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The Coffin Of Kabuto: Invasión

Summary:

Ashley Graves era una chica solitaria y marginada, hasta que ve una estrella fugas en el cielo, deseando un amigo o tal vez un ángel, el ángel más hermoso del cielo . . . lastimosamente la vida tenía otros planes

Notes:

Cuarta Entrega de The Another Coffin's, ahora con Another Kabuto.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: La Noche Que Llego El

Chapter Text

A los diecisiete años, Ashley Graves había aprendido una lección que ninguna adolescente debería conocer:

 

Ser invisible dolía.

 

Pero ser vista… podía doler todavía más.

 

En su casa, el silencio era su compañero más constante, una presencia pesada que se colaba por las paredes y se le asentaba en el pecho. Su padre pasaba de largo cada vez que ella entraba a una habitación, como si su existencia fuera un ruido molesto que debía ignorarse por completo. No había reproches, ni gritos, ni siquiera discusiones. Solo indiferencia, que a veces era peor.

 

Su madre, en cambio, sí la miraba… pero nunca como una hija.

 

La observaba como se mira algo fuera de lugar. Un error. Una mancha imposible de limpiar.

 

Renee: ¿Vas a salir así? –preguntó su madre una mañana, sin levantar la vista del periódico, con un tono seco y automático.

 

Ashley bajó la mirada hacia su camiseta negra, demasiado grande para su cuerpo, y luego hacia su cabello, que había intentado peinar al menos tres veces sin éxito. Cada mechón rebelde parecía burlarse de ella.

 

Ashley: Solo… voy a la escuela –respondió en voz baja, casi murmurando, con los hombros encogidos.

 

Renee: Pues intenta no llamar la atención. Ya tienes suficiente fama allá –añadió con indiferencia, pasando la página del periódico como si la conversación hubiera terminado.

 

Ese era el problema.

 

Ashley no quería llamar la atención.

Pero la atención siempre la encontraba, le gustara o no.

 

En la escuela, los pasillos parecían estrecharse cada vez que ella caminaba por ellos, como si el edificio mismo intentara expulsarla. Los murmullos surgían a su alrededor como mosquitos zumbando en su oído:

 

“La rara.”

 

“La que siempre dibuja cosas turbias.”

 

“¿Esa no tiene amigos?”

 

Ashley caminaba rápido, abrazando su carpeta contra el pecho como si fuera un escudo. Nadie sabía —ni les importaba saber— que los dibujos que guardaba con tanto celo eran lo único que la mantenía cuerda… y lo único que evitaba que su mente se sintiera como un rompecabezas roto, con piezas que nunca encajaban.

 

Ashley odiaba la escuela.

 

Su humor era un nudo constante de irritación, una presión permanente detrás de los ojos. Cada paso que daba por esos pasillos le hacía sentir que el mundo entero estaba mal diseñado solo para molestarla.

 

Ashley: (¿Por qué todos caminan tan lento?) –gruñó mentalmente, frunciendo el ceño mientras esquivaba a un grupo de estudiantes que se había detenido justo en medio del pasillo para hablar.

 

Ashley: (Muévanse o muéranse, por favor) –pensó con fastidio, pasando de manera grosera entre ellos, recibiendo miradas molestas que no le importaron en lo más mínimo.

 

Al llegar al salón de biología, dejó caer la mochila junto a la mesa con un golpe seco y se dejó caer en la silla. No saludó a nadie. Nadie esperaba que lo hiciera.

 

El profesor Carver entró poco después, con ese entusiasmo patéticamente excesivo que tenía cada vez que hablaba de cualquier bicho desagradable. Era casi admirable… si no fuera tan irritante.

 

Carver: ¡Buenos días, clase! –anunció, golpeando la carpeta contra su escritorio con energía exagerada.

 

Carver: Hoy hablaremos de la extraordinaria adaptabilidad de los insectos –continuó, con un tono cargado de emoción genuina.

 

Ashley rodó los ojos con desgano.

 

Ashley: (Genial. Más bichos. Como si verlos en mi casa no fuera suficiente) –pensó, cruzándose de brazos mientras el profesor encendía el proyector.

 

En la pantalla apareció la imagen ampliada de una cucaracha.

 

Un murmullo colectivo de asco recorrió el salón.

 

Ashley apoyó la mejilla en la palma de su mano, aburrida hasta el hueso, mirando la imagen sin el más mínimo interés.

 

Carver: Los insectos –continuó el profesor– son una de las formas de vida más exitosas en la historia del planeta. Se adaptan rápidamente, resisten entornos extremos y evolucionan con una flexibilidad que otras criaturas simplemente no tienen. De hecho, algunos científicos especulan que, si existe vida en otros planetas, podría compartir características con los insectos…

 

Ashley bufó, apenas audible.

 

Ashley: Sí, claro. Cucarachas espaciales. Justo lo que la humanidad necesita –se dijo a sí misma con sarcasmo, ladeando la cabeza.

 

El profesor siguió hablando, completamente ajeno a lo absurda que le sonaba la idea.

 

Carver: …ya que la estructura corporal de los artrópodos y su eficiencia energética los convierten en excelentes candidatos para sobrevivir en condiciones extraterrestres –explicó con creciente interés.

 

Ashley: (Lo que yo digo: todo lo malo se reproduce fácil… aunque, pensándolo bien, si hay aliens parecidos a insectos, al menos serían más interesantes que esta clase) –pensó, tamborileando los dedos contra la mesa.

 

Las diapositivas continuaron pasando: escarabajos, larvas, avispas.

Cada imagen le parecía igual de repugnante que la anterior.

 

Carver: Por ejemplo, algunas especies pueden sobrevivir sin oxígeno durante varios minutos, otras soportan niveles extremos de radiación. Imaginen eso en otro planeta –dijo, casi fascinado.

 

Ashley: (Sí, seguro sobreviven… hasta que los aplasto con mi zapato) –pensó con burla, mientras dibujaba distraídamente sobre su libro de texto un insecto muerto, patas retorcidas incluidas.

 

Soltó un suspiro exagerado y dejó caer la cabeza sobre los brazos, recargados en la mesa. A nadie le importó. Ni siquiera ella esperaba que lo hicieran.

 

Lo único que quería era que sonara la campana, salir de esa clase y continuar con su rutina habitual: molestarse internamente por todo hasta que el día, por fin, se acabara.

 

Porque así era su vida.

 

Una larga lista de pequeñas irritaciones que nunca parecían detenerse.

 

Y mientras el profesor describía cómo los insectos podían adaptarse a cualquier entorno imaginable, Ashley pensó:

 

Ashley: (Ojalá yo pudiera hacer lo mismo… adaptarme) –pensó con amargura.

 

Siempre había sido la rara.

 

La diferente.

 

La que no podía acercarse a nadie sin que todo terminara en un escándalo.

 

Pero eso era pedir demasiado.

 

Y ella lo sabía.

 

Muy lejos del salón de biología, más allá del cielo gris de la ciudad y de las nubes cargadas que anunciaban lluvia, el espacio permanecía en un silencio absoluto.

 

No había sonido.

 

No había viento.

 

No había tiempo como los humanos lo entendían.

 

En la vastedad negra, un pequeño objeto seguía una trayectoria lenta y perezosa en dirección a la Tierra.

 

Un meteorito de apenas cinco metros de diámetro: rocoso, irregular, aparentemente insignificante frente a la imponente curva azul del planeta que crecía ante él. Su superficie estaba marcada por cicatrices antiguas, restos de colisiones pasadas, memorias de un viaje que había comenzado mucho antes de que la humanidad existiera.

 

Giraba lentamente sobre sí mismo, desprendiendo una tenue estela de polvo cósmico que se dispersaba en la nada.

 

Los satélites lo detectaron.

 

Los sensores lo analizaron.

 

Los sistemas automáticos lo registraron.

 

Y el veredicto fue inmediato, frío y carente de emoción:

 

“No representa peligro.”

 

Un fragmento inofensivo de roca espacial.

 

Uno más entre miles que entraban a la atmósfera cada año para desintegrarse sin dejar rastro.

 

Nadie lo vería a simple vista.

 

Nadie lo mencionaría en las noticias.

 

Nadie perdería el sueño por él.

 

Nadie imaginaría que algo tan pequeño pudiera significar algo para alguien.

 

Y, aun así, continuaba su ruta silenciosa, segundo tras segundo acercándose un poco más al mundo de los humanos… sin prisa, sin intención, sin conciencia.

 

Solo un pedazo del universo viajando hacia un destino que nadie anticipaba.

 

De vuelta a la Tierra

 

La campana final sonó, por fin.

 

Ashley salió del edificio escolar con el mismo humor con el que había entrado: irritada, mentalmente agotada y con una necesidad casi física de no interactuar con absolutamente nadie durante el resto del día. Sus hombros estaban tensos, su ceño fruncido de forma permanente.

 

Ashley: (Otro día sobrevivido. Felicidades, Ashley. Premio: absolutamente nada) –pensó con sarcasmo, metiendo las manos en los bolsillos de su sudadera.

 

La acera estaba húmeda por una llovizna reciente, reflejando las luces apagadas de la tarde. Las nubes se amontonaban en el cielo como si discutieran entre ellas cuál sería la primera en descargar su contenido. El aire olía a lluvia y asfalto.

 

Ashley caminaba rápido, pateando distraídamente una piedra que encontró en el camino, haciéndola rebotar contra el borde de la banqueta.

 

Pasó frente a la tienda de la esquina, donde un grupo de estudiantes de su escuela conversaba animadamente, riendo demasiado alto. Cuando la vieron, bajaron la voz casi por instinto.

 

Ashley fingió que no los notaba.

Ojalá no existieran.

 

El mundo a su alrededor se sentía tan hostil como siempre: autos pasando demasiado cerca, cláxones innecesarios, gente hablando demasiado fuerte, luces demasiado brillantes. Cada estímulo era un pequeño rasguño más sobre su paciencia ya desgastada.

 

Mientras esperaba para cruzar la calle, levantó la vista al cielo.

 

Las nubes eran densas, pesadas, como si el firmamento estuviera a punto de colapsar sobre la ciudad.

 

Ashley: Genial… lluvia. Justo lo que faltaba –murmuró con fastidio, frunciendo el ceño.

 

Suspiró, ajustó la mochila sobre su hombro y continuó su camino hacia casa.

 

Minutos mas tarde, Ashley empujó la puerta de la casa y entró sin hacer ruido, casi por costumbre. El ambiente olía a desinfectante barato y a café recalentado; una mezcla desagradable, pero familiar. El aroma típico de su hogar.

 

Cerró la puerta detrás de sí con cuidado, resignada desde antes de cruzar el umbral.

 

Renee: Ashley, ni te acomodes, tenemos que hablar de algo –dijo su madre, saliendo de su habitación con paso firme.

 

Ashley se detuvo a medio camino.

 

Ashley: (Genial… ¿qué hice ahora?) –pensó, dejando la mochila sobre el mueble de la entrada antes de caminar hacia ella.

 

Renee estaba de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. No había saludo, ni un “¿cómo te fue?”. Solo esa expresión severa que parecía permanente en su rostro.

 

Eso tampoco era nuevo.

 

Renee: Vamos a salir. Vamos a ir a la casa de tus abuelos –anunció sin rodeos, como si leyera una lista de pendientes.

 

Ashley se quedó quieta.

 

No porque fuera una sorpresa, sino porque aquella frase siempre significaba lo mismo.

 

Ashley: ¿El abuelo está peor? –preguntó con un tono neutral, aunque en el fondo ya conocía la respuesta.

 

Renee suspiró con fastidio, mirándola como si Ashley fuera parte del problema y no solo una espectadora más.

 

Renee: Tu abuela dijo que es cuestión de tiempo, Tu padre cree que debemos estar presentes. Y… bueno, tú también vendrás –añadió con cansancio mal disimulado.

 

Ashley apretó los labios, conteniéndose.

 

Ashley: (Claro, No quieren verme, pero tampoco pueden dejarme sola, Qué conveniente) –pensó con amargura.

 

La casa de los abuelos se le vino a la mente de inmediato.

 

Estaba en medio del bosque, una construcción vieja y húmeda, rodeada de árboles demasiado altos que bloqueaban la luz. Olía a madera podrida, metal oxidado y tiempo estancado. Ashley había ido allí cuando era más joven, pero jamás se había sentido bienvenida.

 

El abuelo nunca había sido amable con ella.

 

Tampoco con su madre.

 

Renee había tenido a Ashley a los quince años, y aquello se convirtió en un resentimiento eterno dentro de la familia. Para el abuelo, Renee siempre fue “la chica que arruinó la vida de su hijo”.

 

Una cazafortunas.

 

Una manipuladora.

 

Y Ashley no era más que la prueba viviente de ese “error”.

 

Ashley: Supongo que quieren aprovechar mientras siga respirando –comentó con su habitual humor ácido, en voz baja, con suerte su abuelo tendría demencia senil y pueden convencerlo de incluirlas en la herencia.

 

Renee frunció el ceño, claramente molesta de que su hija no fuera ingenua.

 

Renee: No digas tonterías. Es tu abuelo… –respondió con una calma amarga, forzada.

 

Ashley: …que odia a medio mundo –murmuró, cruzándose de brazos.

 

Renee ignoró el comentario, como hacía siempre que algo la incomodaba.

 

Renee: Tu abuela está muy estresada. Apenas duerme. Ya sabes cómo es… –añadió, con una mezcla de desdén y resignación.

 

La abuela era todo lo contrario al abuelo: dulce, sumisa, incapaz de imponer su voz incluso cuando la situación lo exigía. Caminaba siempre un paso detrás de él, hablaba bajo y evitaba contradecirlo aunque él levantara la voz sin razón.

 

Ashley la recordaba con algo de afecto…

y con bastante lástima.

 

Renee: Prepara tu ropa. No quiero contratiempos –ordenó, dando por terminada la conversación.

 

Ashley no respondió.

 

Se dio la vuelta y caminó hasta su habitación, cerrando la puerta tras de sí con un clic seco. Se dejó caer sobre la cama boca arriba, mirando el techo agrietado.

 

Ashley: Un viaje al bosque, con padres que apenas me toleran y un abuelo que me detesta… fantástico –se dijo con sarcasmo.

 

Permaneció allí un largo momento, escuchando únicamente el zumbido bajo y constante de la casa, como si incluso las paredes estuvieran cansadas.

 

Sin saber que aquel viaje sería el inicio de algo que cambiaría su vida por completo.

 

El auto estaba en silencio.

 

No era un silencio tranquilo, ni cómodo.

Era ese tipo de silencio tenso que no significa paz, sino un acuerdo implícito de no hablar porque nada bueno saldría de hacerlo.

 

Ashley iba en el asiento trasero, con la cabeza apoyada contra la ventana fría. El vidrio vibraba ligeramente con el movimiento del auto. Observaba cómo los árboles, las vallas y las casas desfilaban frente a ella, volviéndose cada vez más escasos conforme se alejaban de la ciudad.

 

El bosque quedaba a dos horas de distancia.

 

Pero para Ashley ya se sentía como un viaje hacia otro mundo.

 

Su padre, Douglas, conducía con la misma expresión aburrida de siempre. El volante parecía recibir más atención y cuidado que cualquiera dentro del vehículo. Sus manos se mantenían firmes, rígidas, como si incluso manejar fuera una obligación más que cumplir.

 

Renee iba en el asiento del copiloto, mirando al frente en silencio, quizá intentando distraer la mente antes del estrés y la molestia que sabían que les esperaban.

 

Ashley suspiró por lo bajo.

 

Ashley: (Vaya convivencia familiar tan espectacular. Esto debería salir en un anuncio) –pensó con ironía, sin apartar la vista del paisaje.

 

El auto siguió avanzando.

 

Renee: Cuando lleguemos, quiero que te comportes –dijo de pronto, sin apartar los ojos del camino con un tono plano pero autoritario.

 

Ashley levantó una ceja, girando apenas el rostro hacia ella.

 

Ashley: Yo siempre me comporto –respondió con falsa inocencia, cruzándose de brazos.

 

Douglas: No hagas comentarios sarcásticos –añadió con un tono cansado, sin mirarla por el retrovisor.

 

Ashley apretó los labios.

 

Ashley: (Entonces no hablo. Mejor para todos) –pensó, volviendo a apoyar la frente contra la ventana.

 

El paisaje comenzó a cambiar de forma más notoria. Los árboles se volvieron más altos, más densos. Los troncos estaban oscuros por la humedad, y las ramas se arqueaban sobre el camino como si intentaran cerrarse sobre él. El aire tenía un olor fuerte a tierra mojada, y la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las nubes pesadas.

 

A Ashley le daba igual.

 

Detestaba el bosque.

 

Detestaba la incomodidad.

 

Detestaba todo aquello que la obligara a salir de su rutina miserable… porque incluso lo miserable tenía una estructura que ella podía entender y controlar.

 

Un letrero viejo y oxidado apareció a un costado del camino, marcando la entrada al sendero rural. La pintura estaba tan desgastada que apenas se podían distinguir las letras.

 

Douglas aminoró la velocidad.

 

Douglas: Falta poco –anunció, con la voz apagada y seca.

 

El estómago de Ashley se revolvió, antes idea de su inminente destino.

 

Cuando el auto se detuvo frente a la casa de los abuelos, Ashley tuvo la sensación inmediata de que el lugar no había cambiado ni un solo centímetro desde la última vez.

 

Seguía siendo aquella construcción de madera vieja, pintada en un color que alguna vez fue azul, pero que ahora se veía apagado, manchado y cuarteado por los años. La pintura se descascaraba en varios puntos, dejando al descubierto la madera húmeda. Las ventanas estaban empañadas por dentro, como si la casa respirara un aire viciado que nunca se renovaba, y una chimenea oxidada sobresalía del techo como un diente roto, torcido e inútil.

 

El bosque la rodeaba por completo.

 

No de forma protectora, sino opresiva.

Los árboles se alzaban demasiado cerca, como si intentaran inclinarse sobre la casa para reclamarla tarde o temprano.

 

Ashley sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

En el porche apareció su abuela.

 

Pequeña, encorvada, con los hombros caídos y una expresión cansada que parecía permanente en su rostro. Caminaba con pasos lentos, cuidadosos, como si incluso el suelo pudiera lastimarla. Cuando los vio, esbozó una sonrisa… pero era débil, triste, una sonrisa que parecía pedir disculpas por existir.

 

Abuela: Douglas… Renee… Gracias por venir—susurró, Su voz era apenas un hilo.

 

El abuelo no estaba a la vista.

 

Ashley supuso que estaría en su habitación, quejándose de algo, o durmiendo solo para no ver a nadie. Ambas opciones eran igualmente probables.

 

Douglas: ¿Cómo está? —preguntó su padre mientras abría la cajuela y tomaba el equipaje.

 

La abuela bajó la mirada, entrelazando las manos.

 

Abuela: Tiene días buenos… y días muy malos -tarareo de manera calmada.

 

Ashley entendió la traducción de inmediato.

 

Está insoportable.

 

Sintió un leve pinchazo de ansiedad en el pecho. No era miedo, ni tristeza. Era ese malestar familiar que siempre aparecía cuando estaba cerca de su abuelo, como una vieja herida que nunca terminaba de cerrar.

 

Ashley: Hola, abuela —saludó con un hilo de voz, forzándose a sonar educada.

 

La abuela levantó la vista y la miró con ternura.

 

Esa mirada suave que nadie más en ese lugar parecía capaz de darle.

 

Abuela: Hola, cariño… ya has crecido tanto -Le acarició la mejilla con una mano temblorosa. Ashley no se apartó, pero tampoco supo qué sentir. El gesto era cálido, sincero… y por eso mismo incómodo.

 

La abuela se hizo a un lado y los invitó a pasar.

 

El interior de la casa era tan decadente como el exterior.

 

Lámparas amarillentas que apenas iluminaban, un olor persistente a madera húmeda, alfombras viejas gastadas por el tiempo y muebles que crujían incluso antes de tocarlos. Todo parecía suspendido en una época que se negaba a morir.

 

Desde el fondo del pasillo se escuchó una tos ronca y profunda.

 

Un sonido áspero, húmedo.

 

Uno que Ashley reconocería en cualquier parte.

 

Ashley: (Ahí está…) —pensó con tensión.

 

El abuelo.

 

Abuela: Suban… están en su habitación de siempre —indicó—. Pónganse cómodos. Prepararé algo de té -les dijo de forma amable.

 

Ashley tomó sus cosas y siguió a sus padres escaleras arriba. Con cada escalón, la sensación en su cuerpo se hacía más pesada.

 

No era solo incomodidad.

 

Era anticipación.

 

Irritación.

 

Y algo más… algo que no sabía cómo nombrar, pero que le apretaba el pecho.

 

La tos volvió a escucharse desde el fondo del pasillo.

 

Un sonido que hacía parecer que cada respiración le arrancaba un pedazo de vida.

 

Douglas y Renee entraron primero en la habitación del abuelo.

 

Ashley se quedó un segundo afuera.

 

No había escapatoria.

 

Suspiró, ajustó la banda del suéter alrededor de sus muñecas y se obligó a seguirlos.

 

La puerta estaba entreabierta.

 

Por dentro, la habitación olía a medicina, vapor de mentol y madera vieja. Las cortinas estaban cerradas, dejando pasar apenas una línea delgada de luz que cruzaba la cama como una cicatriz luminosa.

 

Y allí estaba él.

 

Su abuelo.

 

El hombre que parecía enorme cuando ella era niña, pero que ahora lucía reducido, arrugado y frágil. Sin embargo, su mirada seguía siendo la misma: dura, crítica, afilada.

 

Al verla entrar, frunció el ceño casi por reflejo.

 

Abuelo: Vaya… —gruñó con la voz rota—. Miren quién es. La muchacha revoltosa -dijo con su eterno ceño fruncido.

 

Ashley apretó los dientes.

 

Ashley: (Ya empezamos) -pensó con molestia.

 

Renee intentó sonreír, tensa.

 

Renee: Solo vino a saludar -le aclaró de manera tranquila.

 

Abuelo: ¿Saludar? —soltó una risa corta y áspera—. Esta niña nunca saluda. Ni cuando era pequeña. Siempre con esa cara larga… igualita a su madre -gruñó con molestia su ceño frunciendose más.

 

Renee desvió la mirada, no por vergüenza o pena, si no por fastidio.

 

Douglas carraspeó, incómodo, como si quisiera intervenir… pero no lo hizo.

 

El abuelo continuó.

 

Abuelo: ¿Y cómo vas en la escuela, ah?¿Sigues metida en tus… cosas raras?  —preguntó, señalándola con un dedo huesudo.

 

Ashley sintió un nudo en la garganta, pero mantuvo la expresión neutral.

 

Ashley: Voy bien —respondió con frialdad.

 

Abuelo: ¿Bien? —repitió con burla—. Seguro. Aunque no sé cómo. Con esa actitud, nadie debe querer hablarte -le dijo con un tono agresivo.

 

La frase se le clavó como una espina.

 

Ni su padre ni su madre dijeron nada.

 

Solo silencio.

 

Como si estuvieran de acuerdo, y de hecho lo estaban.

 

Abuelo: Deberías ser más… normal —continuó—. No entiendo qué tanto haces encerrada. Ni por qué siempre estás tan apagada. No eres una niña. Ya deberías comportarte como alguien de verdad -le grito con molestia.

 

Ashley respiró hondo.

 

Ashley: (Cállate. Cállate. Cállate.) -penso apretando los puños, Deseando con todo su corazón ir a golpear a su moribundo abuelo hasta matarlo, pero sabía que no debía hacerlo, si no su madre la enviaría a un convento del cual jamás saldría.

 

Douglas: Papá, no es el momento para sermones —gruñó finalmente.

 

Abuelo: ¿Sermones? —bufó—. Es mi casa. Y si no puedo decir lo que quiero en mi casa, ¿entonces dónde? -dijo con desdén.

 

Renee se apresuró a intervenir.

 

Renee: Está cansado, Ashley. No lo tomes personal -le dijo en un tono tranquilo.

 

Ashley: (¿Cómo no tomarlo personal si lleva diciéndome lo mismo toda la vida?) -pensó molesta.

 

Forzó una media sonrisa que no llegó a sus ojos.

 

Ashley: Está bien. Ya lo vi. Me voy a descansar —dijo con frialdad controlada.

 

El abuelo chasqueó la lengua.

 

Abuelo: Sí, vete. No quiero ruido -gruñó de manera molesta.

 

Ashley: (Como si yo hiciera ruido, anciano de mierda) -pensó con ira contenida.

 

Salió de la habitación antes de que otra palabra pudiera atravesarla como un cuchillo. Cerró la puerta con cuidado y se apoyó contra la pared del pasillo, dejando que el aire escapara lentamente de sus pulmones.

 

Por un momento, solo existió el silencio.

 

Y su respiración temblorosa.

 

La habitación de Ashley era pequeña, fría y silenciosa.

 

Una cama individual contra la pared, un escritorio viejo cubierto de hojas sueltas, lápices gastados y manchas de grafito. La ventana daba al bosque, pero las cortinas permanecían cerradas, como si incluso los árboles fueran demasiado para soportar en ese momento.

 

Ashley cerró la puerta con cuidado.

 

Demasiado cuidado.

 

Apoyó la frente contra la madera unos segundos, respirando hondo, intentando mantener el control… y fallando estrepitosamente.

 

Ashley: ¡Gh…! —emitió un grito ahogado, enterrando de golpe el rostro en la almohada.

 

El sonido fue amortiguado, distorsionado, reducido a un gemido furioso. Apretó la tela con ambas manos, clavando los dedos como si quisiera estrangular algo invisible.

 

Ashley: (Los odio. Los odio. Los odio.) —pensó con la mandíbula tensa, dejando escapar otro grito mudo contra la almohada.

 

No lloró.

 

No quería llorar.

 

La ira era más fácil de sostener que la tristeza.

 

Se incorporó de golpe, tomó la almohada y la lanzó contra la pared. Cayó al suelo sin hacer ruido. Nada en esa casa debía hacer ruido.

 

Ashley caminó hacia el escritorio y se dejó caer en la silla, arrastrándola con un chirrido bajo que la hizo tensarse un segundo… pero nadie dijo nada. Nadie vino.

 

Tomó un lápiz.

 

Luego otro.

 

Y otro más.

 

Sus dedos se movieron con rapidez, casi con violencia, arrancando una hoja limpia y presionándola contra la madera.

 

Ashley: (¿Quieren que sea normal? ¿Quieren que me calle? ¿Que desaparezca?) —pensó mientras comenzaba a dibujar.

 

Las líneas no eran bonitas.

 

No eran ordenadas.

 

Eran afiladas.

 

Garabateó símbolos torcidos, figuras deformes, palabras tachadas y vueltas a escribir. Ojos que no miraban en la dirección correcta. Bocanadas negras alrededor de siluetas humanas.

 

Un hombre encorvado en una cama, con la boca abierta en un grito silencioso.

 

Una mujer de brazos cruzados, sin rostro.

 

Un hombre al frente, rígido, sin ojos.

 

Encima de ellos, rayones gruesos.

 

Cruces, Espirales, Marcas que no significaban nada… y lo significaban todo.

 

Ashley: (Ojalá se queden solos. Ojalá se ahoguen en su propio veneno.) —pensó con rabia contenida.

 

Apretó tanto el lápiz que la mina se rompió.

 

Ashley: Mierda… —murmuró.

 

No se detuvo.

 

Tomó otro.

 

Escribió palabras entre los dibujos, torcidas, casi ilegibles:

 

“CÁLLENSE.”

 

“DÉJENME.”

 

“DESAPAREZCAN.”

 

Rayó el papel hasta casi romperlo.

 

Su respiración era rápida, irregular. El pecho le subía y bajaba con fuerza, como si el aire le costara más de lo normal.

 

Ashley: (No pedí nacer. No pedí estar aquí.) —pensó, apretando los dientes.

 

El lápiz se movía solo, como si la mano supiera exactamente qué hacer sin pasar por su cabeza.

 

Por un instante, se detuvo.

 

Miró el dibujo terminado.

 

No sintió culpa.

 

Sintió alivio.

 

Un alivio oscuro, pesado, pero real.

 

Ashley se dejó caer hacia atrás en la silla, soltando el lápiz que rodó por el escritorio. Se pasó una mano por el rostro, empujándose el cabello hacia atrás.

 

Ashley: Idiotas… —susurró, con la voz rota pero firme.

 

Se inclinó de nuevo hacia adelante, tomó la hoja y la dobló varias veces hasta convertirla en un rectángulo apretado. No la rompió.

 

La guardó en el cajón.

 

Como si no quisiera que nadie la viera.

 

Como si supiera que, de alguna forma, esas líneas significaban más de lo que deberían.

 

Ashley apagó la luz del escritorio y se dejó caer en la cama, mirando el techo invisible en la oscuridad.

 

Desde afuera, el bosque permanecía en silencio.

 

Demasiado silencio.

 

Cerró los ojos, deseando no sentir nada.

 

Pero sentía todo.

 

El pecho le ardía, la garganta le dolía, y su mente no dejaba de girar sobre sí misma como un animal atrapado. Permaneció así unos segundos, respirando despacio, hasta que un sonido la sacó de golpe de su espiral.

 

Un crujido, Leve, Distante.

 

Como si una rama hubiera sido pisada en algún punto del bosque.

 

Ashley abrió los ojos de inmediato y se incorporó en la cama, con el cuerpo en tensión.

 

Ashley: (Genial… ahora hasta el bosque conspira contra mí) —pensó, aunque una punzada de inquietud le recorrió la espalda.

 

Se levantó despacio y caminó hasta la ventana. Dudó un instante antes de abrirla, pero aun así levantó el pestillo y la entreabrió.

 

El aire frío entró de golpe, rozándole el rostro y el cuello. Olía a tierra húmeda y hojas mojadas. Ashley respiró profundo, más para calmarse que por necesidad.

 

Fue entonces cuando la vio.

 

Una luz en el cielo.

 

No era una estrella común, No era un avión, No era nada que pudiera explicar de inmediato.

 

Brillante, Intensamente brillante.

 

Un trazo blanco-azulado cortaba el firmamento, como una línea de fuego dibujada a mano sobre la oscuridad. No se desvanecía rápido, no parpadeaba. Seguía ahí, avanzando con una elegancia inquietante.

 

Ashley parpadeó, confundida… pero no apartó la vista.

 

Era hermosa.

 

Demasiado hermosa para pertenecer a su vida miserable.

 

Ashley: Pide un deseo… —murmuró sin darse cuenta, con la voz baja, casi infantil.

 

El reflejo de la luz se marcaba en sus pupilas.

 

Y sin pensarlo, lo hizo.

 

Ashley: (Quiero…) —pensó.

 

La palabra salió sola, suave, sincera, sin sarcasmo ni defensas.

 

Ashley: (…un amigo) -sonaría muy ridículo pero era lo que su corazón más deseaba.

 

La luz continuaba descendiendo, lenta, majestuosa, como si ignorara por completo las leyes del mundo.

 

Ashley sintió el pecho apretarse, pero no de dolor.

 

Era algo cálido.

 

Ashley: (Alguien que realmente confíe en mí, Alguien que se preocupe por mí. Solo… por mí) -penso en el rostro de sus padres los cuales en ningún momento se habían preocupado por ella, viéndolos como una mera molestia.

 

La luz pareció brillar con más intensidad, como si respondiera.

 

Ashley: (Alguien que me vea… como el centro de su universo) -Cuando el pensamiento terminó de formarse, Ashley soltó una risa nasal, cansada, incrédula.

 

Ashley: Ay, por favor… que cursi —murmuró Negando con la cabeza, a punto de cerrar la ventana.

 

Ashley: Como si algo así fuera a pa -no pudo terminar ya que derepente notó como la luz cambió.

 

Ya no era un trazo lejano, Ya no era una imagen bonita en el cielo.

 

Era una masa incandescente.

 

Un objeto, Real, Cayendo, Rápido.

 

Demasiado rápido.

 

Ashley: ¿Qué…? -Las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta.

 

La supuesta estrella fugaz se expandió, envolviéndose en un aura rojiza al atravesar la atmósfera. El cielo se iluminó como si fuera de día por un breve, aterrador segundo.

 

El bosque entero brilló.

 

Y entonces llegó el sonido.

 

BOOOOOM

 

El impacto sacudió el suelo.

 

Ashley perdió el equilibrio por un instante. Los vidrios vibraron con violencia. Desde el exterior, una bandada de pájaros estalló en graznidos caóticos, rompiendo el silencio nocturno.

 

Ashley: ¡¿Qué demonios…?! -grito para sí misma mientras veía la escena desde la ventana.

 

Un resplandor naranja emergió entre los árboles, a unos cientos de metros de la casa. No era un incendio común; era demasiado intenso, demasiado concentrado. Como una herida brillante abierta en el corazón del bosque.

 

Ashley se quedó completamente inmóvil, con la boca entreabierta y el corazón golpeándole el pecho con tanta fuerza que le dolía.

 

No era una estrella fugaz.

 

Era el meteorito.

 

Y había caído ahí, Justo en el bosque detrás de la casa.

 

La misma luz en la que había pedido su deseo.

 

La misma luz que ahora ardía entre los árboles.

 

Ashley tragó saliva.

 

Ashley: …no puede ser -murmuró incrédula.

 

Pero lo era.

 

Y en el fondo, en un lugar que no sabía explicar, Ashley lo sabía.

 

Algo había escuchado su deseo.

 

Y nada volvería a ser igual.

 

La noche estaba tan silenciosa que cada paso de Ashley sobre la hierba húmeda parecía un estallido.

 

Había esperado más de una hora.

 

Lo suficiente para que los ronquidos profundos de su abuelo se volvieran constantes, pesados. Para que el murmullo del televisor se apagara solo, dejando atrás ese zumbido eléctrico que siempre quedaba flotando en la casa. Para que el bosque recuperara su dominio sobre el sonido.

 

Entonces, con la ventana apenas entreabierta, escapó.

 

Se deslizó hacia afuera con una precisión que la sorprendió incluso a ella misma, como si hubiese practicado esa ruta toda su vida. Cerró la ventana con extremo cuidado y se quedó inmóvil unos segundos, escuchando.

 

Nada.

 

Solo el bosque.

 

El aire era frío, espeso… casi eléctrico. Le erizaba la piel al contacto, como si estuviera cargado de algo invisible. Cada árbol proyectaba sombras largas y deformes, desgarradas por la luz plateada de la luna que apenas lograba filtrarse entre las copas.

 

Ashley caminaba con la linterna apagada.

 

No quería llamar la atención.

 

Se guiaba por la memoria, por la forma del terreno y por el resplandor lejano que aún teñía el cielo de un tono anaranjado enfermizo. Sus botas hundían la tierra húmeda con un sonido blando que le hacía apretar los dientes.

 

Ashley: (No mires atrás… no mires atrás…) —se repitió en silencio, avanzando.

 

Pero lo que no sabía…

 

Era que no era la única que se movía en esa oscuridad.

 

El impacto había dejado un cráter humeante a pocos metros de distancia. La tierra estaba ennegrecida, fracturada, aún caliente. El suelo parecía respirar, expulsando vapor en pulsaciones lentas, como un organismo herido.

 

Entre las rocas partidas y el metal fundido, algo se movió.

 

No fue brusco, No fue violento, Fue… deliberado.

 

El cascarón rocoso se abrió desde dentro con un crack húmedo, orgánico. Fragmentos incandescentes se deslizaron hacia el suelo mientras una silueta emergía lentamente.

Primero, unas extremidades largas y rígidas, con una estructura imposible, como brazos cubiertos por una armadura viva. Luego, un torso delgado pero imponente, cubierto de placas carmesí que parecían crecer directamente desde la carne, sin juntas visibles.

 

 

Cada movimiento era preciso, Medido, Casi quirúrgico.

 

La criatura se incorporó poco a poco.

 

Sus ojos —dos rendijas brillantes— se abrieron, emitiendo un resplandor tenue que se movía con rapidez, analizando el entorno. El aire, la temperatura, las partículas suspendidas, las vibraciones del suelo.

 

No emitió ningún sonido, Ni un rugido, Ni un gruñido, Ni siquiera una respiración perceptible.

 

Solo un silencio profundo, antinatural, que resultaba más inquietante que cualquier ruido.

 

Terminó de erguirse.

 

Superaba con facilidad los dos metros de altura.

 

Desde su espalda, extremidades adicionales se desplegaron ligeramente, moviéndose como sensores, rastreando el ambiente con una precisión imposible para algo terrestre.

 

Era fría, Era exacta, Era… desconocida Y estaba viva..

 

Ashley avanzaba entre los árboles, apretando los brazos contra su cuerpo en un intento inútil de conservar algo de calor. El frío se le filtraba por la ropa, pegajoso, insistente, como si el bosque mismo quisiera colarse bajo su piel.

 

Ashley: ¿Por qué hice esto…? Qué idiota… Sí, claro, brillante idea, Ashley… meterte sola al bosque de noche.

—murmuró entre dientes, pateando una rama seca que crujió demasiado fuerte para su gusto.

 

Se detuvo en seco.

 

El sonido había resonado demasiado.

 

El silencio volvió a caer sobre ella, denso, opresivo. Solo sus pasos y el siseo bajo del viento moviendo el follaje rompían la quietud. Cada tanto volteaba la cabeza, convencida de que algo más caminaba con ella, sincronizando sus movimientos.

 

Pero siempre terminaba igual.

 

Convenciéndose de que era su imaginación, De que se estaba sugestionando.

 

Hasta que no lo fue.

 

Entre los matorrales, a unos metros de distancia, algo se movió.

 

Ashley se quedó rígida.

 

El corazón se le subió a la garganta, latiéndole con tanta fuerza que le dolía. Sus manos se cerraron en puños, y contuvo la respiración sin darse cuenta.

 

Dos puntos brillaron cuando la luz lunar cayó sobre ellos.

 

Ashley: … —no logró decir nada.

 

Un segundo pasó.

Luego otro.

 

Y de entre las sombras emergió un ciervo.

 

Ashley soltó el aire de golpe, como si hubiera estado conteniéndolo desde hacía minutos. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el pulso desbocado.

 

Ashley: Ay Dios… casi me matas, Eres solo un bobo ciervo —susurró con una risa nerviosa, más temblorosa de lo que le hubiera gustado.

 

El animal la observó un instante, con esos ojos grandes y tranquilos, antes de bajar la cabeza para olfatear el suelo húmedo. Su presencia resultaba extrañamente normal… reconfortante.

 

Demasiado.

 

Fue justo entonces cuando la atmósfera cambió.

 

Un sonido suave, casi imperceptible.

 

Un paso pesado sobre hojas secas.

 

El bosque pareció contener el aliento.

 

Ashley frunció el ceño, girando lentamente la cabeza hacia el lado contrario del claro. La luz plateada de la luna reveló una figura que emergía entre los árboles.

 

Alta, Demasiado alta.

 

La criatura avanzó un paso más, quedando completamente visible. Su cuerpo estaba cubierto por una armadura orgánica carmesí que, en ciertas zonas, parecía palpitar suavemente, como si algo vivo se acomodara bajo las placas. Extremidades adicionales se movían desde su espalda, lentas, metódicas, como antenas rastreando el entorno.

 

Ashley retrocedió instintivamente.

 

Un paso, Luego otro.

 

No estaba viendo un animal, Tampoco a una persona, Era algo más.

 

Algo que no tenía un lugar lógico en su mundo.

 

Pero lo que terminó de helarle la sangre fue la reacción del ciervo.

 

El animal levantó la cabeza… y en lugar de huir, caminó hacia la criatura con total calma. Sin tensión. Sin miedo. Como embrujado. Como si una orden silenciosa lo guiara.

 

Ashley: (No… no…) —pensó, con un nudo apretándole el estómago.

 

La criatura inclinó la cabeza ligeramente, observándolo con una neutralidad inquietante. No había emoción en su postura. Ni curiosidad. Ni agresión.

 

Solo evaluación.

 

Lentamente, extendió una mano, Grande, Alargada, Con puntas afiladas, cubiertas de placas duras que parecían hueso y metal fusionados en una sola forma.

 

El ciervo olfateó la mano… y permitió el contacto.

 

Ashley tragó saliva.

 

Algo en su interior gritaba que retrocediera, Que corriera, Que no mirara.

 

Entonces ocurrió.

 

Sin cambiar de postura, Sin tensión previa, Sin advertencia alguna.

 

La criatura sujetó al ciervo por el cuello con una fuerza imposible y giró la muñeca en un único movimiento seco—

 

CRACK

 

El sonido fue breve. Definitivo.

 

La cabeza del ciervo se separó con una facilidad inhumana, y el cuerpo colapsó de inmediato sobre la tierra húmeda. La criatura dejó caer la cabeza decapitada como si no fuera más que un objeto inútil.

 

La sangre oscureció el suelo.

 

Ashley sintió cómo el aire se le escapaba de los pulmones.

 

No gritó . . . No pudo.

 

Sus piernas se movieron antes de que su mente reaccionara. Dio un paso atrás. Luego otro. Y finalmente salió corriendo, como si algo invisible la hubiera empujado con violencia.

 

Las ramas le golpeaban los brazos y el rostro. Las raíces la hacían tropezar, pero no se detenía. Su respiración se volvió un jadeo desesperado, roto.

 

Ashley: No… no, no… ¿qué demonios fue eso…? —pensaba, mientras sentía que las piernas no le responderían por mucho más tiempo.

 

Muy atrás, entre la oscuridad del bosque, la criatura giró lentamente la cabeza hacia el lugar donde ella había estado.

 

Sus sensores —lo que fuera que tuviera por ojos— se estrecharon apenas, siguiendo un rastro invisible en el aire.

 

No la había visto.

 

Pero sí la había escuchado, La había olido, La había sentido.

 

Su presencia, Su huida, Su miedo.

 

Y ahora…

 

Sabía que no estaba sola en ese bosque.

 

Ashley corría sin dirección, solo guiada por el impulso animal del miedo. Sus pies golpeaban la tierra húmeda de forma irregular, resbalando entre raíces y hojas mojadas. Sentía el corazón golpeándole con tanta fuerza que cada latido resonaba como un eco doloroso dentro de su cabeza, desacompasado, salvaje.

 

Las lágrimas se acumulaban en sus ojos sin llegar a caer, quemándole la vista. Su respiración era un jadeo descontrolado, corto y torpe, como si sus pulmones no recordaran cómo funcionar correctamente.

 

Ashley: (¿Qué… qué demonios… qué demonios fue eso…? No… no puede ser real) —pensaba una y otra vez, con la mente en bucle, incapaz de procesar lo que había visto.

 

Las sombras entre los árboles se estiraban a su alrededor, deformándose con cada salto de su imaginación. Las ramas parecían moverse solas, y cada crujido bajo sus pies o a su espalda la hacía girar la cabeza de golpe, con el terror clavándole agujas en la nuca.

 

Esperaba verlo.

 

Esperaba encontrar esos colores carmesí persiguiéndola entre los troncos.

 

Pero cada vez que miraba atrás…

 

Nada, Solo oscuridad, Solo silencio.

 

Ese silencio que no tranquiliza, sino que amenaza.

 

Con el paso de los segundos, sus movimientos se volvieron más torpes. Las piernas le temblaban, cargadas de un cansancio súbito y profundo. El aire le ardía en la garganta. Finalmente, se obligó a detenerse, apoyando las manos en sus rodillas mientras intentaba recuperar el aliento.

 

Ashley: O-ok… —susurró—. Ok… calma… —tono tembloroso, respiración agitada, intentando convencerse a sí misma—. Tal vez… tal vez se quedó con el ciervo… tal vez ni siquiera me vio -dijo con una leve sonrisa nerviosa.

 

Levantó la cabeza lentamente, mirando a su alrededor. La luna se filtraba entre las copas de los árboles, proyectando luz plateada sobre el suelo irregular. Por un instante, logró inhalar más profundo. El pecho dejó de dolerle tanto.

 

Un instante.

 

Porque antes de que pudiera dar otro paso—

 

Apareció.

 

El aire pareció cortarse de golpe, como si el bosque entero hubiera dejado de respirar. Una sombra cayó frente a ella.

 

No cayó.

 

Descendió.

 

Como si hubiese estado oculto entre las alturas… O como si el tiempo mismo le hubiera permitido aparecer exactamente donde quería.

 

Ashley levantó la mirada con lentitud, el miedo paralizándole el cuello.

 

Y allí estaba.

 

La criatura.

 

Más alta de lo que recordaba.

Mucho más cercana.

 

Las placas rojas de su cuerpo brillaban con un tono húmedo bajo la luz lunar, como si la sangre del ciervo aún siguiera fresca sobre su armadura orgánica. Su presencia aplastaba el entorno, haciendo que todo a su alrededor pareciera pequeño e insignificante.

 

Ashley solo alcanzó a soltar un sonido ahogado.

 

Ashley: N-no… —voz rota, apenas audible, el cuerpo rígido por el pánico.

 

No tuvo tiempo de reaccionar.

 

La criatura extendió una mano con una velocidad que no tuvo sentido para ella. Fue como si la escena se hubiera adelantado varios segundos, rompiendo cualquier lógica de movimiento.

 

Los dedos —largos, duros, fríos— se cerraron alrededor de su cuello.

 

Ashley sintió cómo el aire se le escapaba del cuerpo al instante, como si alguien hubiera apagado algo dentro de ella.

 

La levantó del suelo sin el menor esfuerzo.

 

Sus pies quedaron suspendidos, pataleando en el aire de forma instintiva y desesperada. Sus manos se aferraron a la muñeca de la criatura, las uñas arañando con fuerza, pero era como intentar romper una roca sólida.

 

Ashley: ¡Gh…! ¡Aghh—! —sonidos ahogados, desesperación pura, el rostro enrojeciéndose mientras luchaba por respirar.

 

Su visión comenzó a nublarse en los bordes, manchas oscuras invadiendo poco a poco su campo visual, mientras el bosque giraba lentamente a su alrededor.

 

Y en medio de todo ese terror…

 

La criatura la sostenía.

 

Sin apuro, Sin esfuerzo, Sin emoción visible.

 

La espalda de Ashley fue empujada contra el tronco de un árbol cercano.

 

El impacto fue seco, brutal.

 

El aire salió de sus pulmones de golpe y su cabeza rebotó levemente contra la corteza rugosa, dejándola aturdida por un segundo que se sintió eterno. La criatura la mantuvo allí, suspendida, presionándola contra la madera con una sola mano.

 

Apretaba lo justo.

 

Ni más. Ni menos.

 

La sostenía como si fuera un objeto frágil… o prescindible.

 

La observaba.

 

La estudiaba.

 

Como si fuera un insecto atrapado entre los dedos de alguien curioso.

 

Los ojos —o sensores, o luces; aquello que ocupaba el lugar donde debería haber un rostro— se ajustaron lentamente. El brillo cambió de intensidad, recalibrándose. Se inclinó apenas hacia adelante, acortando aún más la distancia entre ambos.

 

Ashley podía sentir su presencia demasiado cerca.

 

Cada temblor involuntario de su cuerpo. Cada jadeo roto, irregular. Cada intento inútil de zafarse.

 

Nada escapaba a su atención.

 

Ashley intentó hablar.

 

Ashley: A-ah… —sonido desgarrado, apenas un hilo de voz que murió antes de formarse.

 

Sus pies patalearon en el aire de forma errática, golpeando el vacío. Sus manos, temblorosas, se aferraron a la muñeca de la criatura con la poca fuerza que le quedaba. La superficie era fría, dura, completamente ajena a cualquier textura viva que reconociera.

 

No cedía.

 

La visión comenzó a nublarse en los bordes, manchas oscuras invadiendo lentamente su campo visual. Las lágrimas se mezclaban con la desesperación, sin llegar a caer del todo.

 

Ashley forcejeaba cada vez más débilmente.

 

Pero algo no encajaba.

 

La criatura no aumentaba la presión.

 

No buscaba romperle el cuello. No buscaba aplastarla.

 

Simplemente… la sostenía.

 

Observándola.

 

Como si tratara de entender qué era.

 

La acercó un poco más hacia sí, reduciendo el espacio entre sus cuerpos hasta que Ashley pudo sentir el leve zumbido que emanaba de su estructura. Inclinó la cabeza, un gesto casi humano, pero torcido, incorrecto, como una imitación mal aprendida.

 

Las luces de sus ojos se estrecharon otra vez, ajustándose con precisión antinatural.

 

Las placas carmesí de su cuerpo vibraron ligeramente, produciendo un zumbido metálico bajo, constante, que se sentía más que se escuchaba.

 

Ashley estaba atrapada.

 

Suspendida entre la conciencia y el pánico.

 

Entonces, algo cambió.

 

La criatura levantó su otra mano —la que no la sujetaba— y la acercó lentamente al rostro de Ashley, deteniéndose a escasos centímetros de su piel. No la tocó. La punta afilada de uno de sus dedos recorrió el aire junto a su mejilla, como si midiera su temperatura, su forma… o su fragilidad.

 

Ashley sintió un escalofrío recorrerle la columna, más intenso que la falta de oxígeno, más frío que el aire nocturno del bosque.

 

El cuerpo del ser comenzó a emitir un sonido bajo.

 

Clic—click—click.

 

Un ruido seco, rítmico, profundamente insectoide, que no provenía de una boca sino de su interior. El sonido vibraba a través de sus placas carmesíes.

 

Entonces, estas comenzaron a retraerse.

 

La transformación empezó.

 

Las extremidades adicionales que se agitaban en su espalda se doblaron hacia dentro, encogiéndose de forma antinatural hasta disolverse en una masa oscura que fue absorbida por su propio cuerpo. La armadura orgánica perdió rigidez durante un breve instante, volviéndose blanda, casi líquida, como cera derritiéndose bajo una llama invisible.

 

En algún punto de ese proceso, la presión alrededor del cuello de Ashley desapareció.

 

Ella no se dio cuenta de inmediato.

 

Su cuerpo cayó de rodillas contra el suelo húmedo, golpeando las hojas secas mientras un ataque de tos violento sacudía su pecho. Se llevó ambas manos al cuello, aspirando aire de forma torpe y desesperada, como si hubiera olvidado cómo respirar.

 

Ashley: Gh… hhh… —jadeos ásperos, el cuerpo temblando mientras recuperaba el aire.

 

Cuando logró levantar la mirada—

 

Se congeló.

 

La criatura estaba cambiando de forma.

 

Su estatura comenzó a disminuir. La silueta alta y alienígena se afinaba, reajustándose. Las piernas se acortaban ligeramente, las proporciones se modificaban como si alguien estuviera moldeando carne viva con manos invisibles.

 

Las caderas. Los hombros. La curva del cuello.

 

Era ella.

 

Su cabello empezó a formarse, copiando el largo, la textura, el desorden familiar. Los rasgos faciales emergían uno a uno, imitándose con una precisión inquietante. Incluso la silueta de su ropa escolar apareció: la camisa arrugada, la falda, los pliegues, todo replicado como una imagen arrancada de su cuerpo.

 

Era como mirarse en un espejo vivo.

 

Uno que respiraba.

 

Ashley: ¿Q-qué…? —susurró, con la voz rota, retrocediendo instintivamente, el corazón golpeándole el pecho con violencia.

 

Pero antes de que la transformación pudiera completarse—

 

Algo salió terriblemente mal.

 

El dolor comenzó.

 

La criatura —ya casi con su forma— se llevó ambas manos a la cabeza y su cuerpo se retorció en un espasmo violento, torcido, imposible. Sus movimientos dejaron de ser fluidos y se volvieron erráticos, descontrolados.

 

Un chillido inhumano rasgó el silencio del bosque.

 

No era un grito humano.

 

Era un sonido estridente, insectoide, como si un enjambre entero gritara al mismo tiempo desde una sola garganta.

 

La piel —o lo que imitaba la piel— comenzó a quebrarse en líneas negras irregulares, como grietas abriéndose sobre una superficie mal formada. La transformación estaba fallando.

 

El cuerpo temblaba con violencia, como si cada célula ardiera desde dentro.

 

El imitador cayó al suelo con un golpe seco, revolcándose entre las hojas en un estado de agonía pura. La forma femenina comenzó a romperse, estirarse, colapsar sobre sí misma.

 

Ashley no pudo moverse.

 

No pudo gritar.

 

Solo mirar.

 

La figura se alargó. El torso se ensanchó. Las proporciones dejaron de coincidir con las suyas.

 

Las facciones copiadas se fracturaron como un dibujo mal borrado. El cabello se acortó de golpe, volviéndose más desordenado. La estructura ósea se reacomodó con crujidos viscosos, uno tras otro, como si el cuerpo se reconstruyera a golpes.

 

A la luz tenue de la luna, las sombras finalmente revelaron el resultado.

 

No era ella.

 

No era la criatura insectoide original.

 

Era… otra cosa.

 

Tendido sobre el suelo del bosque, respirando con dificultad, había un chico.

 

Un joven de piel pálida y marcada por ojeras oscuras, delgado, con una expresión exhausta, como si hubiera vivido cientos de vidas de dolor en apenas unos segundos. Su pecho subía y bajaba con dificultad, como si ese cuerpo aún no terminara de aceptarlo.

 

Su rostro no se parecía al de ningún humano que Ashley conociera y, sin embargo…

 

Había algo inquietantemente familiar en él.

 

Su cabello oscuro caía desordenado sobre la frente. Sus facciones eran extrañas, pero no del todo ajenas. Incluso desplomado en el suelo, era más alto que ella.

 

 

Ashley dio un paso atrás, con el corazón intentando escaparle del pecho.

 

Ashley: ¿Q-quién… eres tú…? —preguntó en un susurro tembloroso, sin recibir respuesta.

 

El chico no habló.

 

Sus dedos se movieron apenas, como si todavía tratara de entender ese cuerpo nuevo, como si no supiera cómo existir dentro de él.

 

La criatura que había intentado copiarla había fallado.

 

Y en ese fallo…

 

Había nacido algo que no debía existir.

 

Sin saberlo, Ashley estaba mirando el rostro del que en otro universo seria Andrew Graves.

 

Una versión masculina de lo que nunca llegó a nacer.

 

Un error de imitación.

 

Un eco distorsionado de algo que jamás tuvo lugar.

 

Fin Del Capitulo.

 

 

Notes:

Cual es el siguiente another que desean ver?

Another Ghost: Almas Sucias de Alquitrán: La monja Ashley graves empieza a tener visiones de una extraña criatura por la iglesia, y todo le recuerda al día de la muerte de su hermano.

Another Kiva: La Reina Caníbal: Su padre los abandono, Su hermano era un idiota posesivo con el cual tenía rumores de cometer incesto con el, jugaba con el corazón con un chico honesto, Para Andrea Graves, era demaciados problemas y para el colmo tiene que lidiar con seres sobrenaturales quienes quieren impedir que se convierta en la Reina Fangire.

Another Kuuga: Capitulo 2