Chapter Text
1
Tiempo actual...
El muñequito de pastel dormía, el cabello rubio le caía desordenado sobre la frente y el edredón le cubría la mitad del cuerpo; verlo era maravilloso. Axl no resistió el impulso y besó su espalda desnuda. Lo recorrió con los labios, desde la cadera hasta el cuello, deleitándose con su piel. Luego, apagó el cigarro que sujetaba entre los dedos y volvió a meterse bajo el acolchado. Había arreglado todo para que pasaran la noche en aquella habitación. Tenía que aprovechar a Jon mientras pudiera, antes de que despertara y comenzara a arrepentirse de lo que habían hecho.
Probablemente, le diría que todo había sido un error y que era un tonto por dejarse llevar; no era la primera vez que pasaba algo similar. También comentaría que amaba a su esposa, lo cual sin dudas sería cierto, si algo había aprendido Axl con el correr de los años era que existían muchos tipos de amor; pero en el fondo Jon desearía quedarse con él. Ambos sabían que lo que ellos tenían era especial; se amaban con aquella fuerza con la que solo se amaba una vez; por eso había bastado un beso para que perdiera la cabeza y se entregara con la misma pasión con la que solía hacerlo en el pasado.
No importaba si querían o no amarse, lo que fuera que tuvieran había traspasado el tiempo y aun a la distancia continuaba uniéndolos.
Y a pesar de eso, Jon lo dejaría y volvería a su casa...
Así era el muñequito de porcelana, prefería lastimarse a afrontar la situación.
Axl no lo culpaba, después de todo, lo de ellos no había terminado por culpa de Jon, sino por sus malas decisiones.
En la vida las personas tomaban decisiones a diario, algunas de ellas eran insignificantes y otras trascendentales. Axl había tomado la decisión de lastimar a Jon y tendría que cargar con ella de por vida.
Había tenido mil ocasiones para arreglar las cosas con el rubio y las había desperdiciado una tras otra. Había preferido hacerlo llorar a intentan recomponer las cosas.
Sí, era cierto que alguna vez Jon le había dicho cosas terribles; pero él tenía la certeza de que aquellas palabras fueron un arrebato: había actuado así porque estaba herido, lastimado porque él llevaba tiempo comportándose como un idiota.
Axl era consciente de que había dañado a Jon y una noche de pasión no borraba ese daño.
Aun así, se había dado el lujo de hacerle el amor. Ahora temía volver a perderlo. Debía de andar con cuidado, dar pasos seguros. De lo contrario, el muñequito de porcelana volvería a escapar. Desaparecería y se escondería en un lugar donde no pudiera encontrarlo.
Aunque no quería pensar en eso. Si aquello era un error, si Jon despertaba y se marchaba, si desaparecía y tardaba veinte años más en encontrarlo de nuevo, todo eso formaba parte del futuro y podía esperar. La vida pasaba en un parpadeo y lo mejor era aprovechar los buenos momentos mientras se tenía la oportunidad. En pocas palabras, Jon se hallaba entregado y deseaba tenerlo a su lado tanto como le fuera posible.
-Axl -murmuró el rubio entre dormido, se movió para quedar de costado y buscó a tientas su reloj de pulsera en la mesa de luz-, ¿qué hora es? -preguntó al darse cuenta de que no lo encontraba.
-Hora de que descanses, muñequito de pastel -le susurró, depositó un beso fugaz en sus labios y le pasó el brazo por arriba.
Esto lo tranquilizó y al cabo de un instante la suave respiración del muñequito de porcelana anunció que se encontraba dormido de nuevo.
A Axl le quedaban cinco horas para tenerlo en la cama. Luego despertaría y se marcharía sin mirar atrás.
Años 80...
Nada había preparado a Axl para volver a encontrarse con Jon.
Nada ni nadie habría sido capaz. Sin embargo, allí estaba, delante de él. Era Jon Bon Jovi, el vocalista de la banda Bon Jovi, o mejor dicho, su exnovio.
Por supuesto, ese no era su Jon.
Jon, el chico de cabellos dorados al que le brillaban los ojos cuando lo observaba; el que se ponía colorado y le esquivaba la mirada porque le daba vergüenza que lo viera a la cara mientras hacían el amor; el que se estremecía en sus brazos apenas lo acariciaba. Jon, que le entregaba ternura y pasión en la misma medida. Y que en ocasiones se ponía tan cariñoso que lo empalagaba de amor. El que adoraba los dulces y que escondía una chispa de picardía dentro de su ser. El que no sabía mentirle, ese era su Jon. No la cosa que tenía en frente.
La cosa que se hallaba en frente se parecía a su Jon, vestía y se paraba igual que él; pero no era él. Su Jon había muerto.
Tal vez nunca había existido; o tal vez esa parte de Jon que tanto adoraba había desaparecido tras los meses de distancia; pero, fuera una cosa u otra, por lo menos para Axl, Jon había muerto en esa gira. En su lugar quedaba eso a lo que Axl llamaba maldito niño pijo, un ente al que desconocía y que era capaz de decirle que lo amaba luego de acostarse con otro hombre.
Jon tenía el cabello más largo. En consecuencia, sus rizos se habían convertido en unas desprolijas ondas que le proporcionaban un toque extra de estilo a su apariencia de rockero. Claro que su cara de niño bueno desentonaba de forma estridente con la imagen de rebelde que pretendía dar. Por mucho que se esforzaba, no había forma de tapar su esencia, en especial si sonreía.
Esa maldita sonrisa... Axl la odiaba.
La sonrisa de Jon era el arma perfecta para caerle bien a las personas, el truco con el que llevaba a cabo su artimaña. ¿Cómo mierda alguien sospecharía que se hallaba ante un bicho ponzoñoso cuando el maldito niño pijo sonreía de aquella manera?
Un año atrás, al verlo sonreír de cerca por primera vez, Axl pensó que los ángeles, si existieran, se verían igual que Jon. Ahora estaba convencido de que se había equivocado: no eran los ángeles los que lucirían igual que él, sino los demonios, seres malignos que conducían a las personas a su perdición.
¿Cómo había llegado a amarlo tanto?
No le encontraba una explicación lógica y repudiaba todo lo que había sentido alguna vez por esa cosa. Se arrepentía de cada minuto desperdiciado a su lado.
Lo odiaba.
—¿Qué haces aquí? —Preguntó en un tono cortante el maldito niño pijo y se cruzó de brazos.
En sus ojos celestes se reflejaba el desprecio, un sentimiento que Axl nunca antes le había visto expresar, al menos no con tanta intensidad. Sin duda seguía dolido por lo que le había hecho.
La verdad, Axl Rose, el vocalista de los Guns N Roses, no se sentía culpable por nada, ni por no haber contestado a sus llamadas, ni mucho menos por haber besado aquella chica en su cara.
¿Por qué se sentiría culpable cuando Jon se había acostado con otro hombre?
El perdón no se hallaba dentro de sus cualidades. Quería que pagara y lo había conseguido. La venganza no lo había hecho sentir mejor, pero al menos había hecho que el maldito niño pijo también sufriera.
—No tengo por qué darte explicaciones, muñequito de pastel —gruñó Axl en respuesta.
—Ey, cálmate —le dijo Doug, su representante, en un tono de advertencia y dirigiéndose a Jon añadió—: Venimos por trabajo. Y por lo visto ustedes también —. Extendió la mano a Doc McGhee, el representante de Bon Jovi.
El otro representante se la estrechó sin problemas y le echó una rápida mirada al vocalista de los Guns N Roses, como si temiera que de un momento a otro lo mordiera.
Por supuesto, Axl no tenía nada contra Doc McGhee: el hombre solo hacía su trabajo, a quien odiaba era al maldito niño pijo. Y allí se hallaba su atención.
¿Por qué estaban los dos reunidos en la puerta de la misma oficina? ¿No irían a pedirles que trabajaran juntos?
No, aquello era una locura. Doug sabía que lo aborrecía. No conocía los detalles, ni siquiera Slash, su guitarrista y mejor amigo, estaba informado de los detalles; no obstante, su representante se hallaba al tanto de que Jon y él habían sido novios y de que las cosas entre ellos habían terminado muy mal. Pedirles que colaboraran era una falta a su confianza. Además, tenía que ser muy tonto para pensar que aceptaría. ¡Prefería morir antes que estar aguantando al hipócrita de su ex!
La última vez lo habían obligado a formar equipo con Jon como represalia por generar un disturbio. Pero esta vez no le había pegado a nadie. De hecho, llevaba un mes sin hacer nada digno de un castigo: Había dejado de meterse en peleas porque tenía un fuerte bloqueo artístico y no era capaz de componer absolutamente nada.
Por mucho que luchaba, ninguna canción acudía a su mente. O por lo menos ninguna que fuera digna de sonar en la radio. Dar canciones de calidad dudosa no era una opción: el disco anterior había dejado las expectativas demasiado altas y los fans no se conformarían con cualquier cosa y mucho menos la disquera.
En conclusión, Axl se exigía demasiado y aun así, las melodías no surgían y las letras que se le ocurrían carecían de gracia. Por esta razón pasaba encerrado muchas horas, aislado en la mansión o en la disquera, presionándose para iniciar un nuevo álbum. Esta obsesión le quitaba tiempo valioso para salir con sus amigos y meterse en problemas.
—Espero, por el bien de la banda, que no planees algo estúpido. Ni siquiera soporto compartir el mismo oxígeno con esa cosa... —le advirtió Axl a su representante y apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos.
Doug retrocedió. Desde que había roto con Jon, Axl se mostraba más irritable que de costumbre; era mejor andarse con cuidado.
—No planeo nada —aclaró—. De la disquera nos mandaron para aquí, a negociar un contrato. No sé qué nos van a proponer y mucho menos que hacen ellos aquí. Solo sé que nos mandaron a la oficina de Samantha Campbell.
—A nosotros también nos citaron en esa oficina, nuestra disquera nos dijo lo mismo —contestó Doc McGhee.
Axl y Jon intercambiaron una mirada de desprecio y a posterior se volvieron a la puerta de madera que se hallaba delante. Los habían citado a la misma hora, en el mismo lugar; aquello no presagiaba nada bueno.
