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Chase estaba otra vez en el baño. Apoyado contra la pared de los lavamanos, sudando frío. Era la cuarta vez que lo intentaba esa tarde, y nada. Ni una sola gota.
El dolor comenzaba a ser insoportable. Sentía la vejiga inflada, presionando contra todo, punzante y agudo, como si una bola de plomo se alojara justo debajo del ombligo. Se dobló un poco, respirando por la boca.
— ¿Otra vez? —La voz de House lo sacó de su miseria. Habia entrado y estaba recostado contra la pared, bastón en mano, mirándolo como si estuviera viendo a un idiota meterse solo en un agujero negro.
Chase se enderezó rápidamente. Mala idea. El movimiento le arrancó una punzada de dolor. Pero no dijo nada.
— Estoy bien. —mintió, sin mirarlo a los ojos.
House se acercó lentamente, observando con detalle. Pupilas dilatadas, mandíbula tensa, piernas medio temblorosas. Apuntó directo a matar: — ¿Cuántas horas llevas sin orinar?
Chase parpadeó. No dijo nada.
— ¿Desde anoche?
El silencio fue confirmación suficiente. House resopló, girando los ojos al cielo como si necesitara ayuda divina para lidiar con la estupidez de Chase.
— ¿Y en qué momento pensabas decirle a alguien? ¿Cuando ya estuvieras convulsionando en el suelo con la vejiga reventada como una piñata?
— Solo... no sale... —murmuró Chase, incómodo
— Eres médico. Tú sabes que no es normal. Y tú sabes que si no haces algo, en cualquier momento se te revienta la vejiga y por favor, trabajas en un maldito hospital no te cuesta nada ir a urgencias.
— Ya me va pasar.
— ¡No, no va a pasar! —House se acercó, voz baja pero muy clara— Lo que va a pasar es que te vas a ir conmigo ahora mismo al cuarto de exámenes y te voy a poner un catéter.
— No necesito un catéter. —respondió Chase, pero ni él mismo sonaba convencido.
— Claro que sí. Y lo sabes. Tu vejiga debe estar del tamaño de una sandía en este momento. No tienes elección, y no voy a dejar que colapses en el baño como un adolescente borracho.
— No quiero que nadie me vea —dijo Chase en voz baja, casi avergonzado.
House miro a Chase como si le hubiera crecido una segunda cabeza. Técnicamente Chase acabo de decir que prefería morir de vergüenza antes que recibir atención médica… en un hospital. Porque eso era exactamente lo que había dicho.
— ¿Me estás diciendo en serio que prefieres reventarte la vejiga antes que alguien te vea entrar a urgencias? —repitió House, más incrédulo que molesto.
De todos los medicos, de todos sus medicos. Chase decidió ser hoy un imbecil testarudo.
Chase no respondió. Solo cerró los ojos. Tenía calor. Tenía frío. Le temblaban las manos. Cada palabra de House era un recordatorio de lo jodidamente ridículo que se sentía por estar en esa situación. No era la primera vez que se aferraba a una idea estúpida por orgullo. Pero sí era la primera vez que sentía que su cuerpo iba a colapsar si seguía ignorándolo.
— Mírame. —le dijo House, más suave, y esperó— Chase.
Chase lo miró. Tenía los ojos rojos y la mandíbula apretada como si estuviera a punto de romperse.
— Te pongo la sonda, dreno la vejiga, y en media hora vuelves a caminar como ser humano. Nadie tiene por qué enterarse.
Chase respiró hondo. Apretó los ojos. Asintió.
House no dijo "bien hecho". No dijo "por fin". Solo dio media vuelta y salió del baño, esperando que Chase lo siguiera. Y lo hizo, caminando como si tuviera un ladrillo amarrado al abdomen y con el rostro pálido.
Ponerle la sonda a Chase fue, sin discusión, la cosa más puramente difícil que House había hecho en toda su carrera. Y no por cuestiones médicas—había puesto cientos, tal vez miles de sondas en su vida—sino porque Chase estaba completamente decidido a no dejarlo verle el pene. Así de simple. Así de ridículo.
— ¡Chase! —exclamó House, frustrado, con los guantes puestos, la bandeja lista, el lubricante preparado y un hombre de treinta años aferrado a su cinturón del pantalón como si estuviera defendiendo su virginidad. — Te vas a morir. Y no de una causa noble. Vas a morir porque no quieres que tu jefe vea tu pene. ¿Eso es lo que quieres que diga tu obituario?
— ¡No quiero que me veas! —gruñó Chase desde la camilla, con los brazos cruzados sobre el abdomen y los muslos firmemente apretados como si eso fuera a disuadir a House. — ¡Es vergonzoso!
Que tu jefe te viera el pene...
House parpadeó lentamente, como si no pudiera procesar lo que acababa de oír.
— Eres médico. Yo soy médico. Créeme que he visto más penes que una actriz porno. —gruñó House, intentando desabrocharle los pantalones por tercera vez.
— ¡No! ¡Puedo hacerlo yo solo! —exclamó Chase, apartando sus manos con una torpeza, las mejillas encendidas como si tuviera fiebre.
— ¡No puedes ni tocarte sin retorcerte de dolor! —replicó House
— ¡Ese no es el punto! —Chase jadeó, a medio encorvarse en la camilla— ¡Tú eres mi jefe! ¡No quiero que tú veas mi pene! ¡Es incómodo!
— ¿Qué es lo que escondes? ¿Tienes un micropene? ¿Un piercing ahí abajo?
Chase apretó los ojos y exhaló por la boca, temblando de dolor.
— No puedo creer que esté pasando por esto contigo.
— Tú y yo, en la peor cita médica del mundo.
Chase se dejó caer hacia atrás contra la camilla, derrotado. Tenía una mano sobre el abdomen, el rostro empapado de sudor. Estaba pálido, visiblemente incómodo, pero aún así mantenía las piernas cerradas con una obstinación admirable.
— Chase. —dijo House, esta vez más bajo, más serio— Si no te relajas, esto va a doler más de lo necesario. Y créeme, ya duele suficiente.
Hubo silencio. Chase respiró hondo. Luego otro suspiro. Lentamente, resignado, se cubrió los ojos con el antebrazo.
— No mires más de lo necesario.
House alzó una ceja. — ¿Más de lo necesario? ¿Quieres que te ponga la sonda con los ojos vendados?
Chase no respondió. Estaba muy ocupado tratando de no llorar del dolor, de la vergüenza, o de ambos.
House suspiró, y esta vez no con sarcasmo, sino con la mezcla peculiar de paciencia y fastidio que le dedicaba solo a él. Se acercó, bajando con cuidado la pretina del pantalón, y luego la ropa interior. Lo hizo rápido. Lo que menos necesitaba Chase era la sensación de ser observado como espécimen clínico o, peor aún, como alguien vulnerable frente a House.
Pero claro, eso era justo lo que era.
— Vaya... —dijo House en voz baja mientras tomaba el catéter y lo lubricaba— Nada micropene. Nada de piercings. Nada raro. Eres decepcionante.
Chase, con el antebrazo aún sobre los ojos, soltó una risa que fue más un quejido.
— Eres un maldito imbécil.
— Te estoy salvando de una vejiga reventada.
House tomó la punta del catéter, con manos firmes. No dudó. Lo insertó con precisión, controlando el avance milímetro a milímetro.
Chase tensó todo el cuerpo, soltando un jadeo fuerte, más instintivo que voluntario. El ardor, la presión, el horror… pero apenas un segundo después, un sonido bendito comenzó: el flujo de la orina llenando la bolsa, constante, torrencial.
— Oh, Dios... —jadeó casi sin voz— Eso... eso era...
— Orgásmico. —completó House, mientras acomodaba la bolsa al costado de la camilla— Lo sé. Casi siento que deberías fumar un cigarro ahora.
Chase abrió un ojo y le lanzó una mirada de odio y agradecimiento a partes iguales.
— ¿Ya terminaste?
— Sí. Felicitaciones, estás orinando como un campeón... en una bolsa de plástico.
La tensión abandonó el cuerpo de Chase poco a poco.
— ¿Ves? No fue tan malo. —dijo House, quitándose los guantes mientras la bolsa se inflaba con una rapidez impresionante.
— Quiero morirme. —replicó Chase, sin abrir los ojos.
Había pasado la vergüenza de su vida.
House lo miró por encima del hombro.
— Tranquilo. No voy a decírselo a nadie. Ni a Cameron. Ni a Foreman. Ni a Wilson. Aunque Wilson probablemente querría saber que sí tienes pene.
Chase resopló, dejando caer la cabeza contra la camilla. Ya ni siquiera tenía fuerzas para replicar.
— Vete al diablo.
