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Cassia conocía el cuerpo de su marido.
De hecho, lo conocía mejor en esta vida que la anterior ¿Se debía a la constante intimidad que tenían? La respuesta era clara, más aún, le seguía sorprendiendo las múltiples cicatrices que tenía en el cuerpo.
Sabía que Jester fue un mercenario, y aun se dedica a la gestión militar de su propia mano.
Sería casi un milagro que saliera siempre ileso de sus misiones, pero eso no era posible. A pesar que su esposo era muy hábil en su trabajo, no lo excluía de lastimarse, el resultado de ello... múltiples cicatrices en su cuerpo.
Los conocía a la perfección, no solo con la vista, sino también por el tacto; los dedos de Cassia ya reconocían cuando la piel de Jester cambiaba de relieve. Ella tenía especial cuidado a la hora de tocar su piel, no sabía con certeza si alguna de ellas aun dolía por no sanar de forma adecuada; por eso siempre tenía un botiquín en su habitación.
Jester, cuando volvía con sus hombres de un trabajo, iba directo a la habitación de su esposa para descansar. Se había vuelto una costumbre entre los dos, que si Jester llegaba con una herida que aún no sanaba, ella lo curaría, este tipo de cercanía que fue carente en su vida pasada. Y esto le provoco curiosidad sobre una acción peculiar que hacía el barón.
Ojos azules agudos habían memorizado sus movimientos, y siempre se sorprendían al ver como Jester se quita con sumo cuidado las botas. Al principio, Cassia pensó que se debía al cansancio de los pies, pero no fue hasta que hizo la acción al revés, es decir, cuando Jester volvía a ponerse las botas.
Ahora que lo piensa… ¿ha visto a su marido sin pantalones? Claro que han intimado muchas veces, pero no recuerda que en alguno de sus encuentros el barón se haya quitado con totalidad el pantalón.
Tal vez, hubiera pensado que porque su esposo es tímido, un tema de pudor; no sería algo extraño al considerar como Jester sigue poniéndose rojo ya se por un beso, molestándolo con caricias o cuando tienen relaciones.
Pero eso no parece ser el caso.
No cuando su esposo tiene hasta cuidado de quitarse las botas, como si fuera un hábito de años. La curiosidad crece, pero no piensa que es algo que deba de preguntar a la ligera y Jester tal vez podría huir de la pregunta si no se sentía cómodo.
De no ser por esa noche, donde Cassia aún no está del todo dormida y Jester llego con intención de no despertarla. Ella abrió los ojos al momento que se sentó en la cama, quiso saludarlo, pero calló cuando vio a su esposo quitarse las botas.
El pantalón tenía dobladillo, la luz tenue de la piedra en la mesa de noche era lo suficiente para que viera aquellas cicatrices que parecían extenderse desde su talón hasta su pantorrilla.
― ¡Cariño, ¿Qué te paso?!―Cassia no pudo callar su sorpresa.
―Cassia, ¿no estabas dormida?―el sobresalto de sus ojos se volvieron en terror, sus manos intentaron deshacer el dobladillo para ocultar las cicatrices.
Pero la baronesa ya los había visto, en segundos estuvo a su lado y quito las manos de Jester que ocultaban su pantorrilla. No se resistió, pero desvió la mirada en vergüenza cuando Cassia subió el dobladillo y vio mejor aquellas viejas heridas.
Ella miro con horror, aquellas marcas eran muy distintas que hay en su pecho o espalda, incluso en sus brazos. Mientras que aquellas marcas parecían ser hechas sin ningún patrón específico, ya que eran por un descuido en el campo de batallas; las cicatrices que ve son uniformes, como si lo hubieran hecho una y otra vez.
Eran más viejas que las que tenía en la parte superior de su cuerpo.
― ¿Quién te hizo esto?
―No es nada.
― ¿Cómo va ser nada si hasta tienes mucho cuidado con ellas?―Cassia más que enojo tenía preocupación en su voz.
Jester suspiro un poco, de verdad no quería que su esposa se hubiera enterado de esto, había sido muy cuidadoso todo este tiempo. Sabía que no podría ocultárselos todo el tiempo que estuvieran juntos, porque Cassia era la persona más lista y observadora que conocía; pero no estaba listo para mostrárselos.
No era el momento.
No para él.
El barón retiro las manos de Cassia y bajo el dobladillo, ella no pudo protestar porque el silencio de su esposo solo significaba la seriedad el tema.
―Son mis cicatrices cuando no obedecía.
Cassia sintió un vuelco en su corazón ante esa afirmación.
―Cuando vivía en el territorio Berkley, no había muchos niños de la edad de Vita que fueran sus “amigos”, yo era de los único y ella siempre pedía “favores”, pero cuando no los quería hacer-…
Jester trago en grueso y no pudo continuar su relato, pero eso no era necesario, ya que Cassia lo comprendió al punto donde su cara tenía una expresión de rabia e impotencia.
Ahora entendía mejor la relación que existió entre su esposo y aquella mujer, ¿cómo pudo confundirlo con situación de amantes en su pasada vida y parte de esta? Aunque no sabía cómo se desarrolló aquel acto de “infidelidad”, ya no lo podía considerar como uno. Por suerte, Jester rompió con esa relación abusiva, pero las secuelas seguían ahí… hasta transformarse en hábitos.
Parecía tratarlas como si fueran heridas frescas y no cicatrices.
¿Tan horrible era el castigo como para no decirle “no”?
El silencio permaneció, no era el momento de enojarse por una persona que ya no forma parte de sus vidas. Quiere sanar, como lo ha hecho hasta hora cada que vuelve a casa… quiere sanar las heridas de su esposo.
Aparto con cuidado una mano de la pantorrilla y la entrelazo con la suya, tenía que cuidar sus palabras, sabía que las palabras de consuelo no servirían hoy. Jester ya está lo suficiente avergonzado por ser descubierto y revelar un pasado no tan grato a ella, pero una duda seguía rondando en ella.
―Cariño ¿A qué edad te convertiste en mercenario?―preguntó con mucho cuidado.
―Tal vez dieciséis, salí de casa a los quince.
Frunció la boca, Cassia sabía perfectamente la diferencia social entre su esposo y ella, pero pensar que ella a esa edad su única preocupación era su vestido para debutar en sociedad; mientras que Jester huía del territorio donde creció… lejos de los abusos y sin ninguna atadura familiar que lo impidiera.
―Yo a esa edad hice mi debut―murmuro pensativa.
―De seguro estabas muy bonita ese día.
―Era más orgullosa que ahora, posiblemente hubieras pensado que era un dolor de muelas.
―Para nada ¡nunca lo hubiera pensado!―respondió con rapidez.
Cassia miro su expresión nerviosa y soltó un suspiro―Lo sé…
« Nunca fuiste así »
Suavizo su rostro y rozo la cara de su marido con los dedos antes de darle un beso, el tierno beso paso a uno apasionado, ante la falta de aire; se retiró y su boca se trasladó por un camino de besos desde la mandíbula hasta el cuello del barón. Prosiguió con su tarea mientras lame, chupa y muerde para dejar marcas.
A veces, es más fácil explicar con acciones que con palabras.
Jester, por su parte, suspira ante las sensaciones que le causa su esposa y la llama con voz temblorosa. Cassia se detiene y mira sus resultados con orgullo.
―Cariño…
― ¿S-sí?
Alza la mirada, sus ojos azules están llenos de determinación.
―Preocúpate por mis marcas… de ahora en adelante
Jester abrió las ojos ante el significado, se mordió el labio para evitar que su boca temblara; regulo un poco su respiración antes abrazar a Cassia y caer encima de ella en la cama. Lo hizo con cuidado y sin poner todo su peso en ella, estos meses, casi un año de matrimonio; ha aprendido a moderar su fuerza para no lastimar a Cassia.
De la misma forma, han logrado una conexión lo suficientemente fuerte como para conocer lo que dice el otro con otras palabras… ¿Acaso se debía a la buena comunicación que tienen?
« No mires tu pasado, mira tu presente »
« No mires tu dolor, mírame a mi »
―Lo haré.
Cassia suspiro de alivio ante la respuesta, Jester lo entendía, pero sabía que sería complicado que su marido pudiera olvidar algo como sus cicatrices, a pesar que avanza para convertirse en un noble, su pasado aún está muy arraigado a él; ya sea de buena o mala manera. Más hay esperanza al escuchar la determinación en su voz era suficiente.
Respondió al abrazo, dibujo círculos en su omoplato y jugueteo con su cabello rojizo. El barón acomodo su rostro en el hombro de su esposa, soltó la fuerza de su agarre, pero no deshizo el abrazo.
Con la promesa hecha, los ojos pesados y la comodidad de la compañía del otro… lograron dormir.
