Chapter Text
En una torre lúgubre y oscura, donde el sonido de varios relojes con péndulo se escuchaba junto con el propio sonido de los engranajes en movimiento, un ser espectral, antiguo e imponente, Clockwork flotaba serenamente frente a una gran esfera de cristal, una esfera brillante que mostraba el pasado, presente y futuro como si se tratara de una película interactiva con diferentes rutas a tomar.
Clockwork no necesariamente necesitaba estar frente a la esfera brillante que descansaba gloriosamente en el interior de su torre para saber lo que estaba pasando en el exterior de su guarida, después de todo, él ya sabía todo lo que podría pasar.
Sonaba arrogante, y tal vez lo era, pero, al ser el único ser capaz de viajar y controlar el tiempo mismo, Clockwork no podía evitar mirar con una sonrisa lo que una vez fue, lo que es ahora y, sobre todo; lo que podría ser.
Con una expresión casi desinteresada en su rostro, Clockwork observó el orbe resplandeciente en su sala principal, un cristal que destellaba como un sol en miniatura, pero que en lugar de dejar ciego a alguien por su luz, este mostraba el presente actual como una pantalla de televisión.
Nuevamente, no era necesario estar ahí parado para ver lo que sucedía, después de todo, él ya sabía lo que estaba pasando y lo que podría pasar, no obstante, había algo reconfortante en estar ahí parado, observando y analizando los posibles resultados ante cualquier decisión.
¿Qué pasaría si ese pájaro logra llevar la comida a sus crías y no es interceptado por ese gato hambriento del piso número tres?
¿Cuál de todos los posibles resultados se hará realidad si esa joven decide contarle a su familia religiosa sobre gusto por las mujeres?
¿Podrá ese policía detener el asalto de aquel banco y sobrevivirá para visitar a su hija en su fiesta de cumpleaños que se estaba celebrando ese mismo día?
Cada persona era su propio protagonista y cada uno forjaba su propio destino. Y, sin embargo, había alguien que destacaba del resto por varias razones.
Normalmente, Clockwork observa el futuro sin interferir. Las líneas temporales se dividían ante cualquier decisión tomada, como un río en pleno movimiento, un espectáculo que disfrutaba plenamente de ver. Pero, en algunas ocasiones, es necesario intervenir para evitar ciertos… cataclismos.
El caso de Dan Phantom fue uno de ellos.
Puede que los observantes no estén muy contentos con su decisión de dejar vivo a Danny Phantom, de interferir en su supuesto destino como un ser tirano y oscuro peor que Pariah Dark, pero, lo que los observantes no saben, es Clockwork no ayudó al joven halfa por simple empatía hacia el adolescente o porque simplemente podía hacerlo. No. Clockwork solo interfirió esa vez y salvó los familiares del chico por una buena razón; el futuro.
Danny Phantom le era útil para un mejor futuro.
Dan Phantom… no tanto.
Con todo eso dicho, no era sorprendente que Clockwork observara casi todo el tiempo la vida de Daniel, no solo para observar su vida desde diferentes ángulos y los posibles resultados ante cada decisión tomada, sino porque ahora era su responsabilidad evitar otro futuro en el que gobierne un ser de mal como Dan.
Además, ver el drama adolescente era, de cierta forma, entretenido para él.
—Uhm… —una media sonrisa se formó en el rostro de Clockwork —. Joven Daniel. ¿Acaso hoy finalmente invitarás a Samanta al cine? ¿Le confesarás tus sentimientos? ¿O acaso solo te sonrojarás y te despedirás de ella?
La vista frente a él era como cualquier otro día en la vida del joven halfa. Las clases habían terminado, Danny, Sam y Tucker, el pequeño grupo de amigos que desde hace un año sus vidas cambiaron para siempre, los tres jóvenes adolescentes caminaban por la acera mientras discuten sobre la tarea que les dejó el profesor Lancer para el fin de semana y… bueno, sobre cierto pelirrojo que nuevamente intentó y falló estrepitosamente al querer demostrar que Danny Fenton y Danny Phantom son la misma persona.
De repente, y justo lo había previsto, Tucker, ansioso por ver las noticias de una convención de tecnología que se celebraría en Amity Park el fin de semana, el joven amante de la tecnología se separó de Sam y Danny para irse a su hogar al otro lado de la calle, dejando a estos dos últimos caminar por unos buenos cinco minutos a solas antes de que llegaran a la casa de la joven Manson.
Clockwork, con una media sonrisa en su rostro azul, el maestro del tiempo miró los rostros sonrojados de Danny y de Sam, ambos claramente buscando las palabras adecuadas para romper aquella tensión que desde hace un tiempo llevan cargando cuando están solos.
En este punto existían varias líneas temporales, caminos y futuros a tomar. Pero, entre esos tantos futuros, había uno en el que Danny, con una voz temblorosa y con mejillas sonrojadas como un tomate, invitaría a Sam a su hogar para ver una película algo mediocre, una excusa vaga solo para pasar el tiempo con aquella chica que le provoca sentimientos confusos en su joven corazón.
En otra línea temporal, Sam, con aquel carácter suyo, le preguntaría a Danny con falsa indiferencia si deseaba pasar la tarde escuchando música en su habitación, para hablar sobre lo que harían en el fin de semana y si deseaba adelantar la tarea esa misma tarde para tener el resto del fin de semana libre.
Lamentablemente, ninguno de esos dos futuros previstos sucedieron y, con una simple despedida amistosa, Danny observó a Sam subir las pequeñas escaleras para llegar a la puerta de su hogar.
Danny y Sam, ambos con las mejillas sonrojadas, los dos adolescentes se vieron a los ojos, ojos que mostraban afecto y emociones contenidas que en esa misma tarde pudieron haber confesado si solo el miedo no tomara el control de sus decisiones.
Una vez que aquel juego de miradas acabó tras cerrar la puerta, Danny, con un suspiro melancólico, el joven halfa se acomodó su mochila para después caminar hacia la dirección de su casa cabizbajo, ajeno a que cierto maestro del tiempo observó toda la interacción (o falta de, mejor dicho).
—Vaya… es una pena —expresó con falsa tristeza en su voz—. Ahora su futuro hijo no se llamará Kevin por aquel artista de rock que escucharían esa misma tarde.
Clockwork disfrutaba de su papel, de observar los distintos futuros que podrían pasar ante cualquier decisión y sobre lo que podría cambiar para un mejor desenlace.
Y, sin embargo, existía un anhelo que lo hacía preguntarse sobre el cómo sería si no lo supiera.
¿Cómo sería no poder ver el futuro?
¿Cómo sería aquel sentimiento de sorpresa de no saber lo que estaba a punto de suceder?
Clockwork cerró los ojos y sonrió débilmente.
Era un deseo algo extraño, en especial para alguien que técnicamente existe para controlar el tiempo mismo, pero aquel deseo, ese anhelo, seguía estando ahí.
Con un suave suspiro, Clockwork repitió el mantra que suele decir siempre cuando alguien lo conoce por primera vez.
—Soy Clockwork, maestro del tiempo —habló para sí mismo, como si intentara recordarse el porqué de su existencia—. Todo lo veo y todo lo-
De repente, algo en el universo mismo cambió de golpe. .
Clockwork abrió los ojos ante la repentina sensación que casi lo hace caer al suelo.
Sorprendido por aquella extraña sensación que lo golpeó como la onda expansiva de una explosión, Clockwork sintió por primera vez en su existencia un mareo en su cabeza como si fuera un simple mortal y no un fantasma antiguo y poderoso.
La sensación fue tan inesperada, abrumadora, que al final no pudo evitar soltar su cetro para tomarse la cabeza con ambas manos.
—¿Q-qué…? —su voz, cargada de un sentimiento que nunca antes había sentido, lo hizo parpadear varias veces—. ¿Qué fue lo que acababa de pasar?
Clockwork sabía que algo extraño sucedió. La pregunta, sin embargo, ¿qué fue?
Después de unos cuantos segundos de silencio, de sentir aquel mareo desaparecer, el fantasma con forma de anciano recogió su cetro del suelo y miró a su alrededor.
Su guarida estaba en completo silencio, algo que no debió ser posible a no ser que…
Clockwork abrió los ojos de golpe al darse cuenta de algo.
Los engranajes de su torre, el suave sonido de las manecillas y el constante sonido de los péndulos del reloj, todo se había detenido como si el tiempo mismo se hubiera congelado.
—E-esto no puede ser posible.
Clockwork, por primera vez, sintió miedo.
Casi con gran desesperación, el fantasma que cambia de forma cada cierto tiempo flotó hasta aquella esfera brillante que hace unos instantes miraba con desinterés. Algo había sucedido y sus propios poderes le impedían ver el futuro.
Lo que encontró lo dejó con los ojos muy abiertos.
Algo, o mejor dicho, alguien , había cambiado el pasado, presente y el futuro con tanta facilidad como si hacer eso fuera tan sencillo como respirar.
¿Lo peor de todo?
Clockwork no sabía cómo demonios lo hizo sin que él se diera cuenta.
El maestro del tiempo, desesperado y ansioso, busca al culpable de aquella catástrofe como un simple guardia de seguridad buscando al ladrón de un supermercado.
¿Dónde?
¿Cómo?
¡¿Por qué?!
El futuro ahora era incierto y Clockwork no podía entender quién había hecho tal catástrofe de gran magnitud sin pensar en las consecue-
Clockwork detuvo su búsqueda.
Ahí, y justamente sucediendo en ese preciso instante en el parque de Amity Park, Wesley Weston, el joven pelirrojo que intentaba desesperadamente revelar la identidad de Danny como el chico fantasma de Amity Park, el joven desaliñado, con su ropa sucia por una accidental caída en el pasto y tierra, Wes se encontró cara a cara con el culpable que había cambiado el flujo del tiempo por su simple presencia.
—... ¿Qué?
La escena que se desarrollaba frente a sus ojos era algo que nunca debió haber pasado (ni existido), pero que sucedió debido a que cierto ser, un ser que Clockwork nunca antes había visto en su larga existencia, apareció en un simple parpadeo como si siempre hubiera estado ahí.
Mientras la escena desconocida se desarrollaba frente a él, Clockwork, por primera vez, el maestro del tiempo no sabía lo que iba a pasar a continuación.
Las distintas líneas temporales que había previsto desaparecieron, fueron borradas, se esfumaron en el viento como vapor. Ahora, nuevas líneas temporales y nuevos futuros comenzaron a aparecer como las raíces de un árbol.
Clockwork, por primera vez, sintió miedo a lo desconocido… y le encantó.
Aquella expresión sorprendida comenzó a borrarse lentamente de su rostro, reemplazándola lentamente con una de interés y asombro.
Obviamente, aquel gran cambio llamaría la atención de los observantes y era más que seguro que aquellos molestos fantasmas de un solo ojo estaban dirigiéndose a su guarida para saber qué había pasado, pero, mientras ellos llegan, Clockwork se dio el lujo de ver lo que pasaba frente a él con gran interés.
Su deseo, irónicamente, se cumplió. Aunque no de la forma que esperaba.
—Wesley Weston… —una imperceptible sonrisa apareció de su rostro —. ¿En qué te metiste esta vez, joven imprudente?
Wesley Weston estaba molesto.
No.
Tacha eso.
Estaba furioso.
¡Finalmente lo había grabado todo!
¡Tenía la prueba irrefutable de que Danny Fenton y Danny Phantom eran la misma persona!
Lo tenía todo; una muy buena cámara, una posición alta donde nadie podría verlo o escucharlo y, como la cereza en el pastel, un fantasma atacando Amity Park sirviendo como la carnada perfecta para obligar a Danny a salvar el día.
Lo tenía todo.
Desgraciadamente, su plan acabó en fracaso y nadie de su estúpida escuela tuvo las neuronas necesarias para ver lo obvio.
No importaba si gastó todos sus ahorros en una cámara profesional de gama alta en lugar de aquella nueva consola de videojuegos que apenas salió al mercado. Aparentemente, era casi imposible grabar a un fantasma sin que se distorsione la imagen al momento de posar la cámara en sus cuerpos gelatinosos de ectoplasma. Wes aprendió de su error, ¡pero vamos! En el video se veía claramente a Danny Fenton transformarse en el chico fantasma con su característico traje de materiales peligrosos.
¿Por qué la gente se negaba a ver la verdad? ¡Literalmente todo estaba grabado!
No había recortes de imagen.
No había ningún tipo de edición.
No había nada que negara lo obvio.
¡Todo estaba grabado!
Como si la ceguera de los estudiantes de Casper High no fuera ya un problema serio, Dash Baxter, con aquella boca suya que nunca ha pronunciado algo inteligente en toda su vida, el estúpido mariscal de campo tuvo que hacer un comentario fuera de lugar, un comentario cuyo impacto definitivamente le estaría mordiendo el trasero por un largo y tortuoso periodo hasta que una nueva burla o chiste cruel salga y lo termine opacando.
— Vamos, Weston — había dicho Dash con una mueca de cansancio —. Llevas casi un año intentando demostrar que Fenturd es Phantom. ¿Por qué tú…
De repente, y casi como si se le hubiera encendido una bombilla en la cabeza como aquellos viejos dibujos animados, Dash parpadeó, antes de mirarlo con una sonrisa que solo un asesino serial podría dedicar a su víctima antes de la tragedia
Wes no era de los que se dejaban intimidar, en especial de tipos de cerebro pequeño como Dash, pero algo en esa sonrisa le provocó un fuerte escalofrío, algo que ni los propios fantasmas habían provocado en él desde hace tiempo.
— ¿Sabes? Por la forma en la que hablas tanto de Fenton, casi pareciese que estás enamorado de él — se cruzó de brazos y apoyó su peso en los viejos casilleros destartalados —. ¿Estás seguro de que todo esto no es algún plan loco para acercarte a él?
Un profundo silencio cayó sobre el pasillo.
No importaba si varios estudiantes de diferente grado se encontraban ahí en sus propios asuntos, todos los que habían estado escuchando la conversación a escondidas dejaron de hacer lo que estaban haciendo para voltear hacia su dirección por las repentinas palabras de Dash.
Lentamente, el rostro de Wes se fue tornando de un tono carmesí, un tono que casi rivalizaba contra su propia cabellera rojiza.
Avergonzado, humillado , por semejante acusación falsa, Wes abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua. La vergüenza que lo carcomía ahí mismo le impidió formar un solo pensamiento coherente para defenderse y solo quería ser tragado vivo por el suelo.
Como si su rostro rojo como un tomate no fuera ya suficientemente vergonzoso, la falta de respuesta fue todo lo que se necesitó para que Dash, junto con el resto de los A-Listers, comenzaran a reír como un grupo de hienas, provocando que el resto de los estudiantes hicieran lo mismo.
Wes quería gritar, golpear o decir algo para defenderse de Dash y del resto de los estudiantes que se carcajeaban en el pasillo, pero, por cada risa y señalamiento que iba hacia su dirección, su orgullo fue brutalmente apuñalado, evitando que pudiera pensar o decir algo coherente.
Con el rostro ardiendo de la vergüenza, y con una fuerte e incómoda picazón en los ojos, Wes le dijo a Dash que se fuera al carajo antes de darse la vuelta e irse del lugar.
En otra ocasión, Dash se habría molestado por el insulto y lo habría golpeado ahí mismo, pero, al estar tan perdido en su risa, este simplemente lo ignoró.
No importaba si ya pasaron varios días desde aquel comentario. Las burlas, los susurros y las miradas furtivas de varios estudiantes le seguían a donde sea que fuera.
Wes no tenía personas a su alrededor a los que pudiera considerar amigos, pero sus compañeros de baloncesto eran lo más cercano a ello. Para su horror, ellos también se unieron a las burlas de su supuesto enamoramiento ( ¡que no lo estaba maldita sea! ) y lo molestaban después de un agotador juego o cuando su profesora de gimnasia no los estaba viendo.
Todavía con el sudor recorriendo su cuello y frente por el reciente entrenamiento, Wes, estando bajo los calurosos rayos del sol, el pelirrojo caminó por el largo y extenso sendero del parque de Amity Park, mientras refunfuñaba en voz baja como si fuera un niño de cinco años al que no le quisieron comprar un dulce en el supermercado.
Ignorando las miradas de asco que recibió durante el camino a casa por apestar a adolescente sudado, Wes continuó su camino bajo los intensos rayos del sol que golpeaban su espalda, soltando de vez en cuando una maldición en voz baja por el trato que recibió ese día en Casper High por su propio equipo de baloncesto.
—Maldita sea —gruñó, mientras estiraba incómodamente el cuello de su playera blanca—. ¿Por qué demonios Fenton y ese estúpido fantasma tuvieron que llevar su absurda pelea sin sentido a los vestuarios? Odio tener que caminar a casa con todo este sudor…
Le encantaba jugar baloncesto, le gustaba la adrenalina que sentía a la hora de tomar el balón y definitivamente le encantaba sentir esa euforia al anotar un punto para su equipo, sin embargo, la sensación de la ropa húmeda pegada a su piel siempre fue algo que detestó, incluso más que los propios fantasmas.
—Estúpido Dash y su diminuto cerebro—refunfuñó, mientras pateaba una piedra de tamaño algo grande—. Estúpidos compañeros de clase —volvió a patear la piedra —. Estúpidos fantasmas —otra patada —. ¡Y estúpido Fenton!
Furioso por tener que caminar con su ropa sudada y con su mochila deportiva por casi veinte minutos bajo los intensos rayos del sol, Wes pateó con todas sus fuerzas la piedra hacia el frente, descargando toda su frustración en aquel objeto.
Para su mala suerte, la piedra rebotó en el bote de basura que estaba a pocos metros de distancia y, antes de que pudiera comprender lo que estaba pasando, Wes sintió un fuerte dolor en su nariz.
Gimoteando de dolor, y con ambas manos cubriendo la zona adolorida, Wes dio unos cuantos pasos hacia atrás.
Grave error.
Como si el impacto en su nariz no fuera ya bastante vergonzoso, la vida misma parecía estar riéndose en su cara cuando accidentalmente pisó una lata de aerosol que algún sinvergüenza tiró por ahí, provocando que Wes perdiera el equilibrio y cayera cómicamente hacia atrás por la pequeña colina que estaba al lado del sendero.
Con un grito que estaba entre sorpresa y miedo, Wes rodó y rebotó descontroladamente colina hacia abajo, mientras sus manos intentaban desesperadamente aferrarse a cualquier cosa para frenar su caída.
Después de impactar dolorosamente contra varios trozos de madera y rocas en una caída que parecía no tener fin aparente, Wes finalmente dejó de rebotar una vez que llegó a la parte baja.
Durante un breve instante, el adolescente de cabellera rojiza simplemente se quedó ahí, tendido en el campo de hierba por la reciente paliza que la madre naturaleza sin querer le terminó dando.
Con un gemido de dolor, Wes lentamente abrió los ojos de manera desincronizada. Su visión, borrosa por los golpes recibidos en su cabeza, tardó unos pocos segundos en poder enfocar los rayos de sol que atravesaban las hojas de los árboles.
—... Mierda.
El dolor que sentía en todo su cuerpo y cabeza casi le hace querer desmayarse ahí mismo, pero, ya sea por pura fuerza de voluntad o por su terquedad y orgullo magullado, Wes logró aferrarse obstinadamente a su consciencia con cada fibra de sus ser.
Teniendo mucho cuidado de no moverse demasiado por la posible conmoción en su cabeza, Wes se incorporó lentamente del suelo con un gruñido bajo de por medio.
Una vez sentado, de sentir la hierba y tierra fría debajo de las palmas de sus manos, Wes miró a sus alrededores, preguntándose en silencio sobre el dónde había parado y, sobre todo, para saber dónde había terminado su mochila deportiva que en algún punto de la caída se separó de él.
Árboles altos que tapaban el cielo, arbustos de gran tamaño, hierba salvaje que claramente nunca ha sido podada en años, electrodomésticos oxidados, muebles viejos que la gente tiró ahí para deshacerse fácilmente de ellos y, justamente lo que había estado buscando; su mochila deportiva, ahora completamente abierta y vacía a unos cuantos metros de distancia.
Genial.
Sabiendo que no tenía sentido hacer una rabieta, Wes solamente soltó un suspiro cansado mientras se levantaba. Una vez de pie, Wes caminó y tomó su mochila vacía para después recoger sus pertenencias con calma, preguntándose en silencio del porqué no cerró del todo bien el cierre de su mochila cuando su hermano mayor Easton claramente ya le había advertido en varias ocasiones de tenerla siempre cerrada, en especial estando en la calle.
Justamente cuando recogió uno de sus calcetines sucios que estaba cerca de un arbusto particularmente grande, un destello de luz en el interior de las hojas y ramas le hizo parar en seco.
Con gran lentitud, y sintiéndose como si estuviera frente a un gran depredador que se estaba relamiendo los dientes al verlo, Wes giró lentamente la cabeza hacia el arbusto, curioso y nervioso por averiguar al responsable de aquella luz que vio por el rabillo de sus ojos.
Lo que encontró lo dejó sin habla.
Ahí, dentro de aquel arbusto salvaje, un hermoso collar de oro con un colgante en forma de cola de zorro se encontraba colgando en una de las tantas ramas, un collar que brillaba y destellaba ocasionalmente como una piedra preciosa por el rayo de sol que convenientemente lo golpeaba directamente.
Asombrado por el collar que podría valer algunos cuantos cientos de dólares, Wes, hipnotizado por aquel trozo de joyería que posiblemente alguien perdió (porque dudaba mucho de que alguien quisiera deshacerse de él), extendió su mano y tomó el collar.
Con las ramas del arbusto moviéndose ligeramente por el repentino movimiento, Wes ignoró los pequeños pinchazos y roces que recibió su mano y miró con asombro el colgante que encontró.
El peso que sentía en la palma de su mano era ligero, pero cargado de una sensación como si estuviera tocando algo muy importante, antiguo y muchísimo más valioso que el oro mismo.
Antes de que pudiera cuestionar sobre aquella extraña sensación, el colgante en forma de cola de zorro comenzó a emanar una potente luz que lo obligó a cerrar los ojos. Wes, con un pequeño grito de por medio, apenas había logrado alejar el collar brillante de su rostro cuando aquella cegadora luz de color naranja salió expulsada del colgante como una esfera de energía.
Wes, con el corazón latiendo fuertemente en su pecho, dio un paso vacilante hacia atrás y observó a la brillante esfera de energía girar alrededor de su cuerpo varias veces como una luciérnaga gigante, mientras su mano inconscientemente apretaba con fuerza el colgante.
Después de varios giros frenéticos a su alrededor, la esfera brillante se apagó a pocos centímetros de su rostro, dejando al descubierto a una pequeña criatura nunca antes vista, incluso para alguien que vive en una ciudad llena de espectros.
Cabeza grande en un cuerpo pequeño, pelaje naranja con blanco, orejas puntiagudas, patas cortas de color negro, cola esponjosa y, finalmente, un par de brillantes ojos con iris color amatista intenso.
Wes, con la mente en blanco de lo que acababa de presenciar frente a sus ojos, miró en completo shock al pequeño zorro en miniatura que apareció frente a él.
Con el suave sonido de las hojas en movimiento, Wes y el pequeño zorro flotante se quedaron ahí, congelados en su lugar, mientras el soplo del viento movía el cabello y pelaje de ambos como una suave y tierna caricia.
El juego de miradas podría haber continuado por varios segundos más, no obstante, fue la pequeña criatura flotante quien decidió acabar con aquel silencio incómodo.
—... ¿Sabes? —ladeó la cabeza con diversión y se cruzó de brazos—. Es en este punto en el que comienzas a gritar y agitar los brazos.
La voz socarrona sacó a Wesley de sus pensamientos.
En otra situación, posiblemente a principios del primer año de la secundaria cuando los fantasmas todavía no aparecían, definitivamente habría gritado por ver a una criatura flotante como la que estaba ahora frente a él, pero, después de casi morir varias veces por seres no muertos (y casi ser devorado por un perro gigante de tres cabezas a mitad de un partido), Wes no tenía motivo alguno para entrar en pánico.
No. En su lugar, Wes simplemente le apuntó con el dedo y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
—¿Eres un fantasma japonés?
Todavía con los brazos cruzados, el zorro flotante parpadeó y miró con diversión al pelirrojo frente a él.
—¿Fantasma japonés? Uhh, eso sí que es nuevo. Y creeme, me han dicho de varias formas en todo lo largo y ancho de mi existencia —soltó una pequeña carcajada —. Mi nombre es Trixx. Y no, no soy un fantasma. Soy un Kwami.
—... ¿Kwami? —su rostro mostró curiosidad por aquel nombre tan desconocido y misterioso para él.
—¡Sí! —flotó para quedar más cerca de su rostro, provocando que Wes saltara un poco por la repentina cercanía —. Para ser más específicos, ¡el Kwami de la ilusión! —señaló el colgante —. Y eso, querido amigo, es mi Miraculous; un objeto mágico de gran poder.
Wes parpadeó, sorprendido, confundido y, sobre todo, emocionado por lo que acaba de escuchar.
Y, así, de manera inesperada e inoportuna, la vida que Wesley Weston conocía hasta ahora cambió para mejor, ajeno a que la pequeña criatura frente a él no solo se convertiría en su mejor amigo, su confidente, sino que también se convertiría en su voz de la razón que lo guiaría por el buen camino.
