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Tarde. Por supuesto que iba tarde. Muy tarde. Pero no tenía más remedio que contar los pasos desde el departamento hasta la clínica. Cuatro intersecciones y mil treinta y siete pasos. Ni uno más, ni uno menos. Cincuenta y tres minutos para llegar sin sudar ni agitarse. Un camino que conocía de sobra y que había recorrido por los últimos dos años sin cambios. Excepto hoy.
Hoy, Yu Ai le había llamado un minuto antes de salir. Y, por lo normal, Shen Qiao habría dejado que el contestador tomara el mensaje; pero en esta ocasión la voz de su antiguo compañero de estudios sonó… estresada. Y por el recuerdo de todo lo que compartieron en la infancia – e incluso juventud – Shen Qiao no pudo evitar responderle, enterarse de qué ocurría… Hubiese sido mejor no tomar la llamada. Yu Ai solo esperaba de él lo que no podía entregarle. Ya había cometido el error de confiar en el otro antes. Y, ¿qué había conseguido? Tener que contar los pasos e intersecciones para llegar a dónde quisiera llegar.
No. Intentó calmar su respiración y retomar su paso. Unos minutos tarde no provocarían su despido – en parte porque era una de los mejores terapeutas de la clínica, admitió con cierto cinismo impropio de él; pero eso era lo que Yu Ai le hacía cuando lo llamaba solo para convencerlo – una vez más – de firmar el documento de dejación de su parte de la herencia que su padre adoptivo les dejara.
¿Qué le habría hecho pensar que hoy sería diferente? ¿Que hoy era el segundo aniversario de su accidente? ¿Acaso había conservado la esperanza de que un día su hermano adoptivo reconocería ante todos que fuera él quien tomara el coche y…? No importaba. Él había tomado la decisión de seguir a Yu Ai, de subir al coche con él y, aunque solo intentaba calmarlo, lo cierto era que después del choque, no valió la pena aclarar quién tomó el auto o quién había bebido. Yu Ai estaba bien… y Shen Qiao contaba los pasos para llegar a su destino. Y todavía él agradecía que así fuera: su hermano no habría podido…
Una mano agarró su hombro y haló hacia atrás. El joven no tuvo chance de emitir sonido alguno: sus pies se enredaron entre ellos, el agarre se deslizó a su antebrazo haciéndole girar como un monigote y se estrelló contra una superficie dura. De inmediato, el chirrido de unos frenos asaltó sus sensibles oídos.
Lo primero que Shen Qiao comprendió fue que “alguien” le había salvado la vida. Lo segundo, que ese “alguien” lo sostenía todavía de un brazo mientras le apretaba contra su pecho. Desnudo.
¡¿Quién ca-a-áscaras andaba semidesnudo por la calle?!
En un tercer intento de que su cerebro volviera a la normalidad, Shen Qiao pestañeó y… fue peor. Se percató de que su cara estaba enterrada en los pectorales del otro y sus pestañas rozaron la piel lisa. Depilado. ¿Cera? ¿Láser? Como fuera, la tersa carne despedía un sutil aroma cítrico.
—¿Están bien?!
La pregunta despabiló al joven.
—Todo controlado —replicó una voz por encima de su cabeza y percibió cómo el coche reanudaba la marcha.
Shen Qiao notó que continuaba pegado al pecho de su salvador y alzó una mano para apartarse.
Pésima idea. Sus dedos extendidos se aplanaron contra el pecho del otro hombre y fue incómodamente consciente de contorno del pectoral firme y musculoso. Y de que sus dedos medio y anular casi sostenían un pezón demasiado NO suave.
Peor aún. Había reconocido esa voz y ese perfume como el del nuevo cirujano plástico.
—Mu-Muchas gracias —. Logró formular —. Muchas gracias, Doctor Wushi.
—¿Qué rayos tratabas de hacer?
Shen Qiao ladeó a cabeza.
—¿Perdón?
—Hay otras formas de hacerte daño que no implique a alguien más. Nadie tiene la culpa de tu incapacidad. O sea, nadie más que tú.
El joven apretó los labios. ¿En serio pensó que él…?
—Estaba distraído. Perdí la cuenta y no me percaté de haber llegado a la intersección. Siento mucho haber incomodado a todos. Y, de nuevo, gracias por salvarme.
—Fue un reflejo incondicionado.
Adivinó que se encogía de hombros por cómo se movió el pectoral bajo su palma… y recordó que su mano continuaba en el pecho del otro hombre. Sintió el calor ascender desde la boca de su estómago a su cuello, rostro… a sus orejas. Casi reticente – y que en realidad era vergüenza –retiró la mano. Las puntas de sus dedos extrañaron el contacto de inmediato.
Un ruido de sorpresa brotó de la garganta de Shen Qiao cuando una mano apresó su muñeca e hizo volver sus dedos a la posición anterior.
—Puedes disfrutar de mi… cercanía un poco más… Shen Qiao, ¿no?
—S-Sí —asintió, su palma de nuevo acunando el pecho lleno —. ¡No! —Reaccionó alejándose —. Agradezco su auxilio, Doctor Yan Wushi; pero ya debo llegar al trabajo.
Hizo una apresurada reverencia y dio unos pasos para intentar orientarse.
—También yo —. La burlona voz del cirujano se escuchó otra vez demasiado cerca y un dedo (el índice izquierdo) rozó el dorso de la mano de Shen Qiao, indicándole hacia dónde.
A su pesar, el joven echó a andar y el hombre mayor a su lado.
