamos enamorados —susurró, y lo besó con cariño.
—Solo digo… —añadió Colin tras el beso— no hace daño conocer a alguien.
La idea, de pronto, no le pareció tan descabellada. Quizá no se trataba de empujar a Eloise a una relación, sino de recordarle que el mundo seguía girando. Y si eso traía un poco de paz a su vida conyugal… pues mejor.
—Está bien —aceptó, sonriendo con picardía—. Y creo tener a la persona indicada.
…
Penelope y Colin se preparaban para la cena que daría inicio a su gran plan. La comida estaba en el horno, y Colin ponía la mesa mientras ella revisaba que todo estuviera en orden.
Penelope tenía esperanzas. Había conocido a Philip hacía bastante tiempo, en la boda de su prima Marina con George Crane. Le había parecido un tipo amable, aunque bastante reservado. El hermano menor de George era investigador y botánico en la Universidad de Cambridge. Recordaba vagamente una conversación que Philip tuvo con Alfie en aquella ocasión: inteligente, con un toque de sarcasmo discreto. El tipo de humor que Eloise podría disfrutar, pensó con ilusión.
Esa noche, todo debía salir bien.
—¿Cena elegante? —dijo Eloise, entrando al comedor con su andar despreocupado—. ¿Qué celebramos?
—Nada —respondió Colin con simpleza, acomodando los cubiertos—. Solo queríamos tener una cena agradable.
Eloise lo miró con desconfianza. Sus ojos saltaron hacia la mesa: había cuatro platos.
—¿Y por qué hay cuatro lugares?
—Ah —intervino Penelope, sumándose rápidamente—. Tendremos un invitado. El hermano de George.
—¿Por qué? —frunció el ceño, confundida.
Penelope y Colin se miraron por un segundo, como dos conspiradores atrapados con las manos en la masa, hasta que Colin improvisó con naturalidad:
—Bueno, quiero ampliar mi círculo de amigos. Penelope sugirió al cuñado de Marina.
—¿Tienes amigos siquiera? —preguntó Eloise con una sonrisa socarrona.
Colin se limitó a rodar los ojos. Sabía que no podía iniciar una guerra justo antes de la cena.
—Quizá quieras cambiarte —dijo Penelope con voz suave, pero significativa.
—¿Qué tiene de malo lo que llevo? —replicó Eloise, mirándola con sospecha.
—¿Te has dado cuenta de que esa camiseta tiene una enorme mancha de mostaza? —añadió Colin, señalando con el dedo el lugar del crimen.
Eloise bajó la mirada, inspeccionó su camiseta vieja, suspiró y puso los ojos en blanco.
—Está bien —resopló mientras se daba la vuelta—. Pero no es como si viniera a cenar la reina.
Colin y Penelope se miraron con complicidad, conteniendo una risa.
—No, mejor… —murmuró Colin apenas ella salió—. Viene alguien mucho más difícil de impresionar.
…
Cuando Philip llegó, traía una sonrisa ligeramente incómoda y un vino en la mano, que no tardó en entregarle a Penelope. Ella le devolvió la sonrisa con calidez mientras lo dejaba entrar.
—No sabía si debía traer algo —agregó él, con cierta timidez.
—Eres muy considerado —respondió ella—, aunque creo que deberé abstenerme esta noche —añadió, señalando sutilmente su vientre.
—Ah, sí —rió con suavidad—. Marina no me dijo que estabas embarazada.
—Descuida —respondió con gentileza, acompañándolo hacia el comedor.
—Nuestro invitado especial ha llegado —anunció Colin con entusiasmo—. Colin Bridgerton —se presentó, tendiéndole la mano.
—Philip Crane —respondió él, estrechándosela con firmeza.
—Un gusto —dijo Colin, sonriendo—. ¿Así que eres el hermano de George?
—Así es. ¿Lo conoces?
—Oh, no —se excusó Colin, un poco avergonzado.
—Pero sí a su esposa —intervino Penelope con una sonrisa divertida—. Colin salía con Marina en la universidad.
—No lo sabía —comentó Philip, arqueando una ceja—. Aunque claro, Marina no habla de sus ex.
—Tampoco yo —replicó Colin, algo incómodo, lanzando a Penelope una mirada de fingida indignación—. Pero no te invitamos para ver quién conoce mejor a Marina.
Penelope estuvo a punto de añadir algo más, cuando una voz familiar interrumpió desde el pasillo:
—Espero que esto valga la pena —dijo Eloise, entrando con aire distraído—, porque estoy interrumpiendo un maratón de Criminal Minds por esto.
Se detuvo en seco al ver al hombre castaño de ojos verdes que la observaba desde el otro lado de la habitación, de pie entre su amiga y su hermano. Philip, por su parte, se aclaró la garganta y adoptó una postura más recta, como si acabara de recordar que no estaba en una conferencia sino en una sala con una mujer que acababa de dejarlo sin palabras.
Penelope, que había notado la electricidad sutil en el aire, se mordió el interior de la mejilla para no sonreír con descaro.
—Eloise, él es Philip Crane, hermano del esposo de Marina —dijo, intentando mantener la compostura.
—Y Philip —añadió Colin—, ella es Eloise… mi hermana.
—Eloise Bridgerton —repitió ella, cruzando los brazos con gesto escéptico—. No suelo cenar con desconocidos, pero haré una excepción si hay postre.
…
La cena transcurría con tranquilidad. Penelope hablaba sobre su trabajo y sobre un autor especialmente fastidioso que no dejaba de llenar su bandeja de entrada con correos interminables.
—Te juro que me envió un archivo llamado “versión final FINAL final.docx” —se quejó, cruzando los brazos con una mueca—. Y luego, ¡otro! Con un nuevo final.
—Ese tal Fife es un tonto —dijo Colin con convicción, señalando con su tenedor—. No sabe que tiene a la mejor editora de Londres.
Penelope le sonrió con ternura. Pero tras esa última intervención, la conversación pareció flaquear por un instante, como si todos se hubieran quedado sin tema.
Colin retomó la charla con un chispazo de inspiración:
—Philip, dice Pen que eres botánico.
—Sí —respondió él con más entusiasmo—. Trabajo en la Universidad de Cambridge.
—¿En serio? —intervino Eloise con interés—. No me decido entre hacer mi doctorado en Oxford o Cambridge.
—¿En qué rama estás pensando? —preguntó Philip, girando ligeramente hacia ella.
—Ciencias sociales. Enfoque en derechos de las mujeres —respondió, alzando el mentón con su típica seguridad.
Philip asintió, genuinamente curioso.
—No conozco esa área, pero Cambridge tiene instalaciones excelentes. Además, el ambiente académico es bastante estimulante.
—Entonces tendré que hacer un viaje —comentó Eloise con un deje de picardía.
—Dímelo y quizá pueda darte un recorrido —añadió Philip, con una sonrisa apenas más atrevida.
Penelope y Colin compartieron una mirada silenciosa. Ella, divertida; él, cauteloso.
—Te lo agradecería —respondió Eloise, bajando ligeramente la mirada mientras un leve rubor se asomaba en sus mejillas. Carraspeó y cambió de tema—. Y bien, ¿de dónde conoces a Pen?
—En la boda de mi hermano George. Ella y Alfie fueron muy amables. Conversamos gran parte de la noche —respondió Philip, con la naturalidad de quien ignora que acaba de lanzar una bomba.
—¿Alfie? —repitió Colin, atragantándose con la ensalada.
Penelope le dedicó una mirada preocupada, mientras Eloise escondía su sonrisa tras la copa de vino.
—Oh, no sabes lo que acabas de decir —murmuró ella, como quien disfruta del drama ajeno.
—¿Llevaste a Alfie a la boda de Marina? —inquirió Colin, mirándola con el ceño fruncido.
—Bueno, era mi novio en ese entonces —dijo Penelope, posando una mano sobre el brazo de su esposo, en un intento de apaciguarlo.
—¿Y de qué hablaron? —intervino Eloise, con un brillo travieso en los ojos.
Penelope le lanzó una mirada fulminante que, por supuesto, su amiga ignoró con desfachatez.
Philip dudó un instante antes de responder:
—Bueno, ambos somos científicos, así que... hablamos de nuestras investigaciones. Me contó sobre su expedición al Ártico.
—Oh, claro que lo hizo —murmuró Colin entre dientes—. Era de lo único que hablaba.
—Me cayó bien... supongo —añadió Philip con cierta cautela, desviando la vista hacia Eloise para evitar el escrutinio hostil de Colin.
Penelope, sintiendo el aire cargado de tensión, se aclaró la garganta con diplomacia.
—Creo que es hora del postre. ¿Vienes a ayudarme, Colin?
Colin se levantó sin decir palabra, pero mientras seguía a su esposa hacia la cocina, murmuró por lo bajo:
—La próxima vez, que venga sin hablar de Alfie.
La cocina estaba templada por el calor del horno y el tenue aroma de vainilla flotaba en el aire. Colin cerró la puerta detrás de él y se apoyó contra la encimera, observando cómo Penelope revolvía la crema con una concentración tan serena que le provocaba sonreír.
—¿Te molesta que lo haya mencionado? —preguntó ella sin mirarlo, con la voz baja, casi como una nota suelta en una partitura.
—¿Alfie? —Colin arqueó una ceja, caminando hacia ella—. Claro que no.
Ella lo miró con escepticismo.
—Bueno... un poco —admitió, encogiéndose de hombros—. No porque me importe lo que pasó, sino porque me hace pensar en todo el tiempo que no estuvimos juntos.
Penelope bajó la mirada, pero él deslizó los dedos por su mentón para levantarle el rostro.
—Yo también lo pienso. Pero después me acuerdo de lo que tenemos ahora, y todo ese tiempo se reduce a nada.
Ella sonrió, y Colin, aprovechando el momento, tomó una cucharada de crema y se la ofreció con aire solemne.
—¿Quieres probar?
—¿Qué clase de editoria sería si no aprobara el contenido final?
Probó la cucharada y cerró los ojos con una sonrisa.
—Perfecta —dijo él, pero no hablaba de la crema.
Ella lo miró divertida.
—Estás siendo cursi.
—Estoy siendo sincero —replicó, acercándose un poco más—. ¿Sabes qué pienso?
—¿Qué?
—Que si te hubieras casado con Alfie, nunca habría aprendido a cocinar esto contigo —señaló el bol—. Y eso habría sido una tragedia nacional.
Penelope soltó una risa suave, y él se inclinó para besarla con dulzura. Un beso breve, cálido, con sabor a azúcar y promesas domésticas.
—Vamos antes de que Eloise crea que te estoy sobornando con crema batida —dijo ella, pero no se movió de su lugar.
—¿Y no lo estás?
—Tal vez —susurró ella, antes de salir con la bandeja en las manos y el rubor en las mejillas.
…
Cuando regresaron al comedor encontraron a Eloise y Phillip riendo y conversando animadamente.
…
La cena había resultado un éxito… o al menos esa era la perspectiva de Penelope. Su amiga se mostraba más animada, y a lo largo del día la veían reír mientras enviaba mensajes. Sin embargo, eso que al inicio era un alivio comenzó a tornarse molesto: llamadas hasta altas horas de la noche, risitas tontas mientras veían alguna película. Y tampoco es que las cosas entre Colin y Eloise hubieran cambiado demasiado; las pequeñas peleas de hermanos seguían latentes, constantes, como un eco de la infancia.
Esa noche en particular, una extraña tensión flotaba en el aire mientras veían una película. Colin y Penelope estaban acurrucados bajo una manta, compartiendo un cuenco de palomitas que descansaba sobre el vientre redondeado de ella, cuando Eloise entró y se dejó caer en el sillón individual.
—¿Qué miran? —preguntó con desgano.
—Orgullo y prejuicio —respondió Penelope, balanceando las palomitas con suavidad.
—¿Podemos ver otra cosa? —sugirió, tranquila pero firme.
—No, El. Pasamos una hora entera intentando decidir qué ver —contestó Colin, ya sin paciencia.
—Pero ni siquiera te gusta Orgullo y prejuicio —replicó, con tono quejumbroso.
—Pero a Pen sí le gusta —espetó él—, así que no.
—No creo que a Pen le moleste si cambiamos. Ya ha visto esa película mil veces —resopló.
—Sí me importa —intervino Penelope, llevándose un puñado de palomitas a la boca sin mirar a ninguna de las partes.
—¿Lo ves? —dijo Colin, señalándola con una sonrisa triunfal.
Eloise cruzó los brazos.
—¿Por qué no podemos ver una película que disfrutemos todos?
—Siempre tienes la opción de irte —murmuró Colin, con un tono gélido.
Eloise se irguió.
—¿Qué dijiste? —inquirió, enojada.
—¿Pueden callarse los dos? —respingó Penelope, fastidiada—. Estoy intentando ver cómo Elizabeth rechaza la propuesta de Darcy.
—¡No, Penelope! ¡Eloise no puede esperar que hagamos todo lo que ella quiere solo porque ha estado deprimida! —espetó Colin.
—Colin —su voz sonó firme, reprobatoria.
—¡Disculpame! No es mi culpa que mi ex me engañara en mi propia casa —gritó Eloise—. ¡No era mi intención que mi infelicidad te afectara tanto!
—¿¡De qué hablas!? —Colin se incorporó, la ira encendiendo sus palabras—. Te he visto sonreír como tonta frente a ese teléfono todos estos días... —repitió Colin, con voz más baja, pero cargada de reproche—. Y no me digas que no es con Phillip, porque hasta el microondas lo sabe.
—¿Y qué tiene de malo? —replicó Eloise, levantándose también, desafiante—. ¡¿Acaso no fue idea de ustedes traerlo a cenar?!
—Fue idea de Penelope —dijo Colin, demasiado rápido, antes de fruncir el ceño como si lamentara haberlo dicho.
Penelope se movió incómoda en el sofá, las palomitas deslizándose por su bata como si quisieran huir de la discusión.
—Gracias, amor —murmuró con ironía.
—No me refería a eso… —suspiró él, pasándose una mano por el cabello.
—¡Claro que sí! —soltó Eloise, herida—. ¿Sabes qué? Me voy.
Colin bufó.
—¿Otra vez? ¿Vas a encerrarte en tu habitación hasta que se te pase?
—No —respondió con una calma inesperada, recogiendo su chaqueta del respaldo del sillón—. Me voy. Esta vez de verdad. Gracias por el techo, la comida, y la paciencia. Especialmente tú, Pen.
Penelope abrió la boca, pero no logró decir nada. Había algo en los ojos de Eloise que la desarmó: no era rabia, era decepción.
—¿A dónde vas? —preguntó Colin, más bajo, más preocupado.
—No te importa —respondió ella, sin mirarlo—. Pero estaré bien. No se preocupen. Solo… necesito espacio.
Penelope se incorporó con esfuerzo, llevándose una mano al vientre.
—Eloise…
Sin más palabras, tomó su bolso, cruzó la sala y salió por la puerta principal. El silencio que dejó tras de sí fue más denso que cualquier discusión.
…
Penelope la llamó casi de inmediato después de que se fue. Le mandó incontables mensajes, pero ninguno recibía respuesta. Colin parecía arrepentido, aunque intentaba disimularlo, tratando de tranquilizar a su angustiada esposa.
—Pen, ella estará bien —dijo con suavidad, mientras la observaba deambular por la sala.
—¿Cómo lo sabes? Ni siquiera contesta mis mensajes. No sabemos a dónde se fue…
—Amor, tanta preocupación te hará daño. Lo más probable es que Eloise esté en casa de Benedict o con mi madre.
—No sé cómo puedes estar tan tranquilo —refunfuñó, deteniéndose frente a él—. ¡Tú fuiste grosero con ella!
—Lo sé —suspiró, frotándose el rostro con ambas manos—. Y no sabes cuánto me arrepiento. La amo… pero siempre está encima de todo.
Se giró hacia ella, con una mirada sincera.
—Somos un matrimonio, Pen. Necesitamos nuestro espacio. Nuestra casa.
—Lo sé —murmuró ella, bajando la mirada hacia su vientre—. Pero también la quiero cerca. Es mi amiga.
—Y mi hermana —añadió él—. Solo… necesito aprender a convivir con ambas cosas.
Penelope se acercó, y Colin la rodeó con los brazos, apoyando la frente contra la suya.
—Va a estar bien —repitió él, aunque esta vez su voz sonaba más como un deseo que como una certeza.
…
A la mañana siguiente, Penelope despertó con la esperanza de ver un mensaje. Alguna señal de vida. Pero la pantalla seguía en silencio. Pensó que tal vez estaría furiosa, sí, pero aún así... Eloise no era de las que se marchaban sin al menos asegurarse de no preocupar a quienes la querían. Y, sin embargo, no había nada.
Deambulaba por la habitación con el teléfono en la mano cuando Colin, todavía adormilado, murmuró:
—¿Pen? ¿Qué haces?
—Eloise no respondió —se detuvo a mirarlo—. Ella no haría esto. Al menos habría dejado un mensaje. Algo.
—Tal vez no quiere hablar ahora —dijo él, girándose en la cama.
—Voy a llamar a Ben —afirmó tras unos segundos de silencio.
—Es muy temprano aún —bostezó.
—Necesito saber si está con ella —respondió con firmeza.
Colin se levantó y se puso a su lado. Ambos esperaron en silencio mientras el teléfono repicaba. Benedict contestó al tercer timbre. No había visto a Eloise. No había hablado con ella desde la mañana anterior.
Penelope trató de no sonar alarmada mientras colgaba y enseguida llamó a Francesca. Luego a Daphne. Después a Anthony. Todas las respuestas eran iguales: nadie sabía nada. Finalmente, no tuvo otra opción que llamar a Violet.
Horas más tarde, toda la familia Bridgerton estaba reunida en su sala.
—¿Cómo que se fue? —preguntó Anthony, con el ceño fruncido.
—No creo que Eloise se haya marchado así como así —añadió Daphne, cruzando los brazos—. Y mucho menos sin avisar.
—Colin y ella discutieron —esbozó Penelope, con la voz apenas audible.
—¿Discutieron cómo? —preguntó Violet con suavidad, aunque en sus ojos ya brillaba la preocupación de madre.
—Tal vez le dije insinue que debería de irse —mencionó avergonzado.
—Bueno, lo que importa ahora es saber donde está —interrumpió Benedict.
—¡Phillip! —dijo Penelope de pronto.
—¿Quién es el? —preguntó Daphne
—Es hermano del esposo de Marina —comenzó a explicar como si tuviera una revelación— lo invitamos hace unos días y parecieron entenderse bien.
A pesar de las miradas confusas y curiosas que vagaban entre los presentes; Penelope decidió llamar a Philip, el telefonó parecia estar fuera de linea, lo cual la desoncertó. Por lo que llamó a su prima, despues de unos minutos, ella le confirmo que Philip se encontraba en Romey Hall, como llamaban a la finca de los crane, habia ido a tomarse un fin de semana libre segun George, el lugar tenia mala señal en ocasiones, por lo que se volvia dificil la comunicación.
—Pero si no está con el , ¿dondé puede estar? —la voz de Violet ya comenzaba ponerse nerviosa.
—Tranquila mamá, la encontraremos —dijo Colin.
—¡Y arreglarán cualquier tonteria por la que hayan discutido! —alzó la voz viendo a su hijo, no era furia lo que emanaba de ella, sino más bien una profunda angustia que comenzaba apesarle.
Daphne y Fran ya estaban a ambos lados de su madre mientras la llevaban a sentarse.
—Eloise estara bien mamá —agregó Anthony con una voz más calmada— podemos llamar a la policia.
—No creo que sea necesario Ant —dijo Penelope regresando a la habitación.
—¿Está con Philip? —pregutó Colin
—Oh, no lo sé. Pero tengo una sospecha —respondió— George dice que Philip se tomó unos días en su finca, y que la señal no es muy buena.
—¿Eso es todo? —preguntó Anthony en un tono más indignado.
—Si está co el, tiene sentido que no responda —aclaró.
—Bien; entonces Benedict, Colin, y yo iremos —sentenció con firmeza.
—No creo que sea necesario, Philip no es un mla tipo; ustedes deberian quedarse por si Eloise habla —respondió Colin.
—Yo también iré —dijo Penelope.
—Amor… —comenzó Colin, pero rapidamente Penelope lo interrumpio
—De los dos soy la que más conoce a Philip; y seguramente Eloise no querrá hablar contigo. Asi que iré
…
El viaje a Gloucestershire comenzó con un silencio cómodo, interrumpido solo por el murmullo del motor y el sonido apacible del campo inglés deslizándose por las ventanas. Las colinas suaves parecían extenderse como un tapiz bordado a mano, y los árboles se mecían con la ligereza de una sinfonía pastoral.
Penelope observaba el paisaje con una expresión serena, aunque sus dedos no dejaban de acariciar el borde del teléfono. Colin, a su lado, mantenía una mano en el volante y la otra entrelazada con la suya, como si ese pequeño contacto fuera la única manera de sostenerla en la superficie.
—¿Te sientes bien? —preguntó él, con voz baja, apenas un murmullo contra el zumbido del viento.
—Estoy bien —respondió ella con una sonrisa que no alcanzó del todo sus ojos—. Solo… quiero verla. Saber que está bien. Que no está sola.
Colin asintió. Comprendía el dolor que nacía de la incertidumbre; era como una espina invisible que no se podía arrancar. Se sintió tentado a disculparse otra vez, pero se contuvo. Penelope ya sabía cuánto lo lamentaba. Había cosas que no necesitaban repetirse para ser ciertas.
Mientras avanzaban, el paisaje se volvió aún más encantador. Los jardines que bordeaban el camino a Romey Hall brotaban con un orden casi poético: camelias tardías, tejos recortados con precisión, y senderos de grava blanca que resplandecían bajo la luz suave del mediodía. La propiedad surgió entre los árboles con la elegancia tranquila de algo antiguo y digno.
Penelope se inclinó un poco hacia la ventana, como si el alma se le hubiera adelantado al cuerpo.
—Qué bonito es este lugar… —susurró—. No me extrañaría que quisiera quedarse aquí. Que quisiera desaparecer un rato del mundo.
Colin desaceleró al llegar a la verja de hierro forjado, y ella lo miró de reojo.
—¿Crees que está aquí? —preguntó.
—No lo sé —respondió él con honestidad—. Pero tú sí lo crees. Y eso basta para intentarlo.
Romey Hall los recibió con el sonido de los pájaros y un aire fresco que olía a tierra húmeda y hojas nuevas. Se estacionaron al borde de la entrada, y por un instante, ninguno de los dos se movió. La tranquilidad del lugar contrastaba cruelmente con la inquietud que llevaban en el pecho.
Penelope fue la primera en abrir la puerta.
—Espérame aquí si quieres —le dijo a Colin mientras bajaba.
—Ni lo sueñes —respondió él con ternura, alcanzándola con solo dos pasos.
Y juntos caminaron hacia la entrada de la casa, tomados de la mano, como si el amor —a veces torpe, a veces imperfecto— fuera también una forma de valentía.
…
Cuando la amable señora les abrió la puerta y les informó que el señor Philip se encontraba fuera, Penelope no titubeó al preguntarle si Eloise estaba con él. La mujer, con una sonrisa cortés, respondió:
—Lo siento, señora Bridgerton, pero no estoy autorizada a compartir información sobre los invitados del señor Crane.
Creyeron que su búsqueda había sido en vano, hasta que, a lo lejos, divisaron lo que parecía ser un hermoso invernadero de cristal. Desde la distancia, se percibía algo de movimiento. Presos de la curiosidad, siguieron el sendero hasta llegar a la gran cúpula adornada con flores y enredaderas.
—¿Crees que esté aquí? —murmuró Colin.
—Es botánico. Tiene sentido —respondió ella, tomando a su esposo del brazo mientras avanzaban por el camino empedrado.
A unos pocos metros de distancia lograron distinguir dos siluetas moviéndose entre las plantas colgantes. Aceleraron el paso, solo para encontrarse con una escena que ninguno esperaba.
—¡Mis ojos! —exclamó Colin, soltando a Penelope para cubrirse el rostro con ambas manos.
—¡Eloise! ¡Philip! —logró decir Penelope, el susto la hizo llevarse las manos al vientre. No por pánico, sino por esa nueva forma de temer: la de quien ama dos corazones dentro de uno solo.
La pareja se encontraba en una situación claramente comprometedora. Eloise, sonrojada, se apresuraba a abotonarse la blusa, mientras Philip intentaba cubrirla, sirviendo de escudo improvisado.
—¿¡Qué hacen ustedes aquí!? —espetó Eloise, visiblemente alterada.
—¿¡Qué hacemos aquí!? —repitió Colin con los ojos aún cerrados—. ¡Te fuiste de casa sin decir una sola palabra!
—¿Y tú esperabas que me quedara después de cómo me hablaste? —replicó Eloise, cruzándose de brazos mientras Philip, aún detrás de ella, se mantenía discretamente callado.
—¡Yo solo dije...! —Colin abrió los ojos, pero los volvió a cerrar rápidamente—. ¡No importa lo que dije! ¿Puedes por favor ponerte algo encima para que pueda mirarte sin trauma emocional de por vida?
Penelope soltó una risita nerviosa.
—Bueno, al menos sabemos que estás viva —dijo con ternura, avanzando hacia su amiga—. Nos tenías muy preocupados. Le llamamos a todos.
—¿Incluso a mamá? —preguntó Eloise, con una mezcla de remordimiento y fastidio.
—Incluida mamá —dijo Colin, en un tono más sereno—. Y a Anthony, Benedict, Daphne, Francesca… La sala parecía una reunión de crisis del Parlamento.
Eloise frunció el ceño.
—No era mi intención causar tanto alboroto. Solo... necesitaba un lugar donde respirar.
—Y terminaste en un invernadero —murmuró Colin, con una ceja alzada, ya más calmado—. Poético.
Philip tosió con torpeza, finalmente atreviéndose a hablar.
—Yo… le ofrecí quedarse. Solo por el fin de semana. No planeábamos que… bueno… —calló al ver la mirada de Penelope.
—Gracias, Philip —dijo ella con una sonrisa diplomática, aunque sus ojos dejaban claro que la conversación continuaría más tarde—. Pero ahora que sabemos que está bien, ¿pueden al menos vestirse adecuadamente para poder hablar como adultos civilizados?
Eloise se sonrojó hasta las orejas.
—¡No estábamos haciendo nada… inapropiado!
—¡A juzgar por la cantidad de botones desabrochados, no me mientas! —exclamó Colin, llevándose la mano al pecho dramáticamente.
—Colin… basta —intervino Penelope con dulzura, aunque claramente divertida—. ¿Pueden dejarme con Eloise un momento? —agregó con una voz más suave.
Colin miró entre su esposa y la pareja que lo observaba desconcertada. Philip se aclaró la garganta y habló:
—La señora Crabtree ha preparado el té —mencionó, dirigiendo su vista a Colin.
—Está bien —murmuró este a regañadientes. Luego se inclinó hacia la oreja de su esposa y susurró—: Pero no tardes. Philip no me agrada mucho.
—Colin… —lo miró ella con severidad.
—¿Vamos? —preguntó Philip.
Colin se limitó a asentir y lo siguió mientras salían del invernadero. Cuando Colin salió del invernadero, echó un vistazo a la cúpula de cristal bañada por la luz del sol. Todo allí parecía florecer, incluso los secretos, incluso las verdades difíciles.
El invernadero olía a tierra húmeda y flores recién abiertas. Penelope no sabía si era el aroma lo que le revolvía el estómago o el hecho de estar frente a su mejor amiga, después de días de incertidumbre.
—Me tenías muy preocupada —suspiró, cansada, acercándose más a ella.
—Lo siento, Pen... no quería preocuparte —respondió Eloise, bajando la mirada con un dejo de vergüenza—. Es solo que... —su voz se quebró levemente— todo está cambiando.
Se sentó sobre una mesa de jardinería y dejó caer los brazos a los costados, como si el mundo le pesara demasiado.
—Lo sé —respondió Penelope con comprensión. Observó la altura de la mesa y, tras evaluarla con resignación, soltó una risa desganada mientras se llevaba las manos al vientre—. Ha cambiado bastante.
—Me sentía abrumada por todo lo que pasó con Theo... pero estar contigo fue como volver a una etapa más simple —dijo Eloise, su voz apenas un murmullo, como si temiera romper algo al hablar más fuerte—. Cuando Colin y yo discutimos y me fui de la casa, me sentí realmente sola.
—¿Y llamaste a Phillip? —preguntó Penelope, alzando una ceja con picardía.
—Hablamos un poco antes de que se fuera de viaje. Yo decidí unirme de último momento —respondió, ocultando el rubor tras una sonrisa tímida.
—¿Te gusta, eh? —bromeó Penelope, divertida.
—Creo que eso ya quedó bastante claro —admitió, llevándose una mano al rostro, aún avergonzada—. Pero solo intento avanzar, ¿sabes?
Penelope no respondió de inmediato. Su mirada se volvió más seria, contemplativa.
Se aclaró la garganta antes de continuar:
—Todos están avanzando, viviendo sus vidas. Tú y Colin... —suspiró, como soltando un peso que había llevado demasiado tiempo— los amo, y soy sinceramente feliz por ustedes. Es solo que... me recuerdan lo que yo no tengo. Creí que Theo era el definitivo.
Los ojos de Penelope comenzaron a cristalizarse. Extendió la mano y tomó con suavidad la de su amiga, apretándola con ternura.
—Tú mereces una historia hermosa, El. La mejor de todas.
—Bah —intentó recomponerse, con una sonrisa débil—, lo que quiero decir es que fui una pésima huésped. Y para mi desgracia, Colin tenía razón: debí darles su espacio.
—Tonterías —sonrió Penelope—. Tenías derecho a estar mal. Te amamos. Los dos. Pero… —frunció los labios, conteniendo una sonrisa— quizás Colin tenía un poquito de razón. Todo está cambiando. Pronto seremos padres... y no sabes cuánto me aterra parecerme a mi madre. Pero sé que, mientras estemos juntos, lo lograremos.
La miró con afecto sincero.
—Y tú nos tienes a nosotros. Aunque tal vez tengas que ir pensando en encontrar un nuevo lugar donde esconderte —bromeó con dulzura.
Eloise soltó una carcajada y abrazó a su amiga —o al menos, lo mejor que pudo con el vientre de Penelope creciendo entre ellas—.
—En realidad, he estado hablando con Edwina. Aún tiene su piso de soltera, y como pasa más tiempo con Frederick, me propuso que me mudara.
—Me parece una idea excelente —sonrió Penelope—. Pero quiero que sepas que te voy a extrañar horrores.
—Y yo a ti —le devolvió la sonrisa—. ¿Sabes? Creo que serás una madre maravillosa. Siempre sabes qué decir en el momento justo... y mentiría si dijera que no me sentí cuidada por ti estos días.
—Gracias —susurró Penelope, con la voz temblorosa por la emoción. Y, como si su cuerpo ya no pudiera contenerlo más, rompió en llanto segundos después.
—¡Pen! —exclamó Eloise, alarmada.
—Son las hormonas —dijo ella, abanicándose los ojos con las manos—. ¡Malditas sean!
—Oh, Pen —rio Eloise con ternura, bajando de la mesa para envolverla en otro abrazo.
—Creo que es hora de volver adentro. Aunque me temo que a Colin todavía no le agrada Phillip —comentó Penelope mientras se enganchaba del brazo de su amiga para salir del invernadero.
Pero al cruzar la puerta de regreso a la casa, ambas se detuvieron en seco. Colin y Phillip estaban sentados juntos, conversando con la naturalidad de dos amigos de toda la vida. La sonrisa de Colin, amplia y relajada, delataba que su opinión había cambiado por completo.
—¡Ahí estás, amor! —dijo Colin al verla, poniéndose de pie para acercarse y besarle la mejilla, como si todo en el mundo estuviera, por fin, en su lugar.
—Parece que se están divirtiendo —comentó Penelope, entrecerrando los ojos con fingida sospecha mientras alternaba la mirada entre su esposo y su amiga.
—Bueno, ¿recuerdas la foto de la flor rara que encontré en la Riviera? —preguntó Colin con un entusiasmo casi infantil—. Phillip la conoce. Y todas las demás que tengo en el carrete.
—¿Todas? —repitió Penelope con una sonrisa sarcástica—. Me inquieta que todas sean flores.
—No todas son flores —intervino Phillip con una sonrisa cómplice—. También hay una piedra que, según él, “parece tener emociones complejas”.
Eloise se llevó una mano a la cara, sofocando una risa.
—¿Le mostraste la roca triste? —preguntó Penelope, ahora con una ceja alzada.
—¡Es una roca melancólica! —corrigió Colin, ofendido con fingida gravedad—. Y Phillip la entiende. A diferencia de algunos de los aquí presentes.
—Si esa roca tuviera voz, pediría ayuda —murmuró Eloise.
—Esa roca es un reflejo del alma artística de tu cuñado —dijo Phillip, dándole una palmada en el hombro a Colin como si compartieran una conexión espiritual indiscutible.
—Me retiro —anunció Penelope, girándose hacia Eloise con solemnidad teatral—. Has logrado lo impensable. Colin tiene un nuevo mejor amigo. Y parece que comparten el mismo nivel de delirio botánico.
—¡Eso no es delirio! Es sensibilidad estética —replicó Colin—. Que, por cierto, es lo que me hizo enamorarme de ti.
Penelope ladeó la cabeza, enternecida.
…
—¿Entonces qué le decimos a la familia? —preguntó Penelope desde la entrada, abrochándose lentamente el abrigo, aunque aún no hiciera falta salir.
—Solo la verdad —respondió Eloise con una sonrisa serena—. Bueno, parte de la verdad… lo de que estoy con Phillip. No todo lo demás —se apresuró a aclarar, levantando las cejas con cierta alarma.
—Descuida —le sonrió Penelope, divertida—. Tu historia está a salvo conmigo.
Colin se acercó entonces, rodeando con naturalidad la cintura de su esposa, como si no supiera estar en otro lugar que no fuera cerca de ella.
—El —la llamó con voz suave, pero firme—. Te debo una disculpa. Estaba molesto, y fui grosero contigo.
Eloise lo miró, con esa mezcla de orgullo y ternura que solo una Bridgerton puede sostener en la cara sin romper en sarcasmo.
—Tal vez yo también fui un dolor en el trasero —admitió, encogiéndose de hombros—. Necesitan su espacio, lo entiendo. Aunque odio entenderlo.
Colin dejó escapar una risa breve.
—Gracias por decirlo. Pero aún así, no era la forma de hablarte. Sabes que te queremos. Siempre serás bienvenida en nuestra casa.
Eloise asintió, sin buscar más palabras. Solo murmuró, con voz más frágil de lo habitual:
—Gracias.
Hubo un momento de silencio cómodo. De esos que no necesitan rellenarse, porque ya dijeron lo esencial.
…
Penelope Bridgerton estaba teniendo una mañana maravillosa.
La primavera se colaba por las ventanas abiertas en forma de brisa fresca y el canto de los pájaros tejía una melodía encantadora que parecía escrita solo para ella.
Su esposo jugaba con el pequeño Elliot mientras ella corregía con esmero el manuscrito de un autor algo testarudo.
El sol bañaba el estudio con una luz dorada, y por un momento todo parecía exactamente como debía ser.
Entonces, Colin entró, llevando en brazos a su bebé pelirrojo, que agitaba las manitas con entusiasmo.
—¿Adivina quién acaba de romper el récord de cambio de pañales? —anunció con una sonrisa triunfante, como si hubiese conquistado un reino.
Penelope lo miró por encima de sus gafas de lectura, divertida.
—¿En serio?
—Dos minutos, mi amor —respondió con orgullo, depositando un beso en la frentecita de Elliot.
—¿Cronometraste? —preguntó alzando una ceja.
—Por supuesto. Esta familia honra la precisión. Y la velocidad. Y la higiene. —Le guiñó un ojo.
Penelope soltó una risa suave, cerrando su cuaderno con un suspiro satisfecho.
—¿Y él se dejó? —preguntó señalando al bebé, que ahora hacía ruiditos de satisfacción contra el hombro de su padre.
—No solo se dejó —dijo Colin con fingida solemnidad—. ¡Cooperó! Te juro que me pasó las toallitas con una mirada.
Penelope se echó a reír, se puso de pie y acarició con ternura la cabecita de su hijo.
—Tenemos un genio entre manos.
—O un actor —añadió Colin—. Ya practica su primera gran estafa: hacernos creer que dormirá toda la noche.
Penelope lo miró con una mezcla de cansancio y amor.
—Sabes que nos tiene absolutamente derrotados, ¿cierto?
—Y felizmente rendidos —contestó Colin, besándola con suavidad.
Afuera, las flores seguían abriéndose.
Adentro, la vida florecía con ellas.
De pronto, en medio de aquella soñada escena —y de un beso que, por su pura suavidad, los dejaba sin aliento—, escucharon golpear la puerta.
Al separarse, Elliot soltó un encantador gorgoteo que los hizo reír. La puerta volvió a sonar insistente, y Colin, con una sonrisa resignada, le pasó el bebé a Penelope.
Él fue el primero en avanzar por el pasillo, con su esposa siguiéndolo mientras acunaba a Elliot en brazos.
Al abrir la puerta, fueron recibidos por el rostro radiante y eufórico de Eloise.
—¡Nos vamos a casar! —exclamó con emoción desbordante.
Detrás de ella, Philip sonreía con dulzura, encantado de ver a su prometida tan llena de vida y alegría.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Colin, sorprendido y genuinamente feliz—. ¡Felicidades! —abrazó a su hermana con fuerza y luego se hizo a un lado para que entraran.
Eloise le devolvió el abrazo rápidamente, pero en cuanto vio a Penelope, se lanzó hacia ella con los ojos brillantes. Le dio un beso sonoro en la mejilla... y luego otro a Elliot, quien volvió a gorgotear como si aprobara la noticia.
—Estoy tan feliz por ambos —dijo Penelope, conmovida, mientras miraba a su amiga con ternura—. ¡Esto merece una celebración!
Colin se frotó las manos teatralmente.
—¿Eso significa que puedo abrir la botella buena?
—Significa que no tienes excusa para no hacerlo —respondió Eloise, riendo.
La vida de Penelope era buena; tenía un esposo maravilloso y un bebé precioso que era la perfecta combinación de ambos. Todo estaba en equilibrio.
Y ahora, al ver a su amiga feliz, con los ojos brillando como los suyos habían brillado no hacía mucho, supo que todo en su lugar era también todo en su tiempo.
La casa olía a té, a flores frescas y a futuro. Elliot balbuceaba sobre el hombro de su madre mientras Colin hacía un brindis improvisado y Phillip intentaba recordar cómo se sujetaba bien una copa de cristal sin parecer nervioso.
Penelope rió bajito. No se necesitaba más. Nada de grandes gestos, ni finales espectaculares.
