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Praeteritum

Summary:

En un universo gobernado por fuerzas primordiales llamadas EGOS, el príncipe Endymion ignora que su destino está ligado a ellos. Creyó conocerse a sí mismo, pero pronto descubrirá que su vida ha sido un entramado de mentiras… y que su papel en ello lo llevará más allá de todo lo que imagina...

Notes:

Hola a todos!! Quería darle una oportunidad a esta página y compartir este proyecto de la forma más fiel posible a cómo fue escrito desde el principio.
De todas maneras, si en algún momento me siento preparada para hacer una traducción propia al inglés, me encantaría poder traerla también.
Muchas gracias por darle una oportunidad a esta historia, por la paciencia y por acompañar este proyecto.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter 1: Prólogo: Ortus Lucis

Chapter Text

PRÓLOGO: Ortus Lucis

Casi junto con el nacimiento del universo surgieron seres trascendentales conocidos como EGOS. Estas entidades cósmicas personificaban conceptos fundamentales y poseían un poder inmenso. Uno de ellos, el EGO de la Luz, destacaba por su radiante esencia, encarnación de la esperanza y la pureza.

Durante eras incontables, la Luz permaneció en un estado inmaterial, vibrando en sintonía con la energía universal. Pero, a medida que el universo se expandía, también lo hacía su poder. Esta evolución despertó en ella una conciencia: el primer paso de lo que sería su transformación.

Con aquella nueva conciencia surgió también un anhelo desconocido: experimentar todo aquello que hasta entonces solo podía intuir. Impulsada por el deseo de ir más allá de lo intangible, inició un arduo proceso para trascender la inmaterialidad.

Con el paso de los eones, canalizó su energía para adquirir forma. Sabía que ese cambio no solo era un paso hacia lo físico, sino una manera de romper las limitaciones de su existencia etérea: dejar atrás la percepción restringida y alcanzar nuevas formas de sentir y comprender el universo. Hasta que finalmente surgió un cristal único, de belleza sobrenatural. Una joya divina que irradiaba luz brillante en todas las direcciones. Así nació el Cristal de Plata.

Pero el cristal no era un fin, sino un comienzo. A medida que su conciencia crecía, también lo hacía su deseo de recorrer las distintas galaxias sin barreras. Entonces, las facetas del cristal comenzaron a mutar, estirándose hasta formar extremidades delicadas; su resplandor se suavizó para convertirse en piel luminosa, y los reflejos multicolores se concentraron en dos ojos vivos. Sintió por primera vez el peso de un cuerpo y la tibieza de la energía sobre su piel.

En su nueva forma, el EGO de la Luz, comenzó a desplazarse entre distintas estrellas. Atravesó nubes de polvo estelar, sobrevoló mundos cubiertos de mares y cielos en llamas, y llegó a regiones tan oscuras que su presencia era lo único que las hacía visibles.

Durante sus travesías descubrió que no estaba sola. Otros EGOS también habían trascendido la inmaterialidad. Su esencia vibró con especial fuerza ante uno de ellos: el EGO del Orden.

Desde mucho antes de verlo, ya percibía su presencia: antigua, imperturbable y muy poderosa. Sabía que debía tratarse de un EGO masivo, cuya naturaleza superaba cualquier cosa que hubiera encontrado en sus viajes. Cuando sintió que estaba preparada, emprendió el viaje para hallarlo. Y al tenerlo finalmente ante sí, quedó cautivada por la fuerza que irradiaba.

Sus ojos se encontraron. No intercambiaron palabras, pero un vínculo comenzó a tensarse entre ambos. Ella sintió cómo su propia energía se encogía ante la inmensidad de él, una presión que podía haberla hecho retroceder… pero no lo hizo. No conocía el miedo al otro; su naturaleza confiada y abierta la impulsaba a mantenerse firme. Esa mezcla de respeto y determinación se reflejaba en su mirada, y el Orden extendió una mano hacia ella: una invitación serena y cargada de sabiduría.

Cuando aceptó el gesto, una corriente de su poder recorrió su ser y la dejó sin aliento. El Orden compartió conocimiento, memorias y leyes que parecían regir la estructura misma del universo, aún joven, todavía moldeándose. Ella recibió todo sin reservas, maravillada por cada revelación. El asombro la envolvió por completo, pero en vez de sentirse abrumada, sintió que quería saber más, ver más, comprender más. Entonces, con voz grave pero reconfortante, el Orden habló:

—El Caos y el Orden son los polos opuestos que definen todo. Pero, joven Luz, el equilibrio entre ambos es esencial para el bienestar del universo.

Ella permaneció en silencio unos instantes. El eco de sus palabras resonaba en su interior.

Sonrió levemente y cerró los ojos, dejándose llevar por la calma que él transmitía. Cuando los abrió, su voz surgió en un susurro:

—Me has llamado joven Luz... La próxima vez que nos veamos, llámame Serenity.

El Orden se limitó a observarla, probando el peso de ese nombre en su mente. Finalmente, asintió con un gesto breve, dejando claro que no lo olvidaría.

En ese momento, el lazo quedó sellado. Aunque sus caminos se separaron, la conexión permaneció intacta: firme y resistente al paso del tiempo.

Ella continuó su viaje, explorando los rincones del universo y descubriendo lugares nuevos. A veces creía notar vestigios del poder de El Orden en la distancia… hasta que, aquel día, su presencia se volvió inconfundible. La reunión parecía inevitable.

Cuando se encontraron, su vínculo se profundizó. Comenzaron a viajar juntos, y él le mostró los hilos que unían las galaxias, los planetas girando en sus órbitas, y la armonía que mantenía en equilibrio las fuerzas gravitacionales.

—Cada sistema planetario puede poseer una o varias estrellas centrales —explicó—. Cada una de ellas es una manifestación del EGO del Equilibrio. Él es el encargado de mantener todo en armonía.

La joven asintió. Era algo que había aprendido en sus primeros viajes, y sospechaba que El Orden lo sabía. Por eso entendió que sus palabras no eran una simple lección, sino la antesala de algo más importante. Lo dejó continuar.

—Quiero mostrarte un lugar, Serenity —continuó—. Un sistema planetario que ha captado mi atención. Lo llaman Sistema Solar. He sentido vibraciones inusuales y energías muy poderosas reunidas allí.

—¿Qué sientes exactamente? —quiso saber, intrigada.

—Un EGO ha alcanzado la materialización en ese sistema. Pero hay algo más. El Equilibrio ha estado allí durante más tiempo del habitual, y no en su forma inmaterial. Ha decidido manifestarse... en una sola forma física. Eso no ocurre con frecuencia.

Frunció el ceño, intrigada.

—El Equilibrio... lo mencionaste antes, pero no comprendo del todo su naturaleza. ¿Qué es realmente?

El Orden hizo una pausa.

—Es hora de que lo sepas. El Equilibrio no es simplemente otro EGO. Es un vetusto, como lo soy yo, como lo es el Caos. Surgimos en el origen mismo de todo. Yo represento la estructura, la estabilidad. El Caos, la transformación a través del desorden. Pero el Equilibrio... es la fuerza que impide que uno de nosotros prevalezca sobre el otro. Es el puente entre ambos extremos.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo.

—¿Un vetusto?

—Sí, Serenity. Los vetustos surgimos con el universo mismo; somos sus pilares —explicó El Orden—. Que el Equilibrio permanezca fijo en un lugar es lo que me intriga.

Lo miró con atención renovada.

—¿Pero entonces…? Si Equilibrio es tan poderoso como tú y Caos, ¿por qué ese comportamiento te inquieta tanto?

Un leve cambio en la expresión de su acompañante reveló su inquietud; no solía mostrar dudas, y eso le dio un indicio de la gravedad del asunto.

—Porque es una anomalía, Serenity. El Equilibrio nunca permanece en un solo lugar por mucho tiempo. Lo inusual es verlo en forma corpórea; aunque puede adoptar una, casi siempre elige mantenerse inmaterial. Prefiere fluir como una fuerza sutil a través de las estrellas centrales. El Caos, en cambio, no tiene esa libertad. A pesar de su gran poder, nunca ha logrado trascender: permanece inmaterial, no por elección, sino porque está atado a su propia limitación.

—Eso quiere decir que… si el Equilibrio está en ese sistema lejano… algo lo retiene allí.

El Orden asintió, complacido por su lucidez.

—Exacto. El Equilibrio no actúa por capricho. Si ha decidido materializarse en ese lugar y quedarse, es porque enfrenta algo que requiere toda su atención. Y eso, Serenity, es lo que más me preocupa. No sé si está allí para proteger algo... o para contenerlo.

Colocó una mano firme sobre su hombro y ella sintió que buscaba transmitirle tranquilidad.

—El Sistema Solar podría ser el epicentro de algo mucho más grande de lo que imaginamos.

Parpadeó, y una idea olvidada regresó a su memoria.

—Mencionaste antes la materialización de otro EGO. ¿Sabes cuál es?

—El EGO de la Vida —respondió el Orden, sin dudar—. Por lo que he podido percibir, su vibración está íntimamente ligada a esta perturbación.

Conocer a otro EGO siempre la fascinaba; trascender de un concepto era un proceso tan complejo que pocos lo lograban. Sin embargo, la idea de encontrarse con otro vetusto despertaba en ella un leve temor. Después de todo, la magnitud del Orden aún la abrumaba.

—Ahora entiendo por qué este viaje es tan importante. Pero también sé que será peligroso.

El Orden ladeó la cabeza, con una sonrisa apenas insinuada.

—Lo será, sí. Pero contigo a mi lado, Serenity, no me cabe duda de que hallaremos las respuestas.

Con inquietud, emoción y determinación, se prepararon para el viaje que marcaría el inicio de una nueva aventura. El Orden dio un paso a su lado, y ella lo siguió sin vacilar.

Atravesaron el brazo espiral de la Vía Láctea, deslizándose entre diversas constelaciones. La vastedad se curvaba ante ellos mientras dejaban atrás sistemas y nebulosas que ardían como brasas en la oscuridad.

Al internarse en el Sistema Solar, mantuvieron los sentidos alerta. Comenzaba a notar con más nitidez las vibraciones que el Orden había mencionado: una energía latente que impregnaba el entorno y crecía en intensidad conforme se aproximaban al centro del sistema.

La presencia de Equilibrio se hacía más abrumadora y opresiva a medida que se acercaban a la estrella central. La luz radiante del Sol parecía envolverlos, inundando el espacio con su brillo cálido y reconfortante.

—Parece que este suceso no ha llamado solo mi atención —murmuró el Orden.

Siendo un ser de luz y armonía, Serenity percibía otra fuerza, más oscura, danzando en los bordes de su conciencia. Aunque el Caos no se encontraba materializado, podía captar destellos fugaces de su poder en ráfagas de imprevisibilidad y desorden.

A su lado, el Orden se mantenía firme. Como la antítesis del Caos, su presencia neutralizaba esas irrupciones con su energía.

—Es allí —dijo finalmente, proyectando en su mente la imagen de un planeta suspendido en la negrura del espacio.

Un orbe azul y brillante, rodeado de remolinos blancos y mares profundos, con extensiones verdes y marrones que dibujaban continentes irregulares. Su atmósfera relucía bajo la luz del Sol, proyectando un halo suave que la distinguía de cualquier otro mundo cercano.

—Es hermoso —susurró, con los ojos clavados en el resplandor del planeta.

—Sin duda —respondió el Orden—. Es un mundo excepcional.

Cuando descendieron sobre la superficie del planeta azul, los envolvió un aire cargado de aromas desconocidos y una humedad cálida que se adhería a la piel. El sonido de hojas agitadas por el viento se mezclaba con el murmullo del agua en movimiento, mientras el suelo, cubierto de hierba firme, cedía levemente bajo sus pies.

Había visto vegetación antes, claro —en otros mundos—. El concepto de la Vida, incluso antes de materializarse, había dejado previamente rastros de su esencia. Pero jamás en una escala semejante.

—Esto es... increíble.

Sus ojos recorrían las colinas verdes que se perdían en la distancia, siguiendo el contorno de los árboles de troncos imponentes que alzaban sus copas hacia un cielo amplio y luminoso. Los lagos reflejaban la luz, dándoles la apariencia de espejos pulidos.

Se inclinó frente a una flor cuyas hojas cambiaban de color en un patrón constante y armonioso. La rozó con cuidado, y al hacerlo, sintió un leve latido: era energía viva que fluía por el tallo.

—El EGO de la Vida realmente se ha superado… —susurró, manteniendo la mirada fija en esa bella creación, temiendo que si apartaba los ojos la imagen se disipara.

El Orden avanzaba sin prisa y, a su paso, el paisaje se redefinía. Las sombras de los árboles se ajustaban tras de él, y el curso del viento lo seguía, llevando el aroma fresco de la vegetación. Incluso la pendiente de las colinas, suave y ondulante, parecía guiar la vista hacia él, como si su figura fuese el punto natural al que todo convergía.

Ella permanecía en el centro del claro, inmóvil. La luz dorada que atravesaba el dosel de los árboles caía sobre su silueta en fragmentos, iluminando el suelo cubierto de hierba y pequeñas flores silvestres.

Había visto mundos hermosos antes, pero nunca con esta plenitud. La Vida había modelado un lugar donde cada elemento ocupaba el espacio exacto que le correspondía. Ella comprendía el agua, la tierra y el cielo… pero aquí tenían un peso distinto, una presencia más definida. El planeta parecía respirar, con cada rincón impregnado de vida.

En el borde del claro, el Orden levantó la cabeza lentamente, como si hubiera llegado a una conclusión.

—Todo esto… es demasiado.

Su mirada se fijó en el horizonte, recorriendo las montañas para evaluar su alcance.

—Nunca antes un EGO había creado algo tan vasto. Tan... desbordante.

Ella sabía que el Orden no hablaba a la ligera. Pero antes de que pudiera reflexionar más, lo sintió.

La atmósfera cambió casi de forma imperceptible y, aun así, su cuerpo lo reconoció de inmediato: un peso distinto en el aire, una presión que se instalaba en el pecho y en la base del cráneo. El sonido del entorno se apagó por completo

La claridad del lugar vaciló por un instante… y un destello dorado lo cruzó de lado a lado, tan rápido que por un momento creyó haberlo imaginado.

El Equilibrio apareció.

La luz del sol se reflejaba en cada superficie de su armadura, devolviendo un resplandor que obligaba a apartar la vista. Había algo absoluto en este vetusto, y al igual que Orden poseía una fuerza que parecía alterar el entorno.

Ella no pudo evitar dar un paso atrás, instintivamente ante la energía que fácilmente la sobrepasaba. El Orden, en cambio, permaneció firme, observándolo con esa calma imperturbable que lo caracterizaba.

—Equilibrio —saludó el Orden, sin apartar la mirada. Había en su tono una dureza nueva para Serenity; nunca antes lo había escuchado hablar de ese modo.

—Orden —respondió el recién llegado, con una leve inclinación de cabeza. Su voz era profunda y resonaba como un trueno.

El silencio que siguió se sintió insoportable. Ella apenas respiraba. Permanecía quieta, envuelta en una mezcla de fascinación y temor. Era la primera vez que se encontraba en presencia de dos entidades tan poderosas. Tenía la sensación de que cualquier palabra suya sería una intromisión.

El Orden dio un paso, y la hierba se estremeció bajo su peso.

—¿Qué ocurre aquí? ¿Qué ha hecho el EGO de la Vida para que decidas manifestarte de esta forma? No es propio de ti, Equilibrio.

Los ojos dorados del otro se apartaron apenas, un gesto casi imperceptible, pero que no pasó inadvertido para ella, y aunque parecía insignificante, fue suficiente para sembrar en su mente una inquietud: ¿qué podía perturbar a Equilibrio?.

—Estoy aquí porque observo. Nada más —contestó, sin variar el tono—. El EGO de la Vida es… peculiar. Pero no representa una amenaza.

El Orden se mantuvo examinándolo, como si buscara la grieta más pequeña.

—Esa no es una respuesta —replicó al fin — No hay nada que justifique que te apartes de tu propósito. Si has descendido hasta aquí, algo ha ocurrido. Y si no lo dices… lo descubriré yo mismo.

El Equilibrio mantuvo el rostro orientado hacia el Sol. Sus dedos se cerraron apenas sobre el borde de su armadura, y la línea de su mandíbula se tensó. Ella notó la lucha interna del Vetusto.

El Orden frunció el ceño.

—Lo percibo… hay algo más aquí.

Cerró los ojos un instante, concentrándose. Cuando los abrió, la dureza en su rostro dejaba claro que lo que había sentido no le agradaba.

—Son seres —dijo, con un tono entre incredulidad y reproche—. No se trata de conceptos. ¿Qué clase de creaciones son?.

Serenity contuvo el aliento. Hasta entonces, nada le había parecido fuera de lugar: solo estaban los vetustos y ella. Buscó alrededor algún indicio, pero encontró la quietud habitual.

Aunque la falta de respuesta de Equilibrio resultó más reveladora que cualquier afirmación.

—¿Qué son? —insistió el Orden, con frialdad creciente—. Habla, Equilibrio. Por respeto a tu esencia. ¿Qué está haciendo la Vida? ¿Qué has visto?

El Equilibrio dejó que la tensión en sus hombros cediera, como si aceptara que no podía seguir ocultándolo. Al fin habló:

—La Vida… —empezó, con una voz apagada que a ella le resultó extraña en alguien como él— ha traído a este mundo vegetación y lo que ella misma ha bautizado como animales.

Se detuvo apenas, parecía que la palabra aún le resultaba extraña.

—Y ahora ha encontrado la forma de trabajar con los minerales del planeta. Los transforma, los moldea… y gracias a eso, ha creado guardianes.

El Orden se enderezó, la mandíbula tensa, como si esa última palabra completara por fin la idea que venía formándose en su mente.

—Para proteger sus creaciones —añadió Equilibrio—. Les ha dado un propósito. Y conciencia.

Ella no alcanzaba a entender por qué Orden reaccionaba como si aquello fuera imperdonable, casi una transgresión. Para ella, la idea de compartir el mundo con otros seres que no fueran conceptos resultaba asombrosa; más aún cuando sabía que la mayoría de estos ni siquiera habían logrado materializarse. Sin embargo, la rigidez en el rostro del Orden y la forma en que lo medía, como si evaluara una amenaza, le revelaban que él lo veía de un modo muy distinto.

—Esto va más allá de lo que cualquier EGO haya intentado jamás —afirmó, con la certeza de quien entiende las consecuencias—. Crear seres que no nacen de un concepto… no pasará inadvertido. Y sabes bien a quién podría incomodar.

Serenity captó la insinuación. Existía un tercer vetusto. Aquel que nunca había logrado manifestarse y que, según susurros que había escuchado alguna vez, era el más temido de todos: Caos.

Le pareció que El Orden esperaba que el otro hablara, que le diera la razón. Pero, al no obtener nada, su voz se endureció; no sonaba como una amenaza, sino como un llamado a que Equilibrio reconociera lo que estaba en juego.

—Esto no puede permanecer oculto por más tiempo, Equilibrio. Si no lo resuelves tú, lo haré yo.

Tras decirlo, desvió la vista, su expresión tornándose distante, como si ya estuviera evaluando los movimientos que vendrían. Se dio media vuelta y se alejó; su figura se distorsionó apenas, envuelta en un destello blanco antes de desvanecerse.

Equilibrio permaneció en su lugar, quieto, contemplativo, mientras su luz dorada se iba apagando. Serenity lo observaba con el corazón acelerado. Por primera vez, aquel ser tan imponente se veía vulnerable. 

 Y aunque no se volvió hacia ella ni reconoció su presencia, ella sintió que su silencio era, en sí mismo, un mensaje: este no era el final, sino el preludio de algo mucho mayor.

—Gaia —susurró Equilibrio.