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Some are born to endless night

Summary:

Tras la derrota de Argosax, Dante se encuentra vagando solo en el infierno, presa de sus propios demonios... hasta que un encuentro casual con un Shadow le lleva a encontrarse también con Vergil, maltrecho y confundido, pero sin duda, vivo. Ahora con un motivo para volver, Dante tendrá que enfrentarse al infierno y al trauma de su hermano si quiere salir de ahi con vida, y llevarlo consigo. Pero, ¿que tanto de Vergil queda aún en ese cuerpo maltrecho y esa mente destruida? ¿Sigue ahi, oculto bajo el peso de la tortura, o se ha perdido para siempre? (Soy terrible para los resumenes pero hay drama, lo prometo XD)

Notes:

Vuelvo de entre los muertos con otra humilde ofrenda al fandom de Devil May Cry, cortesía de mi amor por fastidiar personajes ficticios y los constantes latigueos creativos de mi amiga Razielle. Esto es, en esencia, un muy largo regalo para ella, asi que agradezcanle porque de no ser por su inspiración e insistencia este fic no estaría aquí XD

Sin más, disfruten y, si les nace, dejen algun comentario lindo que vivo de comentarios

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Capítulo 1

Chapter Text

Tras las primeras semanas, el infierno se volvía repetitivo. Kilómetro tras kilómetro de terreno irregular y oscuro, rodeado de formas bizarras y de un aire viciado con un olor que hacía rato había dejado incluso de notar, en un sitio que pese a no tener sol irradiaba un extraño e incómodo calor.

Dante caminaba sin rumbo fijo, consciente tan sólo del eco de sus propios pasos y su soledad en aquella eterna penumbra. Hacía tiempo ya que la moto había quedado olvidada en algún punto del infierno, convertida en poco más que un montón de chatarra y una deuda más que añadir a una lista demasiado larga. Ahora, no le quedaba más remedio que caminar por medio infierno con las pocas posesiones que había logrado salvar: su juego de pistolas, Ebony e Ivory; la Rebellion firmemente sujeta de su espalda, y la bolsa de provisiones que Trish prácticamente le había obligado a llevar consigo a la misión “por si acaso”, y que Dante no había arrojado aún más por concesión a la genuina preocupación de su compañera que por verdadera necesidad. Dudaba que cualquier cosa en aquella bolsa fuera útil para una excursión indefinida en el inframundo.

Suspiró con una mueca. Lo cierto es que en ese momento no le habría molestado mucho escuchar los regaños de Trish. Por una vez en mucho tiempo, no había demonios en la cercanía, lo que sumía al marchito espacio por el que transitaba en un pesado silencio, interrumpido sólo por sus propios pasos.

Dante odiaba esos momentos. Era mucho más fácil al inicio, cuando, tras lanzarse de cabeza en busca de Argosax, se había topado con horda tras horda de sus demonios, y cada segundo de su camino se encontraba sumido en la danza mortal de su espada, las balas de Ebony e Ivory, su propia respiración agitada. No había pensamientos entonces, tan solo la rítmica rutina del cazador de demonios y su cuerpo moviéndose casi por instinto. Dante conocía ese mundo, sabía moverse en él. Vivía para ello.

Lo que no soportaba era el silencio, opresivo y oscuro, recordándole cosas que prefería olvidar.

El eco de los gritos de dolor de Vergil en Isla Mallet, cuando sin saberlo había terminado con su vida. El silencio que siguió después, al recoger del suelo la otra mitad del amuleto y darse cuenta de la terrible verdad. El vacío que lo había seguido, cuando incluso entre la frenética huida Dante no podía dejar de pensar en su hermano, y sentir el vacío de su ausencia… la sangre que por más que intentara borrar seguía viendo en sus manos…

Dante se detuvo con un jadeo, incapaz de tomar aire por más que lo intentaba. Se llevó una mano al pecho, donde podía sentir su corazón frenético y su respiración entrecortada. Maldita fuera la calma de aquel abismo, que le obligaba de pronto a enfrentarse a su propia tristeza.

Se preguntó en ese momento qué demonios hacia allí, caminando sin rumbo en busca de una salida. Después de todo, ¿Qué quedaba para él en el mundo humano? Los restos carbonizados de una casa, el piso solitario y demasiado vacío de Devil May Cry, gente que tarde o temprano debía alejarse para seguir con sus vidas. ¿Para que querría él volver? Este había sido el reino de su padre; tal vez, era aquí donde…

Dante sintió un vuelco al reconocer las palabras de Vergil en su mente, aquel fatídico día en que su hermano había elegido quedarse y se había condenado, a él mismo y al propio Dante, a una vida de dolor.

Recordarlo le hizo apretar los puños de rabia, aferrando la empuñadura de Rebellion con tanta fuerza que el elaborado diseño se le clavaba en los dedos. Había sido un idiota; debió haberlo seguido, debió haber estirado la mano lo suficiente, ¡maldita sea! Arrastrarlo con todo y el filo de Yamato de vuelta, si con eso podía… nada de esto habría sucedido si hubiera sido más rápido. No habría Nelo Angelo, no habría Isla Mallet, y entonces… entonces Vergil seguiría vivo.

Dante se rio de sí mismo. Tanto tiempo evitando pensar, eludiendo la culpa y el dolor que lo consumían por dentro con una fachada de despreocupación o indiferencia, y no servía de nada. La pena seguía ahí, tan fresca y dolorosa como aquel primer día tras Isla Mallet. A estas alturas, parecía que nunca se iría. Si cerraba los ojos, Dante incluso podía sentir aun la esencia de Vergil, apenas perceptible entre los escombros y la oscuridad de Mundus, intentando alcanzarlo sin que él lograra reconocerlo a tiempo…

Dio un respingo, y detuvo sus pasos casi de inmediato al darse cuenta de una presencia más real que la de sus tormentosos recuerdos. No era la de Vergil, por supuesto. No podía serlo, por más que Dante lo deseara, pero era sin duda una esencia familiar, que se imponía a la extraña calma en aquel camino como un manto, o una llamada de advertencia para cualquier demonio que se atreviera a pasar.

Sin duda, era el motivo por el cual la zona estaba tan vacía. Lo que sea que acechaba en la cercanía era más poderoso que los demonios menores con los que Dante se había topado a menudo. Era obvio que eludían la zona para salvar su triste pellejo. Pero él no era un demonio menor acobardado, y la idea de una criatura poderosa vigilando sus pasos, a la espera de atacar, no le gustaba nada, de modo que en vez de seguir su camino intentó ubicar con más precisión a su rival invisible, alejándose del improvisado sendero para adentrarse en lo que parecía ser un bosque marchito y gris.

Una parte de él se preguntaba qué demonios estaba haciendo. El infierno estaba plagado de demonios, ¿Qué más le daba uno o dos a la distancia? Podía haber seguido su camino, y a la mierda lo que estuviera en aquel bosque mientras no cometiera la idiotez de atacarlo. Pero algo tiraba de él, como si su instinto le gritara que éste era distinto… o tal vez fuera simplemente su pesar, que lo abrumaba a tal punto que un combate sonaba como un bálsamo de paz; luchar, correr, sangrar, cualquier cosa era mejor que el silencio y la soledad que daban rienda suelta a su tristeza. Un demonio acechando era una buena solución para distraerse, supuso él.

Aunque lo esperaba, el despliegue de hostilidad apenas puso un pie en el bosque marchito le arrancó un jadeo de sorpresa. La esencia del demonio estalló como una granada, y las sombras de los escasos árboles se estremecieron para luego avanzar como garras sedientas hacia él. Dante saltó por puro instinto, justo cuando las sombras se materializaban en una hilera de afiladas agujas, tan gruesas como sus piernas, que destrozaron la tierra a su alrededor mientras un extraño rugido hacía eco en el aire.

Justo al aterrizar en un sitio seguro, Dante alcanzó a ver la figura oscura y elegante de una pantera, que cayó frente a él salida de quién sabe dónde, fijó sus ojos rojos en el cazador de demonios, y soltó de nueva cuenta aquel rugido gutural.

Shadow. Perfecto. Dante aferró la empuñadura de la Rebellion y llevó la mano libre hacia Ebony, listo para atacar en el instante en que la pantera shadow lanzara el segundo ataque… pero ésta, en cambio, no se movió.

Dante frunció el ceño. Los Shadow eran feroces y territoriales, y una vez que se topaba con uno no había modo de hacerle retroceder más que matándolo; además, era evidente que aquel demonio no estaba nada contento con su presencia, a juzgar por el modo en que mostraba los colmillos y el brillo sobrenatural de sus ojos rojos. ¿Por qué, entonces, no atacaba?

De pronto, algo encajó en su cabeza, y Dante dio un respingo. En Isla Mallet, el primer Shadow con el que se había enfrentado no había surgido de la nada: había estado protegiendo algo importante, actuando como una especie de retorcida prueba de valor. Esta pantera debía estar cuidando algo… sí, eso era. Y debía ser algo terriblemente importante, como para que el demonio no se lanzara al ataque, reacio a arriesgarse a descuidar su tesoro.

Dante evaluó su posición. No sabía qué podría estar cuidando la shadow, pero en el infierno podía haber mil y un artefactos arcanos que valieran la pena proteger, muchos que de llegar al mundo humano podrían causar innumerables desgracias. Podía ser, incluso, que el demonio estuviera protegiendo el camino, una entrada, un portal. Con un poco de suerte, un portal al mundo humano.

Era una posibilidad remota y rebuscada, pero no es como si Dante tuviera muchas opciones para empezar. Lo que sea que protegía la shadow, era importante, y no podía dejarlo pasar.

—Bueno, gatita… hora de jugar —soltó, sin saber por qué de pronto se refería al demonio en femenino. Bueno, era una pantera, supuso él, lo que evocaba un pronombre femenino… Daba igual.

Dante se lanzó contra la pantera con un arrojo que sin duda Trish o Lady habrían calificado de imprudente. La shadow se sacudió, y su figura tembló en una milésima de segundo para luego fundirse con el suelo, arrojando una línea mortal de agujas negras que intentaban por todos los medios empalarlo o clavarlo al piso. Dante las esquivó con rapidez, usando Rebellion para cortar cuanta aguja alcanzara sin necesidad de quedarse quieto. Para su sorpresa, apenas pareció rebasar a la shadow ésta dio un feroz salto y se arremolinó en el aire, formando un afilado disco de oscuridad que cayó contra el cazador en una línea casi desesperada, lo que obligó a Dante a frenar y retroceder, disparando un par de rondas ahora que tenía a su rival a la vista.

La shadow volvió a fundirse en el suelo, protegiéndose de cualquier daño, mientras Dante aprovechaba y daba un salto para intentar mirar detrás de ella. Vio la misma tierra oscura de antes, las mismas ramas marchitas… nada de portal, ni artefactos, si acaso un pequeño montículo de lo que parecían ser ramas negras, dispuestas en una especie de… ¿era eso un nido?

La demonio rugió como única advertencia al tiempo que unas fauces de sombras emergían del suelo, reduciendo la distancia hasta que consiguieron morder una de las piernas de Dante. Éste soltó una maldición, pero poco pudo hacer excepto dejarse llevar cuando la shadow lo sacudió en el aire como un muñeco, y lo arrastró consigo hasta azotarlo contra el suelo.

Dante soltó una maldición, pero alcanzó a apuntar lo suficiente para disparar un par de veces en la boca abierta de la shadow, que chilló y retrocedió con un rugido furioso para luego desaparecer nuevamente. El cazador ni siquiera se permitió evaluar las heridas; sintió al menos el pinchazo cuando la piel de su pierna se cerraba, y su sangre demoníaca sanaba los profundos cortes mientras la shadow volvía nuevamente al ataque, convirtiéndose en cuatro afiladas lanzas que se lanzaron al frente contra Dante, obligándolo de nueva cuenta a retroceder mientras se mantenía en su sitio, interponiéndose entre él y lo que sea que había tras ella.

Aquel era un comportamiento extraño. Una y otra vez, Dante intentó obligarla a moverse, y en cada ocasión la shadow se mostraba reacia a ceder su posición. Sin embargo, tras ella no había nada que pareciera de valor para algún demonio o humano, nada excepto aquel extraño nido de ramitas. Intrigado, Dante se preguntó si sería una especie de cubil donde la shadow ocultara a sus crías. Si es que parían crías. ¿Cómo rayos se reproducían esas cosas? ¿De verdad había pequeños demonios gatunos jugueteando entre…? Sonaba tan ridículo que Dante se preguntó si estaría perdiendo el juicio, pero ¿Qué otra explicación había? La shadow se comportaba, justamente, como una madre defendiendo crías.

—Bueno, sólo hay un modo de saber —jadeó él, y en el siguiente ataque dio un poderoso salto, empuñó con fuerza Rebellion, y la dejó caer con todo contra el cuerpo de la shadow.

Tal y como esperaba, ésta no tuvo más remedio que difuminarse de nuevo, dejando a la vista momentáneamente el improvisado nido. Dante escaneó la zona con rapidez, esperando ver un par de ojos rojos devolviéndole la mirada entre las ramas, o el temblor familiar de las sombras cada que un Shadow se movía…

Lo que vio, en cambio, fue un brazo, tan pálido que parecía brillar en la penumbra, tan inmóvil como un cadáver semi enterrado entre las ramas.

Dante sintió un vuelco de pánico, y una rabia que le recorrió el cuerpo como una descarga. Ese era definitivamente un brazo humano, pero ¿Qué demonios hacia ahí? ¿Cómo había podido llegar un humano hasta el infierno? La shadow no le dio tiempo de más, emergiendo del suelo como una esfera de oscuridad con afilados colmillos, que abrió las fauces una vez más con toda la intención de devorarlo ahí mismo.

Dante giró en el aire y esquivó el golpe, disparando varias rondas con Ebony e Ivory para ganar tiempo. La shadow se quedó paralizada por un instante, y el cazador aprovechó para adelantarse y trazar un feroz corte con la hoja de Rebellion, que consiguió atravesar las sombras y abrir un amplio corte.

La shadow desapareció de nuevo, pero esta vez Dante no iba a prestarse a sus juegos. Era distinto ahora, con la vida de un ser humano en juego, y no iba a permitir que aquella alimaña se alimentara en su presencia. Podía sentir aun la vida en aquella persona, y una extraña esencia que tiraba de él casi con un aire familiar. No, esto se había vuelto serio, y si el humano estaba vivo, no había tiempo para jugar.

La shadow reapareció a un lado, lanzando de nueva cuenta sus agujas negras, pero esta vez Dante la esperaba. En vez de retroceder, se limitó a esquivar lo mejor que pudo el ataque mientras se lanzaba al frente, ignorando la punzada de dolor cuando las agujas le rozaron la piel, ignorando el momento en que la correa de la bolsa se rompía, y el fardo de Trish caía al suelo con un golpe seco mientras Dante reducía la distancia, alcanzaba el cuerpo central de la shadow, y dejaba caer sobre ella toda la furia de Rebellion.

Era evidente que el demonio no esperaba aquello, de modo que fue incapaz de alejarse a tiempo. La pantera apenas y temblaba para adoptar otra forma cuando Dante lanzaba ya otro corte, y otro, obligándola a retroceder mientras ahora era él quien avanzaba paso a paso, corte tras corte, consciente de la esencia que yacía detrás, y que a cada paso resultaba más reconocible, más real. Más parecida a un recuerdo, que evocaba en él algo que no quería recordar.

La shadow retrocedió tras lo que pareció una eternidad, debilitada y furiosa de nueva cuenta en su forma de pantera. Su cuerpo, antes negro, brillaba ahora con un aura rojiza que delataba lo mal herida que estaba. Dante jadeó y se puso en guardia; este solía ser el momento más difícil, cuando el demonio se abandonaba a una frenética y desesperada lucha por vivir, lo que lo volvía muchísimo más violento y peligroso. En estos momentos, la shadow debería estallar en espinas y fuego, en miles de agujas y colmillos, en movimientos rápidos y letales.

En vez de eso, se plantó firme entre Dante y su presa, mirándolo con aquellos ojos rojos llenos de furia y decisión. Dante se preguntó desde cuándo luchaba un demonio con tal fiereza por una sola presa, cuando le era más sencillo huir y buscarse algo mejor.

A menos… que no fuera una presa.

Inseguro, Dante hizo a un lado la Rebellion y tomó en su lugar a Ivory, apuntando con toda la calma que no sentía no hacia la shadow, sino al nido de ramitas y aquella mano inmóvil. Era ridículo siquiera pensarlo, pero ¿no había pensado él mismo que la pantera parecía más protectora que hostil? Quizás fuera eso lo que le dio la confianza suficiente para apretar el gatillo, y disparar contra el oscuro nido.

Como en cámara lenta, vio que la pantera demoníaca reaccionaba, vio el momento en que su figura volvió a deshacerse, convirtiéndose en una masa amorfa que se elevó como un chorro de tinta, se retorció en el aire… y recibió la bala en su lugar.

Dante bajó su arma, sin comprender qué demonios sucedía y al mismo tiempo sorprendido con lo que miraba. Un demonio, protegiendo la vida de un humano. Aquello era imposible… o no. Después de todo, ¿no era él mismo un testimonio de que había demonios capaces de amar y proteger? Su padre, Sparda, se había enfrentado a su propia raza por defender a la humanidad. ¿Por qué no podría un Shadow hacer lo mismo?

Sin importar el motivo, era claro que la pantera demoníaca estaba protegiendo a aquel humano. Lo que, tal vez, podía significar que entendía más de lo que Dante le daba crédito. El cazador bajó su arma, y luego levantó ambas manos en señal de paz.

—Oye, gatita… —soltó, sintiéndose expuesto y ridículo a la vez. La shadow gruñó. —¿Qué tal una tregua? Si me dejas ver a tu amigo de ahí atrás, tal vez pueda ayudar —ofreció, al tiempo que daba un paso y luego otro hacia el nido, bajo la atenta mirada de la pantera. Dante pensó que esta tenía que ser de las mayores idioteces que cometería en la vida (bajar las armas, intentar razonar con una criatura letal y acorralada) pero, al menos, la shadow permanecía inmóvil. —No debe estar aquí, y lo sabes. ¿No?... maldita sea, ni siquiera sé si entiendes lo que digo… sé una buena gata y déjame pasar, ¿sí? Tal vez te compre una gran lata de atún si te comportas —continuó, acercándose cada vez más, consciente de los ojos rojos que estudiaban cada uno de sus pasos, que evaluaban su rostro con una inteligencia extraña, casi como si fuera capaz de comprender.

Hasta que, para su sorpresa, la pantera dio un paso atrás, y su esencia demoníaca antes poderosa se atenuó lo suficiente para arrancar de Dante un jadeo.

Porque ahí, al fin libre de la presencia de la shadow, una esencia más estalló en sus sentidos, arrancándole el aliento y evocando el filo agudo y elegante de una espada, y un destello de ropas azules antes de caer en el abismo.

Dante sintió que pasaba por todas las emociones existentes, que su cuerpo se paralizaba y al mismo tiempo se sacudía en un poderoso espasmo, como si la lanza de un Frost lo hubiera atravesado de repente, pasando del agudo dolor al entumecimiento del frío. Su corazón parecía rehusarse a latir, sus pulmones no conseguían jalar el aire suficiente, y su cuerpo se movió entonces por iniciativa propia, echando a correr como si la vida se le fuera en ello para luego dejarse caer sobre el nido. Dante apartó las ramitas con una desesperación casi visceral, ignorando las ramas que se clavaban en su piel y el sudor perlando su frente, el temblor en sus manos y su propia mente desbocada, que repetía una y otra vez que eso no podía ser, que debía ser un truco, una alucinación procedente del calor infernal.

No podía ser, no podía, no podíanopodíanopodía…

Hasta que las ramas ya no estaban, y Dante se encontró mirando un espejo de sí mismo. Pálido, demacrado, inconsciente, pero tan idéntico a sí mismo que sintió un nudo en la garganta, y un ardor que cerca estuvo de hacerle soltar un gemido de dolor. Antes de darse cuenta, había estirado una mano, acariciando con dedos temblorosos el rostro inconsciente en el suelo, sintiendo el débil, pero persistente latido de un corazón bajo la piel.

—¿Ve… Verge?

El nombre flotó en el aire como una ilusión, pero ahí estaba él: pálido e inconsciente, pero sin lugar a dudas, vivo. Los recuerdos de su último encuentro inundaron la mente de Dante como si una presa se rompiera, desbordando todas aquellas emociones que llevaba guardando en lo más hondo de su ser. Hasta que fue incapaz de contenerse, y levantó el cuerpo lívido de su hermano para aferrarlo contra sí en un abrazo.

Vergil no se movía, tan flojo e indiferente como un cadáver, pero Dante podía sentir el latido de su corazón, como un suave tamborileo junto a su oído cuando, al fin, se abandonó para apoyar el rostro en el cuello de su hermano, sin importarle el terreno hostil, la mirada vigilante y feroz de la shadow… la humedad en sus ojos, fluyendo por sus mejillas hasta depositarse en la piel terriblemente pálida de Vergil…

Fue eso último lo que, al final, le devolvió la razón, y Dante recupero la cordura lo suficiente para al menos volver a depositar a su hermano en el suelo, y evaluar su condición con un ánimo más profesional.

No tenía ni la más maldita idea de cómo es que Vergil había acabado en aquel punto del infierno, pero los rastros de su sufrimiento estaban escritos en cada centímetro de su cuerpo desnudo. Dante notó de inmediato los moretones, los cortes a medio sanar, el tono aun levemente azulado de su piel… las heridas a medio sanar, hechas por una hoja terriblemente familiar. Era obvio que, tras su derrota, Mundus se había deshecho de él como quien descarta un arma rota e inservible. O, tal vez, el propio Vergil se había rebelado, recuperando la razón lo suficiente para recordar quien era él, quien era Mundus… Dante se preguntó qué tan lejos estaban de lo que una vez fuera Isla Mallet, y sintió un escalofrío.

No debía ser muy cerca. ¿Había viajado Vergil todo ese camino en esas condiciones?

Dante estiró la mano, y rozó con cierto temor un punto en el brazo de su hermano donde su piel blanca se teñía con varias venas pequeñas, de un negro profundo, que le recordaron con un estremecimiento las marcas que viera cuando el casco de Nelo Angelo había caído, revelando su rostro. Apenas rozarlas, Vergil soltó un débil gemido de dolor.

La pantera demoníaca soltó un gruñido de advertencia, aunque no hacía falta. Dante apartó la mano de inmediato, con un nudo en la garganta y un sudor frío que le recorría la espada. Recordaba bien esa voz, y ese gesto teñido de dolor cuando… cuando él…

Soltó una maldición entre dientes.

—Mierda, Dante. Contrólate —se susurró a sí mismo. Este no era momento para culpas. Vergil estaba terriblemente frío pese al calor casi sofocante del infierno, y las heridas no parecían estar sanando como debían. Su hermano estaba demasiado débil.

En un instante, Dante dio un respingo y buscó con la mirada hasta dar con la bolsa de Trish, abandonada en el suelo apenas a unos pasos durante su combate con la shadow. El cazador se levantó de inmediato, prácticamente corrió en su busca, y la abrió para sacar uno de sus característicos sacos rojos.

Bendita fuera la actitud maternal de Trish.

Dante regresó al lado de Vergil de inmediato, todo bajo la atenta e inquietante mirada de la pantera demoníaca. Por primera vez en todo ese rato, sintió la cabeza lo bastante clara como para preguntarse por qué aquella criatura se mostraba tan protectora con su hermano. Los demonios no eran ajenos al amor o la lealtad, pero por lo general cada uno se protegía a sí mismo sin importarle mucho los demás. Aquella shadow no sólo había luchado por defender a Vergil, sino que había estado dispuesta a dar su propia existencia en ello. Incluso ahora, en aquella tensa tregua, la criatura lo miraba como si intentara advertirle que, de hacer daño a Vergil, ésta se cobraría con su sangre. Ese tipo de feroz lealtad era, como mínimo, extraño.

Daba igual. Ese era un problema para otro momento. Ya tendría oportunidad de descubrir lo que la ataba a Vergil cuando su hermano despertara, y pudiera explicarse.

Sintió un escalofrío recorrerlo al darse cuenta de sus propios pensamientos. CUANDO su hermano despertara. CUANDO pudiera hablar con él. Porque ahora estaba vivo para hacerlo.

La sola idea cerca estuvo de arrancarle un sollozo, y al mismo tiempo encendió en su pecho un calor que no recordaba haber sentido en mucho, mucho tiempo. Dante tragó saliva, obligándose una vez más a centrarse en la situación; que Vergil hubiera sobrevivido era poco menos que un milagro, pero no estaba para nada en buenas condiciones. Dependía de Dante que lograra sobrevivir. El saco no lo cubriría lo suficiente, pero era mejor que nada.

La shadow, detrás de él, soltó un gruñido de advertencia apenas lo vio acercar la tela al cuerpo de Vergil.

—Quieta, gatita. Puede que a ti te guste ir por la vida mostrando todo, pero Vergil es más discreto —bromeó. Al menos, Vergil SOLÍA ser más discreto. Si debía ser honesto, no tenía idea de cuál era el estado mental de su hermano, o qué tanto del Vergil que recordaba había sobrevivido a la esclavitud de Mundus. Pero eso, al igual que su extraña alianza con la shadow, era un problema para el Dante del futuro. De modo que intentó ignorar la advertencia de la pantera, y deslizó la mano por debajo de la espalda de su hermano para incorporarlo.

Justo en ese momento, Vergil contuvo el aliento, soltó un gemido bajo y suave, y abrió los ojos con aire desorientado ante la mirada asombrada de Dante.

—¿Verge? —lo llamó éste, inseguro, sintiendo que el corazón se le salía del pecho. Estaba despierto, se movía, estaba DESPIERTO.

En ese momento, los ojos azules de Vergil se posaron al fin en el rostro de su hermano… y se abrieron en una muda expresión de terror.

Dante apenas y pudo reaccionar a tiempo, sujetando los brazos de Vergil cuando éste luchaba por arrastrarse lejos con todas las fuerzas que le quedaban, al tiempo que lo miraba como si en vez de un rostro familiar estuviese mirando al demonio más voraz y mortal de todo el infierno. Vergil negó con la cabeza, luchando por soltarse y retroceder mientras Dante trataba de mantenerlo quieto con toda la gentileza que podía, temeroso de hacerle daño.

—Oye, ¡oye! Tranquilo, soy yo, Dante. Vamos, me recuerdas, ¿no? ¡quieto! —ordenó Dante, mientras trataba de sonar menos desesperado de lo que se sentía.

—N-no… él no… por favor… él no… basta… ¡basta! —rogaba Vergil, totalmente fuera de sí, temblando bajo las manos de Dante como si estuviera sumergido en agua helada. Dante se esforzó por sujetarlo, aunque su hermano se debatía sin dar tregua, presa de un pánico que no comprendió.

—¡Cálmate, Vergil! Soy yo, mírame. Está bien. Todo está bien —intentó él, pero su voz no conseguía llegar a su hermano.

—¡No! No está aquí… ¡No es real!... basta… déjame… ya no más… —rogaba Vergil, con una voz temblorosa que a Dante le causó un nudo en la garganta. El Vergil que recordaba no rogaba nunca.

—¡No soy una ilusión! ¡Maldita sea, Verge, mírame bien! ¡Soy yo, Dante! ¡Estoy aquí! —insistió, sujetando a su hermano con más firmeza para obligarlo a mirar. Vergil, en efecto, fijó la vista en él, pero el terror en sus ojos parecía indicar que no le creía, como si esperara de un momento a otro verlo estallar en miles de pedazos. Turbado, Dante se preguntó cuántas veces habría usado Mundus su rostro para atormentarlo.

Había usado a Eva, después de todo. ¿Por qué no a él?

—No… no de nuevo… no más… Dante… no… —susurró Vergil, pero en ese momento las pocas fuerzas que le quedaban lo abandonaron del todo. Dante consiguió reaccionar a tiempo para sujetarlo cuando su hermano prácticamente se dejó caer, y sus ojos se nublaron para luego cerrarse con un último jadeo de dolor.

Al menos, inconsciente no se haría daño.

Sin embargo, Dante se quedó un instante inmóvil, consciente de los horrores que Vergil había soportado, y perturbado aun por el terror que había visto en los ojos de su hermano. Esos ojos que, en el pasado, lo miraban todo con frialdad y seguridad, con la certeza de quien se sabe superior a todos los demás seres vivos del mundo. El nudo en su garganta se acentuó tanto que le costaba respirar, mientras su mente intentaba imaginar contra su voluntad la clase de tortura que Mundus había usado contra su hermano, el martirio que había sido necesario para romper a alguien tan terco y orgulloso como Vergil.

—Mierda… —siseó, aunque la palabra no alcanzaba ni a definir la oleada de rabia que sentía en ese momento.

La shadow, de pronto a su lado, dio un respingo. El demonio parecía inquieto, como si el ataque de pánico de Vergil le hubiera afectado físicamente. Dante la vio estremecerse en algo similar a un escalofrío, para luego moverse de un lado a otro en clara inquietud. Al menos, parecía haber decidido ya que Dante no era su enemigo ni una amenaza para Vergil, por lo que el primero aprovechó para, ahora sí, cubrir a su hermano con el saco extra que llevaba.

La inconsciencia de Vergil, aunque preocupante, al menos le facilitó el trabajo, y Dante abrochó los botones para cubrirlo lo más posible. Por fortuna, el saco era lo bastante largo para llegarle a las rodillas, y lo bastante abrigador para al menos calentar un poco su piel congelada. Había poco que pudiera hacer respecto a las heridas y moretones; la bolsa de Trish llevaba algunas vendas, pero en un sitio tan expuesto como aquel no se atrevía a entretenerse más tiempo. Tendría que confiar en la sangre demoníaca de Vergil, y esperar a encontrar un refugio mejor para revisarlas.

Consciente de ello, Dante soltó el aire que contenía, se pasó un brazo de Vergil por sobre los hombros, y metió la mano por detrás de las rodillas de su hermano para cargarlo. Sintió un escalofrío más al recordar el temible tamaño de Nelo Angelo, la complexión de Vergil como la recordaba, y compararlos con el cuerpo liviano y maltrecho en sus brazos.

Y ahora, ¿Qué?