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Las copas de los árboles cada vez empezaban a verse más altas y cerradas. El verdor dejaba de ser esporádico, y se amontonaba en grupos y largas filas a lo largo de la carretera conforme avanzaban. Poco a poco, la familiar vista del pueblo de Konoha se desplegaba frente suyo otra vez.
Puso una mala cara, y se volvió hacia adentro. No le apetecía seguir contemplando detrás de la ventanilla. Aunque la vista al interior del carro tampoco le causó la mayor gracia.
Detrás del volante, con rasgos visiblemente cansados y evidentes ojeras, Naruto conducía. El mayor apuró de inmedato una sonrisa que Kawaki supo identificar como falsa, de esas que suele poner cuando quiere quedar bien y que todo salga lo mejor posible.
Hubo un tiempo en que eso le habría dado ánimos, le habría devuelto la esperanza y los deseos de vivir una vida feliz con personas que lo habían elegido a él.
—Ne, ya casi llegamos, eh, Kawaki.
Alcanzó y acomodó el espejo retrovisor con su mano prostética. Todo en orden. No había muchos autos además de ellos rumbo al pueblo.
Kawaki se reclinó en su asiento, no sabía qué cara poner. Pero se limitó a asentir, descruzando sus brazos por un momento. Ya estaban atravesando la señal de fondo verde y letras grandes y blancas que decía “Bienvenido a Konoha”.
Mientras el auto se movía suavemente por la carretera, dejando atrás la parte sinuosa por donde habían pasado seguramente como una serpiente de lado a lado con cada curva, Naruto sintió necesario el volver a hablar. Tenía que decir algo, algo para animarlo.
—Ya verás que te irá muy bien. A tu edad, el verano se pasa súper rápido, de veras.
Forzó una sonrisa despreocupada de nuevo. No, esto no podría funcionar. Kawaki ya era todo un jovencito ahora.
Recibiendo un “uhum” como respuesta, Naruto ya no intentó más. Usualmente era Hinata quien era mejor para estas cosas, ella podría saber qué decir en momentos como este.
Al adentrarse en el pueblo, el pasar por las conocidas calles despertó sentimientos y recuerdos que no alcanzaron forma todavía. Kawaki aún se sentía entumecido, si bien lo que actualmente sentía era irritabilidad y deseos de estar solo.
El recorrido fue breve, y Kawaki pronto pudo identificar las fachadas de las casas y demás edificios que conformaban el camino de vuelta a casa.
De vuelta. A casa.
Kawaki volteó de nuevo la mirada. Y quiso no pensar más a fondo.
El sonido de dos puertas cerrándose preludió los pasos que a continuación padre e hijo dirigieron hacia la entrada del que una vez fue su hogar. Un giro de llave, y Naruto tuvo que empujar un poco la puerta con su hombro para poder abrirla por completo.
—Por lo visto esto está… Ah. ¡Ya! Mira eso, ¿eh? —El rubio suspira en lo que se queda mirando ese punto en la parte media alta de la puerta de madera, como inspeccionándola. —Tal parece que tendré que echarle un vistazo. La humedad la ha de haber afectado.
Mientras Naruto hablaba, Kawaki siguió caminando por el pasillo previo a la entrada. Llevaba su mochila con la correa cruzada del pecho a la espalda, y una maleta ligera en la mano derecha; con la que maniobró y terminó de llevar con ambas manos: se había negado a que Naruto le ayudara con su equipaje.
Naruto sólo había llevado una maleta un tanto más pequeña, más simple. La había dejado en el piso y ahora la había vuelto a tomar una vez cerró la puerta de la casa de una vez por todas.
Los ojos grises de Kawaki miraron alrededor. Había polvo por doquier y la nariz le picaba en un inminente…
—¡Achoo!
Estornudo.
Llevándose un dedo bajo la nariz, el chico refunfuñó por lo bajo. Cruzó los brazos después, luego de haber dejado caer su maleta. Eso sólo levantó más polvo y le hizo estornudar nuevamente.
—Ah. Mira todo este polvo —Naruto dice, conteniendo su tos; aunque esta termina por emerger. Intenta no estornudar, y casi tiene éxito. —Cielos. Uff… Creo que hace falta limpiar aquí.
Y era cierto. Hacía meses que Naruto y Hinata habían venido a limpiar, teniendo en cuenta que no venderían la casa todavía y necesitaban darle la vuelta de vez en cuando. Pero, al final, la habían descuidado, y ahora todo estaba cubierto por una fina capa de polvo.
Kawaki sacudió su maleta con la palma abierta. Genial. Hacer la limpieza no le emocionaba en lo absoluto.
—Oye, Kawaki. ¿Qué tal andas de hambre? —Los ojos azules de Naruto se alzaron al hacer una pausa en su inspección en la sala y el comedor.— ¿Por qué no vas y compras taiyaki de ese lugar que tanto te gustaba? Yo limpiaré mientras tanto.
Y dicho esto, le extendió unos billetes que había sacado de su cartera de forma de rana.
—HUH.
Parpadeo. Kawaki apretó los billetes contra su palma, y miró a Naruto.
— Vamos. Y si quieres da una vuelta en lo que termino con la casa. ¿Qué dices? —La sugerencia, clara orden, fue dicha tan despreocupadamente; tan propio de Naruto. Kawaki no podía negarse, así que asintió.
—Agh… Pfff.
Kawaki soltó un suspiro de cansancio tras darle la espalda a la puerta de la entrada. Con la mano en la cabeza, se despeinó sus cabellos de momento, antes de empezar a caminar.
Llevó después sus manos a los bolsillos. Los billetes que Naruto le había dado para comprar la comida se apretujaron hasta el fondo de uno de estos con esta acción.
Una ojeada alrededor, y le pareció que el pueblo no había cambiado en absoluto. Las casas de esa calle seguían luciendo igual, quizás alguien había renovado la pintura con una capa del mismo color. Nada sobresaliente.
Las mismas fracturas en el suelo de ese lado de la banqueta por donde iba, todo el desgaste del asfalto pese a haber sido renovada cercano a la fecha en la que él llegó con los Uzumaki. Los postes, y algunos muros, exhibiendo avisos vecinales y demás…
El mismo árbol viejo, tan grande, de tronco grueso y abundantes ramas; cuyas hojas y flores caen tanto en el patio del hogar donde pertenece como en la banqueta a la queda. Todo se ve igual. Kawaki pasa debajo de él, y no puede evitar sentir cierto reconforto mezclado con algo de melancolía y amargura.
Cruza la calle, y a la siguiente da vuelta a la esquina. Es allí donde logra ver pasar a un par de chicas. Logra reconocer a una de ellas, regordeta y comiendo taiyaki con afán; la tienda está a unos escasos metros, seguramente acababan de comprar allí. Chochō parece no mirarle, el par se veía demasiado enfrascado en la plática. Y a lo que Kawaki recuerda, el cotilleo es una de las cosas que le interesa bastante a la Akimichi.
Su mirada es dura y seria. Su desinterés siempre parece ser frío, aún y cuando no lo es. Es difícil describir lo que siente, pero siempre le fue difícil adaptarse a Konoha. Y ahora las cosas distaban mucho a esos tiempos.
Kawaki dio un largo suspiro. Cruzó la calle sin voltear, no había escuchado ningún auto y generalmente el vecindario era tranquilo y con escasa circulación vehicular como para preocuparse por ello. Al acercarse, tan pronto el señor de la tienda le vio, pareció tomarle unos segundos para recuperarse del asombro de tal encuentro.
—Kawaki. Vaya, no esperaba verte.
—Sí. Bueno… Estaré aquí unas semanas —no quiso darle mucha importancia, brevemente tocándose el lado del cuello. Soltó algo de aire y volvió a bajar la mano.
—Entiendo —al hombre parecía no importarle tampoco, aunque le miraba con cierto recelo—. Claro. Un tiempo, sí. Eh… Ya te sirvo. Lo mismo de siempre, ¿verdad? Un pco de todo.
—Sí.
A simple vista, todo parecía normal. A simple vista… No era tan fácil observar los detalles. El cómo el señor Goshima le miraba de reojo, y parecía hacer gestos de desaprobación para sí, como si estuviese pensando. Pero claro, no era su imaginación. Ni tampoco era novedad.
No era como si la mayoría de la gente del pueblo hubiese estado feliz de que viviese ahí cuando llegó en un principio. Y quizás el señor Goshima nunca se lo haya dicho en la cara, pero estaba claro que la noticia de que volvía a vivir allí por un tiempo ahora no le agradaba del todo.
A Kawaki le importaba un comino. Jamás sintió que encajaba ahí, pero se tuvo que conformar. Ahora sólo eran unas semanas. Unas malditas semanas y después… Libertad. No tenía ni idea de lo que vendría después, y no planeaba en pensarlo.
—Aquí tienes.
Tomó la bolsa de comida, y dejó los billetes sobre la barra. Goshima le devolvió el cambio de la misma manera. Los dedos de Kawaki tocaron la superficie de la barra, y guardó el billete nuevo y las monedas.
Además de taiyaki, Kawaki pasó por ramen antes de volver a casa. Al señor Teuchi también le sorprendió verlo allí, pero tampoco le dio detalles al respecto.
—Salúdame a Naruto, hijo. Le agregué más pasta de pescado a su plato —el hombre siempre era tan amable, con todo y con todos. —Y dile que venga, a mi hija y a mí nos gustaría charlar con él cuando pueda. Ha de estar muy ocupado, pero seguro que vendrá. Ha pasado mucho tiempo. ¿Sí te he dicho que este es su restaurante favorito desde que era un niño? Jaja. No es por alabarme a mí mismo, pero recuerdo mucho esos días, cuando él tenía tu edad…
—Aquí está tu orden, Kawaki-kun.
—Gracias.
Ayame le sonrió brevemente, servicial, detrás de la caja. Y él realizó el pago de su compra.
—Vuelve pronto.
—No te olvides de decirle. Sería bueno platicar con él —y entonces, añadió más bajo, como hacia su hija mientras Kawaki salía del establecimiento: —Quizás debería visitarlo.
—Papá. Acaban de llegar. No los molestes.
Y eso había sido un poco inusual, para Kawaki; al menos. Pero qué más daba, quizá el viejo Teuchi ya estaba, en verdad, viejo. Tal vez se estaba poniendo sentimental con la edad.
Pues en todo lo que llevaba de conocer a Naruto, él era quien acudía al señor del restaurante de ramen; no al revés.
Kawaki tenía las manos ocupadas, llevando la bolsa de ambas órdenes de comida; cuyo tamaño era grande ahora. Caminó de regreso, e iba a pasar enfrente de una tienda de conveniencia de no ser porque algo captó su atención en ese instante.
Se devolvió, caminando hacia atrás un par de pasos, antes de dar la vuelta y quedar de pie entre la pared lateral de la tienda y la casa colindante de la anterior calle. Sabía que no podía haberlo imaginado.
De pie, miró más allá. Y confirmó que había captado bien esa cabellera de pálido azul que había visto por el rabillo del ojo al cruzar. Ahí estaba él, habiéndose percatado de su presencia también y de que le miraba. Con su discreta sonrisa, y esos ojos dorados. Mitsuki.
Mitsuki siempre había sido… ¿Cómo decirlo? Inusual en su forma de ser. Kawaki siempre le llamó raro, y aunque él jamás se molestó; hasta parecía que le divertía el apodo. Y es que, ¿qué chico en su sano juicio tendría una colección de serpientes como mascota? Además de que Mitsuki era en verdad peculiar...
—Kawaki. Has vuelto.
El niño no parecía sorprendido en absoluto de volver a verlo. De cierta forma, Kawaki esperaba eso. Y parte de él se complació de que fuese así, pero no lo haría evidente.
—¿Qué? ¿No esperabas verme de nuevo?
Mitsuki negó con la cabeza a la pregunta que Kawaki había formulado con cierta sorna, como para alardear.
—No. Yo sabía que volverías.
Aquello le dejó contrariado. Y estrujó la bolsa de papel entre sus manos.
Mitsuki volvió a sonreír, y a asentir. Seguía vistiendo el mismo haori de siempre, con ese estilo de dos tonos. Por alguna razón, Kawaki siempre le recordaba vestido así, y no con el uniforme escolar.
… No es que pensara mucho en él. En absoluto.
—Pues s-sí. Estaré aquí todo el verano, ¿sabes? —contestó con algo de fingida molestia. Queriendo sonar tosco también.
—Ya veo. Pues, saluda al señor Naruto de mi parte.
Kawaki no iba a inquirir si le enviaba sus saludos a alguien más. Mejor así. Él sólo soltó un leve gruñido por lo bajo, y asintió.
—Sí, claro.
Ya estaba haciendo ademán de irse, dando media vuelta.
—Nos veremos después, Kawaki.
Le escuchó decir. Y no intentó mirarlo de nuevo ni responder.
Fue sólo hasta que se dio cuenta de que del otro lado de la acera, saliendo de la tienda, Shikadai Nara le miró que borró la inesperada sonrisa de su rostro.
—¡¿Qué me ves?!
A decir verdad, esperaba ver poco progreso con la limpieza cuando volviera. Apenas llegó, la entrada ya estaba ausente de polvo que se sintió libre de dejar sus zapatos en la entrada.
—¡Ya regresé!
Kawaki anduvo en calcetines, viendo que el camino hacia el comedor estaba despejado también. Y fue entonces que vio que eso era todo. Naruto estaba sentado, con su laptop abierta y revisando unos documentos; seguramente ya había empezado a trabajar de nuevo.
—Te tardaste más de lo que creía, Kawaki —le recibió Naruto con una sonrisa. No era tanto así como un regaño, el rubio siempre había sido así de despreocupado y dejándolo ser. Incluso cuando Kawaki supiese que debía ser más severo con él—. ¿Te topaste con algún amigo o algo?
El muchacho simplemente dejó la bolsa de comida sobre la mesa y empezó a sacar el contenido casi en silencio. Primero, el taiyaki, y después el ramen. De inmediato, el Uzumaki mayor captó el olor tan familiar.
—¿Ramen? Oh. Es por eso que tardaste.
Su sonrisa era casi tan amplia como las de antaño. Y al menos a Kawaki le hizo sentir mejor. Sólo era ramen, pero era la comida favorita de Naruto.
—Sí. Teuchi te manda saludos. Dice que quiere platicar contigo —contestó, no tan secamente.
—¡Qué bien! Bueno. Siéntate, siéntate. Vamos a comer —mientras hablaba, Naruto cerró su laptop, e hizo más espacio en la mesa, presuroso. Entonces se puso de pie—. Qué bueno que tenemos las sodas que compramos en el camino. Las sacaré del refrigerador… El viejo Teuchi, ¿eh? Ah… tiene años que no lo veo…
En lo que Naruto tomaba las bebidas de la cocina, Kawaki no pudo distinguir muy bien el tono de su voz que provenía desde allí. Pero no le gustaba. Creyó sentir algo, como una especie de incomodidad. Odiaba pensar que tenía que descifrar cada interacción con él, que le ocultaba el cómo se sentía de verdad y el qué estaba pasando.
Pero así eran las cosas ahora. Y tal vez ya nada sería igual.
Mirando a su taiyaki de natilla sin cabeza, y masticando el resto de él que tenía en la boca tras haberlo mordido, a Kawaki le pareció que tenía el mismo sabor de siempre.
—Bueno, ¡que aproveche!
Naruto agradeció la comida, tan escandalosamente, mientras el chico lo hacía por lo bajo y entre dientes. Después, se escuchó sólo el ruido de los fideos siendo succionados y devorados.
Kawaki desenroscó la tapa de su botella de soda, y bebió de ella. Sus ojos alcanzaron a notar el atardecer, por la luz anaranjada que se proyectaba desde la ventana hacia la pared frente a él.
Mañana sería un día muy largo.
