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Las ruedas de la maleta se detienen en tu turno de la fila. Gastamos tanto tiempo intentando olvidar la realidad que ahora lo único que queda es esperar a entrar al avión.
Para ser un vanidoso, viajas con equipaje ligero.
'Solo llevo lo esencial, Iwa-chan', organizamos tus pertenencias con tu comentario en mente, y estúpidamente pensé ¿y qué hay de mí?
Ropa, rodilleras, tus revistas favoritas de vóley (que hasta este momento no me había fijado, ¿acaso llevas solo en las que sales tú?), intestaste meter cada una de las chucherías que conservaste por los años.
Me miraste con una risa al notar que la maleta colapsó con tanto objeto, tu sonrisa yéndose con cada recuerdo que no pudiste cargar.
Te dejé solo por unos minutos, sabía que era algo que debías aceptar por tu cuenta. No puedes irte de casa sin dejar algo atrás, no siempre te puedes salir con la tuya al momento de entrar en un aprieto. Tantas emociones de las que escapaste por los años, y estoy seguro que esta es la que más te duele no poder evadir.
Revisando tus cajones, escondido bien en el fondo del último, mi mano topó con un cuaderno. Sacándolo, vi que era el álbum de fotos que tienes desde la primaria, algunas fotos y papeles escapando por entre sus bordes. Y como un disparo de cañón, el dolor de la nostalgia logró quitarme el aliento.
Algo me dijiste, y creo que un ruido fuerte se escuchó detrás de mí. Pero, honestamente, mi mente se encontraba perdida en la foto de la portada. La tecnología no logró ganarle a los años porque se encontraba algo amarilla y debilitada por los bordes, pero nuestras sonrisas de niño no parecían irse con nada. Ni siquiera la herida en tu rodilla que te hiciste luego de intentar quitar la pelota del árbol arruinaba nuestra emoción. Porque ese día conocimos el voleibol, y algo en nosotros nació.
Por alguna razón me lo quitaste brúscamente de las manos, y casi me lo tomo personal. Comenzaste con un raro monólogo de que lo andabas buscando por tanto tiempo, y lo escondiste rápidamente al final de tu equipaje, y no supe qué pensar. Sentí que me quitabas la oportunidad de recordarte, cuando todavía podíamos reírnos de aquello. Y luego el miedo se apoderó de mis manos, ¿y si me llego a olvidar de cómo te veías de niño, de cómo te ves ahora? Así que hice lo único que sé hacer, golpearte, esperando que no supieras lo mucho que añoraba una excusa para tocar tu cuerpo.
—¡No tuviste que pegarme ese día si solo querías un abrazo!
Claro que tenía que hacerlo, porque me estabas ocultando algo.
Aunque el aeropuerto colapsaba en sonidos, tu silencio llegaba a sentirlo en la piel. ¿De verdad pensaste que no me di cuenta?
—Esperaba que decidieras ignorarlo.
Oh, pero jamás podría ignorar aunque fuese un detalle tuyo, Tooru.
La fila comenzó a avanzar, los pasajes en mano esperando a ser recibidos por el personal. Tu cara estaba roja, esa expresión de sorpresa que tanto amo en ti, la espontaneidad de tus ojos puliendo una sonrisa en mi boca. ¿Cómo iba a dejar ir la última oportunidad que tengo de discernir tus pensamientos antes de que te me escapes por mis dedos?
Mi risa murió rápido. Al ver que no me respondías con tus sarcasmos, caí en la cuenta de que tal vez te lo estaba poniendo más difícil para ti, y me sentí como un imbécil al segundo que dejaste de mirarme, prefiriendo el suelo.
Fuimos obligados a avanzar unos pasos, algunas personas ya caminaban por el puente de embarque, y tu mano aún se encontraba oculta en el bolsillo de tu chaqueta. La otra —moviendo la maleta— agarraba tan fuerte la empuñadura que tus dedos se volvían blancos. No hagas eso. No quiero que te hagas daño, sobre todo por mi culpa.
Tu cara no miente, tus manos tampoco. Creo que tienes razón, estoy siendo cruel. ¿Quién soy yo para negarte llevarte tus secretos?
No sabes lo mucho que deseé explorarte, de conocer cada detalle tuyo en tu boca, tu pecho, cada milímetro de tu cuerpo. De dejar de observarte desde el rabillo de mi ojo y atreverme a descubrir lo que me he estado perdiendo todo este tiempo. Sin embargo, nos hemos quedado sin chances.
—Me ves como si fuera la última vez que lo harás.
Porque probablemente lo será.
Porque cuando vuelvas (...si es que vuelves) no serás el mismo Oikawa que deja este país. Porque habrán momentos de tu día a día que nunca compartirás conmigo, personas que te mirarán y tocarán y no tendré la pertinencia de sentir celos, de sentir cosas por ti. Vas a madurar, y tu rostro desarrollará sus propios recuerdos, y las mañanas serán más difíciles de conquistar y no podré estar ahí para darte el ánimo de continuar. No voy a estar contigo. ¿Y quién soy yo sin ti? ¿En quien nos vamos a convertir cuando nuestra vista empeore, los suspiros sean más largos, cuando tus manos se cansen de golpear y golpear el balón?
Te acercaste a mi rostro en silencio, y contaste las lágrimas que caían por mis mejillas. Las secaste una por una, con esa gentileza que solo guardas cuando perdemos los partidos, cuando nos permites dejarnos llevar por el momento.
Y la fila siguió y no nos movimos. La gente nos adelantaba y tú solo cruzaste tus manos en mi espalda, mi cuerpo recordando tu cariño y abrazándote de vuelta con toda la fuerza que te pude otorgar.
Lo tienes que dejar ir, lo tienes que soltar. Pero no quiero. No quiero recordarte, quiero vivirte.
—Nos vamos a volver a ver, y cuando vuelva no te soltaré otra vez.
No es la duda lo que ocasiona el temblor en tu voz, eso lo sé. Y la esperanza me duele y reconforta, me escupe y me embriaga, y me otorga la voluntad para terminar el abrazo.
¿De dónde sacas tanta fuerza, Tooru? Es por eso que serás nuestro capitán, siempre.
—Quiero que me lo recuerdes cada vez que te llame, Hajime. Cuando tú me lo dices... puedo llegar hasta a creérmelo.
Me entregaste un papel inesperado. Y no quería dejar de observar tu cara, pero tus manos temblaban rogando que aceptara lo que fuera que era. Apenas agacho la mirada para ver la carta que me diste, y cuando te vuelvo a ver tu espalda ya estaba alejada, entregando el pasaje que te separaría de mí.
Siempre tan críptico con tus cosas, no me resistí la oportunidad de golpearte una vez más, tu grito indignado destruyendo la solemnidad que compartíamos hace unos segundos, un suspiro de alivio escapando de mi boca al saber de que, bueno... Que todo seguía igual.
Algo en mí cambió en ese momento. Esa pieza que por tanto tiempo estuve buscando finalmente halló su lugar en mi corazón, una certeza que no pensé me pudieras otorgar.
Creo que querías reírte, y yo también, mas nuestros labios solo acabaron en una sonrisa. Siempre logras hacer cambiar lo que estoy sintiendo. Si bien el corazón todavía duele, parece haber desaparecido parte del peso que cae en mi espalda, aunque solo un poquito.
—Léela cuando ya no esté y dime qué piensas después.
Tu también estabas llorando, y tu patético intento de sobreponerte a la situación lo arruinaban tus sollozos. ¿Por qué le daría mi tiempo a un pedazo de papel cuando puedo aprovechar tu cercanía?
Sé que te tienes que ir, y te voy a dejar ir. No esperaré a que regreses para ponerme a vivir mi vida, por mucho que odies el concepto de que caminemos por separado. Te voy a extrañar cada día, por siempre tendré pensamientos que te desearé compartir. Pero verte tan destruido me hace pensar que quizá tengas razón, que un lazo como el nuestro no lo separa ni la distancia ni los años.
Te voy a dejar ir, y te voy a esperar a que cumplas tu promesa.
Me lancé a abrazarte para no seguir viendo tu cara de llanto, y pude sentir cada inflexión en tu piel, tus verdaderas emociones reveladas con los temblores de tu cuerpo. Este sería nuestro último abrazo en mucho tiempo, memorizar cada detalle de él fue imposible de evitar.
Y luego te separaste. Y luego me sonreíste. Y estoy seguro que tus ojos se quedaron observando mis labios, y no sabes lo mucho que deseaba que siguieras tus impulsos. Pero te guardaste tu beso, y tu mirada me prometió que volverías por él; cuando los sentimientos hayan añejado y el anhelo se vuelva ansía, una salvaguardia que nos mantendrá vivos hasta el día en que vuelvas.
Caminaste en reversa —sin dejar de verme y sin mirar el camino– hasta que chocaste con la pobre azafata y te disculpaste con las lágrimas todavía secándose en tu rostro.
Y con una despedida de mano final te volteaste, y tu espalda fue lo único que pude ver mientras desaparecías en el puente de embarque.
Las ganas de detener el avión se esfumaron. A cambio, no veo la hora en que finalmente salgas de aquí. Porque mientras más pronto te vayas, más pronto podré verte otra vez.
