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Day 1: Just take my hand
El sol de la tarde en Smallville bañaba los campos de maíz en un oro líquido que se colaba por la ventanilla del autobús escolar. Jon Kent, con la mejilla apoyada en el vidrio cálido, sentía el rugir del motor como un zumbido lejano. Su mirada, sin embargo, estaba prisionera de un grupo de chicas de su clase de filosofía. Sus risas eran cascadas cristalinas mientras exhibían unas sencillas pulseras de hilo anudadas en sus muñecas.
—Son pulseras de la amistad —explicó una, alzando la mano para que los colores brillaran al sol—. Así, sin importar lo que pase, siempre sabes que tu amistad es para siempre.
Un puño invisible se cerró en el estómago de Jon. La envidia le sabía amarga y familiar.
No es que no tuviera amigos. Tenía a Damian.
Pero Damian era... Damian.
Un huracán de certezas y cicatrices envuelto en una capa, cuya idea de un gesto cariñoso era no golpearte con toda su fuerza durante el entrenamiento.
Esa misma noche, en los tejados de Gotham, donde el frío mordía y las sombras se alargaban, Jon encontró el valor.
El viento silbaba entre las gárgolas mientras patrullaban, un dúo de siluetas contra el resplandor enfermizo de la ciudad.
—¿Recuerdas esas pulseras de las que te hablé, D? —la voz de Jon sonó frágil contra la inmensidad de Gotham—Las de la amistad. Sé que es una tontería de niños, pero… hay algo en ellas que me gusta.
Damian no se inmutó. Sus ojos, escudriñando la ciudad, eran dos faros implacables.
—Son adornos sentimentales e imprácticos —declaró, su tono cortante como el filo de su espada —Un punto de agarre para cualquier matón con algo de cerebro. Un riesgo táctico innecesario.
Jon sintió una punzada. Era la respuesta exacta que había esperado y, aun así, le dolió. Forzó una risa que se perdió en el viento.
—Tienes razón, qué tontería. Olvídalo.
Y tal como se le pidió, Damian lo olvidó.
O eso creyó Jon.
La semana siguiente fue un lento goteo de ausencias.
El comunicador, usualmente un canal de refunfuños y órdenes secas, permaneció en un silencio inquietante. “Entrenamiento con Grayson”, fue la excusa una noche. "Asuntos de la Empresa Wayne", masculló otra vez, con una voz tan distante que parecía llegar desde otro planeta.
Jon intentó no sentirse herido, pero cada hora de silencio era un grano de arena en una herida abierta.
Así era Damián, se recordaba a sí mismo, un rompecabezas de prioridades que a menudo Jon no podía descifrar.
Hasta que llegó el sábado.
El aire olía a tierra mojada y a pasto recién cortado. Jon estaba hundido hasta los tobillos en el barro, ayudando a su padre a reparar la cerca del gallinero, cuando una sombra larga y familiar se proyectó junto a la suya.
Al girarse, allí estaba Damián, vestido con unos jeans y una sudadera con capucha, una figura tan fuera de lugar en la rusticidad de la granja como un halcón en un palomar.
—Necesito hablar contigo —dijo Damián. Su voz era más grave de lo habitual, cargada de una urgencia contenida.
—¿Eh? Claro, ¿qué pasa? —El corazón de Jon comenzó a latir con un ritmo acelerado y extraño—¿Es la Liga? ¿Problemas en Gotham?
—No. Es algo… personal.
Jon lo siguió hasta el porche de la casa.
Damián se detuvo, dándole la espalda a la inmensidad dorada de los campos. Respiró hondo, con el pecho inflándose como si se preparara para la batalla más difícil de su vida.
—Dame tu mano —ordenó, sin ningún preámbulo.
Jon parpadeó, desconcertado —¿Qué?
La impaciencia cruzó el rostro de Damián como un relámpago. Extendió su mano, palma hacia arriba, una ofrenda inusual y vulnerable. —Solo toma mi mano, Kent.
La confusión se mezcló con una chispa de incredulidad.
Damian no era dado al contacto físico que no implicara un entrenamiento de combate o salvarle la vida.
Con una lentitud temerosa, Jon extendió su mano derecha. Sus dedos temblaban ligeramente al deslizarse sobre la palma abierta de Damian. Era la primera vez que se tocaban sin los guantes. Y, para su asombro, la mano de su mejor amigo no era cálida como siempre había imaginado. Era fría, con la frialdad de la piedra y la sombra. Pero en esa frialdad, Jon encontró una verdad reconfortante, sólida e inquebrantable.
Con una solemnidad que habría sido cómica en cualquier otra circunstancia, Damian sacó algo del bolsillo de su sudadera. No era un arma, ni un gadget, ni nada que perteneciera al mundo del héroe nocturno.
Era una pulsera.
El cordón era negro, un trenzado tenso y perfecto de hilo encerado, el tipo de material que resistiría cuchillas y garras. Entre los nudo se distribuían piedras irregulares: esmeraldas oscuras, profundas como sus propios ojos, que atrapaban la luz con un brillo frío y secreto; intercaladas con pequeños fragmentos de ónix, tan duros e impenetrables como el muro que siempre había intentado erigir alrededor de su corazón.
Los verdes eran una sinfonía muda: verde esmeralda, verde musgo, verde jade. Era el verde que Jon solo había visto en un lugar: los ojos de Damian bajo la luz cenicienta de Gotham.
Con unos dedos sorprendentemente hábiles y gentiles, Damian ató la pulsera alrededor de la muñeca de Jon. El ajuste era perfecto, una segunda piel de hilo y piedra.
Luego, con un gesto brusco que delataba su nerviosismo, empujó la manga de su propia sudadera. Allí, anudada en su muñeca, había una pulsera gemela, pero tejida con una gama de azules que le quitó el aliento a Jon: el azul cielo de un mediodía en Smallville, el azul cobalto de su traje, el azul profundo y eterno del océano.
El azul exacto de sus ojos.
—Brazaletes de la amistad —declaró Damian, su tono deliberadamente plano, como si estuviera leyendo un informe de misión aburrido. Pero sus orejas estaban teñidas de un rojo escarlata—¿Feliz?
Jon no pudo hablar. La presión en su pecho era una bola de calor y asombro que le cerraba la garganta. Miró la pulsera verde en su muñeca, un trozo del alma de Damian que ahora llevaba consigo, y luego la azul en la muñeca de su amigo, un pedazo de su propia esencia que Damian había reclamado para sí. No era un adorno. Era un reconocimiento. Una promesa tallada en piedra e hilo. Un ancla en la tormenta.
Una sonrisa lenta y radiante, tan brillante como los poderes que heredó de su padre, iluminó su rostro, barrando toda la duda y la inseguridad de la semana.
—Sí —logró decir, su voz quebrada por una emoción que ya no podía contener. Y entonces rio, una risa clara y feliz que resonó en el aire tranquilo de la granja como una campana— Sí, estoy feliz.
Damian asintió, una esquina de su boca se curvó en lo que, para él, era una sonrisa desbordante. Desvió la mirada hacia los campos, pero Jon ya había visto el rubor victorioso en sus mejillas.
Sin una palabra más, Damian dio media vuelta y comenzó a caminar hacia donde había dejado su moto. La misión estaba completa.
Jon entró en la casa como en un sueño. Se dejó caer en el viejo sillón de cuero de su padre y levantó la muñeca frente a la luz de la ventana.
Cada cuenta era un "te escuché", un "me importas", un "eres mi mejor amigo" que Damian nunca sabría decir en voz alta.
Era la pulsera más impráctica del mundo. Un villano podría usarla para agarrarlo.
Podría romperse en una pelea… Pero en ese momento, contra su piel, también era un escudo, una armadura forjada con la voluntad más obstinada y el corazón más leal que Jon había tenido el privilegio de conocer.
Acarició las suaves y frías piedras con la yema del dedo, una sonrisa tonta y permanente grabada en su rostro.
Era, sin lugar a dudas, el tesoro más valioso del mundo.
